Gilles Simon, una marcada crisis que rompe con su regularidad

El galo está viviendo la peor temporada de su carrera profesional a los 32 años, con un balance de 11 victorias y 16 derrotas.

Resulta inimaginable un circuito ATP sin el juego sólido y la tenacidad de Gilles Simon. El de Niza es un elemento innegociable de la élite del tenis mundial, en la que lleva sumido desde 2008. Aquel jovencito imberbe y de extrema delgadez que se movía como un gato y fue capaz de ganar al mismísimo Rafael Nadal en Madrid, cuando el torneo se disputaba en el Telefónica Arena y en condiciones indoor y pista rápida, se ha ido desarrollando con los años hasta convertirse en uno de los jugadores más fiables del mundo.

Desde 2011, el francés ha tenido un lugar entre los 40 mejores del mundo. Sus altibajos han sido muy pocos y motivados en ocasiones por motivos personales, como el nacimiento de su primer hijo, que le hizo desengancharse un poco del mundo del tenis. Sin embargo, pronto le volvió a picar el gusanillo y se volvió a erigir en ese temible jugador que atrapa a sus rivales en una tela de araña tejida a base de golpes seguros de fondo de pista y gran capacidad de contraataque.

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Gilles ha sido durante lustros ese estilo de tenista que ganaba con solvencia a los que tenían peor ranking que el suyo y al que le costaba una barbaridad competir contra los mejores. Con la tan ansiada regularidad como virtud, el galo ha tenido momentos de brillantez que le han acercado al top-10 (entre 2011 y 2013) hasta que en 2015 consiguió convertirse en el décimo mejor jugador del mundo.

Un estilo de juego como el de Simon requiere de una frescura física y mental notable. Y es que el francés no ostenta la habilidad para encontrar con sencillez golpes definitivos ni estructurar claras jugadas de ataque. Su servicio tampoco facilita esta labor por lo que la paciencia, capacidad de lucha y talento innato para alternar ritmos y velocidades han sido los ingredientes principales para estructurar la receta de su éxito. Desde 2007 hasta 2015, tan solo hubo un año en que no cosechó ningún título (2014).

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La versión que está ofreciendo el de Niza en este 2017 está muy lejos de su mejor rendimiento. Lento de piernas y carente de intensidad, su juego deja de ser sólido para convertirse en pasivo, diluyéndose sus opciones de contraataque y siendo dominado por jugadores a los que habitualmente vencía con facilidad. Ya en 2016 se observaron atisbos de un cierto agotamiento en Gilles, al que le salvaron los cuartos de final en Miami y semifinales en Shangai.

Desde que es profesional, solo en una temporada terminó con más derrotas que victorias, y fue cuando apenas tenía 18 años y jugó tan solo un partido, que perdió ante Marc Gicquel en Metz. Es un dato que pone de manifiesto su regularidad y solidez que se ven cuestionadas en un 2017 aciago en el que ha perdido con rivales como Yosihito Nishioka, Jan-Lennard Struff, Bjorn Fratangelo, Nikoloz Basilashvili y Marco Cecchinato, además de sucumbir con recurrencia a tenistas de mayor nivel como Dominic Thiem, Tomas Berdych, Feliciano López o Jo-Wilfried Tsonga.

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Resulta complicado pensar que a los 32 años se pueda estar agotando, a tenor del auge de treintañeros que experimenta el circuito ATP, pero es preciso recordar que Simon tiene un estilo de juego que le ha obligado a gastar mucha energía, tanto a nivel físico como mental. No es fácil ser tan regular durante tantos años, y podemos estar presenciado el declive definitivo de uno de esos tenistas que han hecho mucho por el tenis. Gilles Simon es actualmente el 39 del mundo, y mucho ha de mejorar en este tramo final de año si quiere regresar al top-30.

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