TennisAid, el ejemplo de cómo el tenis puede cambiarte la vida

Abel Rincón y Martín Rocca solo son dos entrenadores de tenis sobre el papel. Fuera de él, lideran un proyecto solidario que les ha marcado para siempre.

Abel Rincón y Martín Rocca nos cuentan su historia.
Abel Rincón y Martín Rocca nos cuentan su historia.

Estamos cansados de escuchar, leer y compartir noticias negativas relacionadas con el mundo del deporte. Desigualdades, abusos de poder, atropello a los más desfavorecidos y otras injusticias a las que no queremos dedicarles ni una sola línea más en esta nota. Hoy hemos venido a exponer todo lo contrario, a contar que hay gente que también se preocupa y se esfuerza por equilibrar esa balanza, a mostrar una iniciativa que lleva varios años dando que hablar y que hoy se ha tornado en un proyecto serio, sólido y de largo alcance. Hoy es un auténtico placer hablar de TennisAid, una aventura tan sencilla y a la vez tan poderosa como es proporcionar material tenístico a los niños más necesitados de distintos puntos del mundo y, además, relatarlo de manera espontánea y natural por medio de sus protagonistas: Martín Rocca (48 años, Buenos Aires) y Abél Rincón (30 años, Reus). Con ellos comparto esta entrevista para repasar todo lo acontecido hasta el momento y, sobre todo, todo lo que falta por venir.

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Abel Rincón, Martín Rocca. ¿Qué es TennisAid?

Martín: Es una aventura que se nos ocurrió hace unos tres años cuando trabajábamos en el Tenis Tarragona. Contacté con gente para hacer un vídeo de mini-tenis y esa gente vio cómo trabajábamos, hasta que un día decidimos enviar unas pelotas de mini-tenis a África. Entonces éste (señala a Abel), que es un fresco, me dijo: “¿Por qué enviarlas? ¿Por qué no se las llevamos”’. Él no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero justo en esa charla surgió la idea del primer viaje. Empezamos a buscar medios para encontrar dinero y en mes y medio nos plantamos en Uganda.

Abel: A mí me vino muy bien porque justo en aquel momento estaba haciendo los vídeos de ‘La clase baja del tenis’ y lo vi como una oportunidad para dar un empujón con los vídeos.

Hubo un momento en el que todo el mundo hablaba de vosotros.

Abel: Pues mira, ¡anécdota! El otro día estuvimos haciendo un clínic con Albert Ramos y al verme me dijo: “¿Ya has vuelto de África?”. Las redes sociales llegan a todo el mundo y gracias a eso un Top 20 del mundo sabe que existes. Estamos en un momento en el que creo que TennisAid va a explotar, en el que nos va a ayudar mucha más gente. Cada año es más difícil recolectar el dinero porque al final la gente que nos ayuda es la misma que lo hizo en el primer año y el segundo. En éste tercero nos ha costado arrancar pero al final hemos alcanzado el objetivo de los 3.000€. Necesitamos llegar a más gente, a gente nueva.

Contadme lo que habéis hecho hasta ahora. Por ejemplo, en cuanto a los viajes, ¿por qué un lugar y no otro?

Martín: Básicamente, elegimos los lugares en cuanto a la necesidad que muestran, según los entrenadores que nos contactan. El primer lugar fue Uganda porque eran entrenadores que promovían el tenis en colegios sin cobrar nada y no tenían material. Fuimos y la experiencia fue muy emocionante, sin duda el mejor lugar para hacer un primer viaje. A los seis meses contacté con otro entrenador y nos fuimos a Camboya, bastante diferente sobre todo por el tema del idioma. Allí veías a chicos jugando descalzos en una pista dura a 35º durante cuatro horas sin parar, no les importaba si con una pelota rota o desgastada, o si enfrente había un chico de 7 años o uno de 14. Lo bueno era que todo lo que llevábamos era bien recibido. Para que te hagas una idea, yo fui tres años a Uganda y, la ropa del RCTB que llevamos el primer año todavía la conservaban en el tercero, pero blanca, ¡inmaculada!

Abel: Jugaban a 35º con la chaqueta del RCTB hasta arriba. Me acuerdo que les decíamos, “¡Quitaos eso que os va a dar algo”’ (risas). Allí aprecian mucho todo lo que reciben.



¿Qué impacto tenéis al llegar a esos lugares y ver el panorama?

