Todo reconocimiento que le hagan a Rafa, será poco

Roland Garros levantará una estatua en honor a Rafa Nadal. Un gran gesto por parte del torneo y que es más que merecido para el tenista español. ¿No creen?

Paseo un buen día por los alrededores del Emirates Stadium de Londres, el estadio del Arsenal, y me detengo delante de la estatua de Thierry Henry. Un escalofrío me recorre por dentro y esbozo una leve sonrisa. Si a mí me pasó eso, qué no habrá sentido el francés el día que la vio en persona. Puede que no haya mayor muestra de cariño por parte de una entidad que la de levantar una estatua en honor a alguien. Ayer conocimos la noticia de que Rafael Nadal tendrá la suya en las instalaciones de Roland Garros y desde aquí, aplaudo el gesto por parte de la FFT.

No hay relación más bonita entre jugador y torneo que la de Nadal y Roland Garros. Es casi como si el juego del español se labrara pensando en hacerlo perfecto para el evento parisino o como si un día hubieran creado este torneo pensando en que lo jugara e hiciera grande un jugador como Rafa. Porque no hay palabras para describir lo que Nadal ha hecho -y sigue haciendo- en un sitio como éste.

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Su leyenda comienza a fraguarse allá por el año 2005. Un niño con 19 años recién cumplidos dos días atrás, se alza con el triunfo en París, convirtiéndose en el ganador más joven de un Grand Slam desde un tal Pete Sampras. El chico rompe a llorar tirado en la arena y por aquél entonces, aún no sabía que tan sólo había escrito el primer episodio de un libro que haría historia en este deporte. Doce años después, está luchando por lograr su ¡décimo! título allí. Pregúntenle a los más viejos del lugar, al que sea, si algún día imaginaron algo igual. Ni en sueños.

Porque hablar de Nadal es hablar de la tierra y, por supuesto, Roland Garros. De esas tardes de final de primavera sentados en el sofá delante de la tele con el resto de la familia comiendo un helado y jaleando los puntos del español mientras corría de lado a lado de la Philippe Chatrier. De sentir orgullo mientras la cámara enfoca al balear en primer plano, con los ojos vidriosos a la vez que suena el himno patrio y levantan la bandera española en lo más alto del estadio. Un año y otro. Y otro. Y otro. Y así hasta nueve.

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A pesar de esas pequeñas tiranteces que han podido haber en el pasado con el público francés, en líneas generales, seguro que la gran mayoría de ellos aplaudirá que delante de las instalaciones del segundo Grand Slam del circuito se sitúe una estatua de él. De Rafa. De Nadal. Porque su nombre, aún en un momento tan dulce de su carrera como el que está viviendo ahora siendo el mejor tenista del año, ya toma tintes de leyenda, de mito. Y eso que todavía le queda cuerda para rato.

No creo que haya ni un sólo español que no sienta orgullo de que alguien nacido en nuestra tierra reciba tal gesto de honor y que su figura se muestre erguida en un sitio de tanta historia deportiva como Roland Garros. Porque Rafael Nadal es nuestro. De los españoles. Pero también patrimonio de todos aquellos que aman el tenis. Así que, cuando leo la noticia de que le harán una estatua, yo tan sólo alcanzo a decir eso de "todo reconocimiento que le hagan a Rafa, será poco". Porque lo que Nadal ha dado al tenis, tanto en España como en el resto del mundo, ha sido y sigue siendo tanto que es imposible devolvérselo en forma de efigies, nombres de estadios o cualquier otro tipo de reconocimiento.

Y es que por muchas estatuas que le hagan, el nombre de Rafa Nadal ya ha quedado inmortalizado para los restos de la historia de este deporte que se llama Tenis.

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