La lección de Nadal

Minutos después de certificar su victoria número 10 en París, Rafa rompe a llorar. Sus lágrimas esconden detrás toda una lección de vida para cualquiera.

Nadal sostiene su Décima. Foto: Getty
Nadal sostiene su Décima. Foto: Getty

Tan sólo pasan unos minutos después de que Rafael Nadal haya certificado su victoria número 10 en Roland Garros cuando rompe a llorar bajo la toalla, en pleno banquillo, mientras el resto de operarios preparan un podio especial que han hecho para él con el número 10 inscrito a sus pies. Lo que se le pasa por la cabeza sólo lo sabe él y el resto de personas que le han acompañado en estos difíciles últimos 12 meses. Y es que esas lágrimas hablan de malos momentos superados.

Porque a Nadal le entierran. Cuartos de final de Roland Garros 2015 ante Djokovic. Rafa queda fuera del torneo demostrando un nivel muy bajo respecto al serbio. Afirman que ya está. Que no hay ni habrá más. Le echan tierra por encima a un hombre al que ni siquiera comprueban si sigue respirando. Ese mal común que existe en el deporte y practicado por muchos: querer enterrar a las leyendas cuando aún no se han retirado. Y cuando creen que ya está suficientemente enterrado, pegan dos paladas al suelo para asentar la tierra y se van, pero Rafa resurge y no es algo nuevo para él. Total, lo lleva haciendo desde 2007, cuando dijeron que sus rodillas no daban para más. Cuando dijeron que no ganaría nunca nada más allá de la tierra. Cuando dijeron que no sería número 1. Cuando dijeron que no, que no y que no. Pero ayer, la ciudad de la luz le vio renacer, por si hacía falta comprobarlo después de todo el 2017 que se estaba marcando.

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Esas lágrimas también hablan de felicidad, sin duda.

Porque aparece Toni Nadal, su tío y entrenador, con una réplica de la Copa en sus manos. Mientras camina hacia el podio, Toni aprieta el puño y grita '¡Vamos!'. Él sabe que son sus últimos momentos en París celebrando un título de Rafa como entrenador. Lo disfruta como si fuese suyo. Se estaba escribiendo otra página más en una historia que comenzó ahí mismo, justo 12 años atrás. Es irse a lo grande. Toni le entrega la Copa y se va, a pesar de que su sobrino le grita para que se quede. Es el carácter humilde del tío Toni, que nunca le ha gustado aparecer en primeras planas. Mientras vuelve y se coloca a un lado, Rafa le dirige su agradecimiento y es que su historia no se entiende sin Toni. Al final, el abrazo entre tío y sobrino celebrando otro grande se hizo realidad.

Esas lágrimas hablan de sacrificios.

Porque Rafa cree. Siempre lo hizo. A pesar de tocar fondo, no se hunde y se queda ahí, lamentándose por qué le ha sucedido eso. Toca fondo y aprovecha para apoyar bien los dos pies y coger impulso hacia arriba. Todas las lesiones y el paso inexorable del tiempo son barreras que el balear sortea mientras aprende para el futuro. Una forma privilegiada -y acertada- de ver la vida. Los problemas siempre aparecerán, lo importante es saber encontrar la solución. Porque siempre la hay. Y continuó trabajando. Día a día, semana a semana y mes a mes. Se levantó temprano, cogió sus cosas y se fue al gimnasio o a la pista a entrenar. Hiciera frío o calor. Lloviera o cayera granizo. Se iba cada noche a dormir, imaginando cómo sería volver a reinar en esa tierra donde siempre será el Rey. Ayer, ese sacrificio pagó su recompensa.

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Esas lágrimas hablan, por supuesto, de amor.

Porque no se entiende que alguien no haga todo esto si no ama lo que hace. Un amor que trasciende toda lógica. Cuando a Rafa le entregan la Copa de los Mosqueteros, la abraza, cierra los ojos y sonríe. Como aquél que ve a la persona que ama mucho tiempo después de no hacerlo. Concretamente tres años. Demasiado para un amor tan puro como el de Nadal por Roland Garros. La aparta por un momento, la mira, vuelve a sonreír y la aprieta de nuevo contra su pecho. La echó de menos pero la vuelve a tener junto a él.

Esas lágrimas hablan de muchas cosas pero todas llevan a lo mismo, a explicar que si se lucha, se persevera, se cree y se le pone pasión a lo que uno hace, por muchos palos que nos dé la vida, todo se puede conseguir. Y no hay nada más bonito que hacer realidad ese sueño que todos imaginamos en nuestra mente cada noche, justo antes de caer dormidos, con la cabecita apoyada en la almohada. Esa es la lección que nos deja Nadal mientras se aguanta las lágrimas, una vez más, al escuchar el himno español en París. Un himno que seguramente no sea la última vez que se escuche en la Chatrier teniendo al español abajo sosteniendo otra Copa en sus manos.

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