Abel: El primer año fue el más difícil en cuanto a emoción. Luego es como que te acostumbras, pero el primer año nos fuimos mal anímicamente. Te vas con la sensación de que has ayudado pero que puedes ayudar más, la sensación de que te vas y los dejas allí. La despedida es dura. Luego estás en Barcelona y piensas en que tienes un coche, un móvil, pero… ¿lo necesito realmente? Te empiezas a preguntar cosas que antes ni pensabas. En los siguientes viajes ya vas con el escudo de haberlo vivido y ya te preparas, pero en el primer año no. Ahí nos pilló por sorpresa. En los vídeos está documentada la llorera que nos dio cuando tuvimos que irnos.

¿Qué tal el trato con los niños?

Abel: En Uganda, por ejemplo, solo hablaban inglés. Pero en Camboya fue todo un poco más frío porque no hablaban ni español, ni inglés, ni nada. Hablaban camboyano y nos servíamos un poco del entrenador para entendernos. Fue la única pega de ese viaje, el no poder contactar directamente con ellos. Con los chicos de Uganda sí acabamos hablando y sientes lo que te dicen.

Una semana en Uganda y otra en Camboya. ¿Algún problema en cuanto al nivel de vida por allí?

Abel: El primer año en Uganda coincidió con el famoso ébola. La gente nos decía ‘no vayáis’, nos decían que estábamos locos. Nosotros nos vacunamos pero claro, el ébola no tenía vacuna. Para la malaria hay pastillas, pero el ébola en 2014 no tenía vacuna. Recuerdo hasta enviar mensajes en directo desde Facebook contando que estábamos bien.

¿Qué es lo que más echasteis de menos? Algo que necesitarais de urgencia.

Martín: ¿Necesitar? Todo lo contrario, te das cuenta de que te sobran muchas cosas. Te das cuenta que los chicos agradecen mucho lo poco que tienen. A cada uno le dimos un regalo: una chaqueta de chándal, un pantalón corto, una raqueta… no creas que te dicen que prefieren otra cosa. Te lo agradecen y lo cuidan, damos fe. Por el contrario, luego ves lo que pasa aquí y descubres que los chicos tienen demasiadas cosas. Aquí en España vemos chicos de 10 años con un raquetero de doce raquetas o que el padre ya no sabe ni qué regalarle… Vayamos poco a poco, ¡pero si lo único que necesita es una raqueta y una botella de agua! Luego la ropa tiene que ser la última moda, las zapatillas tienen que ser las de Roger o las de Rafa, pero nada de esto les hace falta.

Abel: Es lo que ha dicho Martín, lo que descubes es que te sobran muchas cosas. Cuando vas allí y luego ves todo lo que tienes, rápidamente piensas: ¿Me hace falta?



¿Aquellos niños se hacen una idea del tipo de vida que tenemos aquí? Por ejemplo, si les hablas de Rafa o de Roger, ¿les conocen?

Martín: Hubo un día que preguntamos quién era para ellos el mejor jugador y de 30 chicos, dos dijeron Federer y uno dijo Rafa. La música sí que la controlaban más, al fin y al cabo tienen acceso a internet. Hay chicos que sí tienen su móvil, no los pequeños, pero sí los entrenadores o los padres. La música sí la conocían bien. El último año Abel llevó se el dron, imagínate la reacción…

Abel: La gran anécdota de este tercer año se dio cuando fuimos a un campo de refugiados, sin duda de los momentos más duros. Puse a volar el dron y no avisé a nadie, solo a los profesores. Entonces se ve una imagen del colegio, que era como un cuadrado y en medio estaba el patio, lleno de niños. La imagen proyecta cómo yo voy bajando con el dron y, de repente, empieza a correr todo el mundo. Se escampa todo. Ya en calma, bajo el dron y es cuando el profesor me comenta que se pensaban que aquello era un ataque, ¡que estaba cayendo una bomba! Imagínate estos niños lo que habrán vivido para pensar que un dron es una bomba.

Martín: Eran chicos refugiados de El Congo, Burundi… nosotros no estamos muy al tanto de todo lo que sucede en estos países, no se sabe que hay bandas que entran a los pueblos, violan a las mujeres, queman las casas, mutilan a los chicos y aquí de eso nadie se entera. Pero todo eso se vive allí. Luego es muy gratificante ver a todos esos chicos haciendo deporte y sacando ese lado alegre, educado, divertido…

¿Dejasteis algún tipo de hilo, tanto en Uganda como en Camboya, para saber cómo siguen por allí las cosas?

