Serena Williams, la dosificación para obtener la inmortalidad

La jugadora estadounidense volverá a ser número 1 del mundo habiendo jugado apenas dos torneos en todo el año. ¿Podrá seguir reinando así?

Serena Williams en 2017. Foto: zimbio
Serena Williams en 2017. Foto: zimbio

La vida tiene paradojas, cosas del destino aparentemente incomprensibles pero simplemente suceden, y suelen tener como protagonistas a genios. Serena Williams lleva lustros procurando mejorar su tenis y adaptándose a las nuevas generaciones que surgen cada día. Es la enemigo a batir desde hace mucho tiempo, aquella ante la que cualquiera se crece sabiendo sobre sí las miradas de todo el planeta.

Sin embargo, ya con 35 años y sumando comparecencias a cuentagotas en torneos, la estadounidense se encuentra con que nadie ha podido desbancarla definitivamente de la cúspide del tenis mundial. Angelique Kerber desafió, batalló y ganó el pasado año pero parece haber contraído una especie de enfermedad como la del rey Midas; todo lo que tocaba se convertía en oro hasta que en 2017 eso se ha vuelto en su contra y su temporada está siendo una absoluta pesadilla.

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Los intangibles que definen a los grandes campeones se ponen de manifiesto en un temblor de muñeca, en un jadeo incontrolable y un ritmo cardiaco acelerado. Kerber vive en un estado de tensión continua desde que las rotativas de medio se cernieron (nos cernimos si lo permiten) sobre la posibilidad de que consolidara su reinado en la cima del ranking WTA y desbancara definitivamente a Serena. Karolina Pliskova y Garbiñe Muguruza eran otras llamadas a empezar a cavar la tumba de una de las mejores de la historia pero nada de eso ha ocurrido.

La menor de las Williams no necesita saltar a pista para imponer. Su sombra es alargada y se ha extendido en forma de mantra por todos aquellos lugares donde las mejores del mundo han jugado. La estadounidense debutó en Auckland muy renqueante y acudió al Open de Australia con tremendas dudas. Pero no evitaron que sumara un nuevo Grand Slam a su palmarés, el vigésimo tercero.

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A partir de ahí, la nada. Anuncios de boda y algo de publicidad es lo único que se sabe de una Serena a la que cualquier mente malévola se la imagina en una mecedora, sonriendo orgullosa al ver cómo sus rivales se bloquean irremediablemente sin que su ausencia continuada durante meses le pase factura en el ranking. "Principiantes", habrá de pensar la estadounidense.

Llega la tierra batida, el terreno menos propicio para una Serena que ya ha anunciado su ausencia en Roma, donde defendería título. Volverá a Roland Garros sin rodaje con el fin de levantar el que sería su cuarto título en París. La motivación por redimirse tras su derrota ante Garbiñe Muguruza en 2016 impulsarán a un espíritu aún ambicioso y hambriento de triunfos. Una gran actuación en el Bosque de Bolonia supondría un golpe sobre la mesa definitivo, y generaría un poso de desasosiego en las jóvenes llamadas a derrocarlas difícilmente asumible por sus volátiles mentes.

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En 2016 Serena disputó ocho eventos y se antoja difícil que pueda llegar a esa cifra en un 2017 en el que está midiendo mucho sus esfuerzos. La veterana norteamericana no necesita simulacros, siendo los grandes retos los únicos que le pueden hacer ponerse el mono de trabajo y dispararse su adrenalina sobre la pista. El Grand Slam del 2015 frustrado (ganar los cuatro majors el primer año) aún escuece en la menor de las Williams y no es descartable pensar que pueda volver a intentarlo esta temporada. Serena Williams está muy viva.

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