Martín: La información es constante, casi todos los días

Abel: Tanto en Uganda como en Camboya tienen Facebook y son muy activos, comparten cosas cada día y todavía nos siguen dando gracias, cada semana.

¿Próximo destino?

Abel: Todavía no lo tenemos muy claro. Nos tiene que dar el dinero de la campaña crowdfunding, todavía debemos un dinero por hacer unas camisetas y pedir todo por adelantado. Entonces no es dónde queremos ir, sino dónde podemos, hasta dónde nos da el presupuesto.

La gran noticia es que a partir de esta semana os habéis convertido en una asociación legal. Esto es un paso de gigante.

Martín: Es una alegría muy grande para nosotros porque nos da un status, un marco legal. Hasta ahora era un proyecto de buena voluntad, ahora tendremos la posibilidad de hacer convenios, recibir donaciones a una cuenta específica, etc. Y nos llega en un excelente momento porque estamos abarcando muchos lugares. Hasta el día de hoy hemos visitado o enviado material a 18 países diferentes y nuestra intención es seguir aumentando esa cifra. Y porque estamos planeando algo muy BIG en España...ya tendrás más novedades pero creo que va a ser un éxito. Como ves no nos conformamos con lo tenemos, siempre aspiramos a más.



La pregunta es, ¿hasta dónde pensáis que se puede llegar? ¿Os imaginabais llegar hasta tan lejos?

Abel: Para nada. Pensamos que sería cosa de una vez, pero luego vimos que se podía hacer más y por eso seguimos. Ahora, por ejemplo, cada vez que nos encontramos con un conocido nos pide venir con nosotros. Al principio la idea era hacer algo a pequeña escala, pero ahora lo que queremos es hacerlo más grande, llevar a más gente, incluso construir alguna pista en algún país… aunque esto ya son palabras mayores.

Martín: Esto es constante. Yo todos los días recibo mensajes de agradecimiento por el material que enviamos, mensajes de lo que necesitan, de propuestas. Respecto al tema de construir una pista, hay unos chicos de Canarias (Proyecto Seneball) que nos pidieron colaborar y están planeando hacer una pista en una aldea en Senegal, con aulas incluidas y un centro deportivo pero también educativo.

¿Por qué no hay más gente como vosotros que lleve a cabo este tipo de proyectos?

Martín: Al principio cuesta. Tengamos en cuenta que nosotros nos vamos en nuestro tiempo libre, quiero decir, llevamos tres años sin tener vacaciones para descansar. Mis vacaciones son ir a un viaje de éstos. Hay gente que no tiene el tiempo o que no tiene la posibilidad de aportar el dinero, o gente que le gusta la idea pero que luego lo piensa y no le convence. La idea le gusta a todo el mundo, de hecho hay otros proyectos paralelos, como unos chicos en Zaragoza que se han sumado a esta idea y están trabajando con gente de síndrome de down. Otro amigo de Mallorca que está en Bolivia trabajando en el voluntariado. Todo se va contagiando, hay gente que participa y otra que nos pide venirse con nosotros. Muchísima.

Sí, pero yo me refería a la gente poderosa, la gente que de verdad tiene los medios para equilibrar esta balanza tan caprichosa.

Abel: Tienen otras preocupaciones. Para nosotros puede ser algo prioritario pero para ellos no. Nos cuesta bastante llegar a tocar a alguien con poder y que nos ofrezca, ya no solo dinero, sino algo tan básico como que los envíos que hacemos pudieran ser gratis. Al final eso es lo más costoso. Conseguir 1.000€ o 2.000€ en un año para el viaje no es tan difícil, pero si queremos que el proyecto sea más y más grande necesitamos de esos peces gordos que a día de hoy no los hemos encontrado.

Volviendo a las emociones de ese primer viaje, en el momento en el que regresáis a España. ¿Qué siente una persona al saber que su gesto ha podido cambiar la vida a tanta gente?

Martín: Justo eso fue lo que nos ha impulsado a que tres años después sigamos igual, o incluso peor todavía (risas). Estamos mucho más involucrados, si vieras cómo está mi casa… es un tenderete de raqueteros, raquetas, mochilas, ropa clasificada por tallas, zapatos… La primera vez resultó tan positiva, aparte de que acabamos un poco tocados, que lo único que piensas es en querer seguir, seguir y seguir. El agradecimiento de los chicos es impagable.

Abel: Lo que sientes es querer volverlo a hacer. Es como comer pipas, es vicioso, totalmente. Hay que animar a la gente a que lo pruebe.

Martín: Lo que nos pasa allí, por ejemplo, es que podemos estar muertos de cansancio y nos digan: “Bueno, ahora tenemos que ir a otro escuela, iremos caminando, tardaremos unos 40 minutos”. Todo eso cargado de mochilas, en carreteras con agujeros y tráfico caótico… para luego llegar, estar tres horas con los chicos y que se te olvide todo.



Por cierto, ¿qué tal la comida por allí?

Martín: Uff, yo lo paso fatal (se lleva la mano a la frente), pierdo kilos y fuerza. Abel se come cualquier cosa (risas).

Abel: Ensalada de grillos, por ejemplo (risas). En Uganda la comida eran sándwiches de pollo y en Camboya era más arroz y un poquito de carne.

Decís que hay que animar a la gente pero claro, es lo que ha dicho antes Martín de las vacaciones. Es cambiar tus dos semanas libres en Lanzarote por irte a África a jugar con unos niños que no tienen nada.

Abel: Bueno, es otro tipo de viaje. La gente tiene que ver también otro tipo de cosas, aparte de que luego ése viaje te ayudará a que el viaje a Lanzarote lo valores mucho más.

Martín: Hay jugadoras que han querido venir pero por una cuestión de tiempo y de cómo termina el calendario finalmente no han podido. Tita (Torró) o Lara (Arruabarrena) querían venir con nosotros y seguro que en algún momento vendrán. Laura Pous, por ejemplo, se acaba de retirar y se fue a Camboya a hacer un voluntariado, ya hemos hablado de hacer algo juntos en el futuro. Gente que quiera ayudar siempre hay.

¿Hasta qué punto os ha cambiado la vida TennisAid?

Martín: Te agrega cosas. Me ha hecho más solidario en gestos pequeñitos.

Abel: Totalmente de acuerdo. No es que te cambie la vida, es que ves cosas distintas, esos pequeños gestos. Como esto es tan vicioso, te hace querer seguir ayudando. Lo que decíamos de comer pipas, empiezas por una y acabas terminando la bolsa.

Normalmente, ¿por qué el que más ayuda siempre es el que menos tiene y no el que más podría aportar? Bueno, el que menos tiene, ya me entendéis…

Abel: Puedes decir el que menos tiene sin ningún problema, te mandamos el extracto bancario si hace falta (risas). Ahí se puede ver que con nada se puede llegar a construir todo esto. Lo hemos hecho con ideas porque dinero no tenemos para hacerlo. No es el dinero lo que mueve todo esto, son las ganas.

Martín: Si con cero presupuesto se puede hacer algo, nosotros somos el ejemplo. Si la gente que tiene poder, me refiero a posibilidad de ayudar, destinara a tiempo a realizar este tipo de cosas, muchas cosas podrían cambiar. No es cuestión de decir que todo el mundo tenga que hacerse solidario, nadie está obligado, pero cuando ves que hay gente con un poder adquisitivo determinado, o un poder político y no lo utiliza como a nosotros nos gustaría, pues te da pena. Con poco se puede hacer mucho, lo demostramos cada día.



Después de tantos viajes, ¿qué tal vuestra relación?

Martín: Fatal (risas)

Abel: Somos muy diferentes, pero en el fondo no tanto.

Martín: Exacto, él puede escuchar reggaeton y yo no (risas). Nos caracterizamos por esto, nos gusta hacer cosas originales, nos gusta viajar, no nos gusta hacer lo típico que hace un entrenador de tenis: tiro cuatro bolas, digo cuatro frases y me voy. Siempre intentamos dar un toque diferente, aunque te salga mal. Otra cosa que nos gusta es poner creatividad a todo lo que hacemos y arriesgar.

Abel: Está claro que hay una diferencia de edad importante (miradita cómplice) pero desde el primer día conectamos. No es que seamos inmaduros, pero en cierto modo somos como niños.

Si tuvierais que decir una cosa buena del otro…

Martín: De Abel me gusta que no respete moldes, a mí tampoco me gusta. No significa saltarse las reglas, pero sí darle la vuelta para que todo tenga un poquito más de color. Nosotros trabajábamos juntos y desde el principio ya sabías en qué pista estaba Abel, por el ambiente que se creaba, los chicos se divertían pero sin dejar atrás el entreno, una dinámica diferente.

Abel: De Martín diría que, tenga la pregunta que tenga que hacerle, yo ya sabré la respuesta, porque será la misma que la mía. Siempre es un SÍ. “Oye Martín, ¿te apetece hacer esto para TennisAid?” Yo sé que no va a decir que no. Eso es algo muy bueno.

¿Y algo malo?

Abel: Que es muy impaciente.

Martín: Que no cuida el material, rompe los móviles y las cámaras a cada rato (risas). Es muy despreocupado para eso, pero no es alguien con maldad. Yo tampoco podría estar con alguien con quien no hubiera sintonía, o alguien con rasgos egoístas, de mala persona.

Abel: Eso es algo que también vemos muy bien los dos, quién tiene algo oculto. Nos percatamos muy bien de quién no es trigo limpio.



¿No se ha querido sumar nadie al proyecto? Me refiero de forma permanente

Martín: Freddy Santos se vino conmigo a un viaje que iba solo. El problema es que cuanto menos equipaje propio lleves, menos material puedas regalar. Se lo comenté, le gustó y al tercer viaje a Uganda fuimos los tres.

Abel: El problema de añadir gente es la infraestructura. En Uganda, el primer año que fuimos Martín y yo, dormimos los dos en un colchón en casa del entrenador. El año que vino Freddy ya buscamos un apartamento y pudimos dormir los tres. Hay mucha gente pero claro, ¿cómo los seleccionamos? Igual hay 100 personas que querrían venir, no te miento. ¿A quién le decimos que sí y a quién no? Nos va bien que venga gente porque son dos maletas más llenas de material pero, ¿cómo lo encajamos? Ahora estamos en ese momento de intentar llevar a gente. De hecho, en la campaña de crowdfonding, quien donara más de 350€ tenía el premio de venirse con nosotros y tardó un segundo en llegar.

Está claro que la base fundamental del proyecto sois vosotros. ¿Hasta qué punta depende TennisAid de que uno de los dos abandonase la estructura?

Abel: Yo creo y confieso que, si yo me cayera del barco, Martín lo llevaría muy bien. En cambio, si es Martín el que se fuera, yo podría flaquear. Como bien ha dicho, soy un poco más despreocupado, tengo muchos planes en la cabeza y quiero hacer demasiadas cosas. Él lo mantendría bien, a mí me costaría, aunque supongo que al final lo sacaría adelante. Pero está claro que si falta uno de los dos ya no sería lo mismo.

Martín: Si él por una cuestión de trabajo tuviera que parar, yo lo seguiría haciendo. Eso seguro. Pero claro, la esencia fue con él, el primer viaje fue con él, con emociones muy fuertes para los dos. Ya sabemos muy bien cómo hacer las cosas, cómo documentarnos, cómo hacer los vídeos, cómo prepararnos, etc. Nos complementamos muy bien, empezar con otra gente sería como reeducarnos. Con Abel ya sale todo natural.

Abel: Bueno, que no se alarme nadie porque los dos vamos a seguir por muchos viajes más (risas).

Por último, ¿qué cambiarías del tenis profesional?

Martín: Está todo muy mal distribuido. Hay jugadores que acaparan mucho dinero y otros nada, cuando tienen casi la misma dedicación. A mí lo que más me gusta trabajar es edades de formación, desde pequeñitos hasta que empiezan a competir, es ahí donde ves que falta una idea general para que todos vayan por el mismo lado. Hace fala que los chicos no compitan tan rápido, que participen en según qué cosas, que jueguen mezclados con las chicas, que los entrenadores estén mejor formados, etc. Cada Federación va por un lado, no hay líneas conductivas, nadie sabe por dónde tirar. Me gustaría que la ITF se pusiera las pilas en ese aspecto.

Abel: Más igualdad, sobre todo en los Futures. Es lo que solía reivindicar con ‘La clase baja del tenis’. Pierdes 3.000€ o 4.000€ al mes jugando Futures y en la ATP te embolsas barbaridades al mes, siempre dependiendo de lo que ganes, claro. Pero la diferencia es muy grande, hay muy pocos que llegan, sería bueno para el espectáculo que hubiesen más oportunidades para otros jugadores, que fueran rotando un poco más. El problema es que los que están arriba ya han sufrido lo de abajo y son los que tienen el poder cambiarlo, pero dicen: ‘Oye, que yo ya he pasado por ahí, que pasen por el tubo’. Es difícil que eso cambie.

Quizá con más razón. Como ya lo han vivido, intentar cambiarlo.

Abel: ¡Exacto! Es lo que me pasaba cuando hacía los vídeos. Conozco a varios jugadores de mi quinta y hay un poco de egoísmo. ‘Si me tienen que quitar a mí para dárselo a otro…’, ese es el gran dilema.



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