Roger Federer, el retorno del rey para alcanzar el paraíso

Roger Federer puede encontrar el ansiado 18º Grand Slam cuando menos se esperaba, en una oportunidad de seguir agigantando su leyenda.

Roger Federer en el Open de Australia 2017
Roger Federer en el Open de Australia 2017

La perfección hecha tenis. Esa es la manera en que se puede definir a Roger Federer, un hombre que permanecerá en el imaginario colectivo no sólo como el mejor tenista de la historia, sino también como alguien capaz de elevar el deporte rey de la raqueta a un estatus superior. Todo aficionado recordará perfectamente la primera vez que vio al de Basilea jugar. No se suelen olvidar momentos así, momentos en los que te das cuenta de que lo que habías visto anteriormente era un deporte y de que lo que estabas viendo con Roger es un arte.

Elegancia y distinción como consecuencia de su talento innato, que ha ido puliendo año tras año en aras de convertirse en lo que ya es. Porque independientemente de los títulos, Federer ha marcado un antes y un después en la historia del tenis. Cuando el mundo ya comenzaba a lastimarse y a rebuscar en la hemeroteca vídeos de los años gloriosos, Roger se recluyó en su Suiza natal, recorrió con la candidez del entorno familiar los paisajes alpinos y entrenó.

Roger Federer entrenando

Entrenó como pocos lo hacen en el circuito actual, exprimiéndose hasta la última gota de sudor a sus 35 años. Entrenó porque aunque no tiene que demostrar nada a nadie, la leyenda quiere legitimarse en la cúspide todo el tiempo posible, y entrenó porque quería vivir momentos como los que ha vivido en el Open de Australia 2017, y los que vivirá en la gran final. Algo así solo se explica por un sentimiento incontrolable e irracional, algo capaz de hacer posible lo imposible y de poner los pelos de punto a cualquiera: la pasión y el amor por el tenis.

Ése ha sido el motor incombustible de Roger durante toda su carrera, y mucho más ahora. La versión entrañable del padre de familia arropado por su discreta mujer y sus tiernos hijos no hace sino reafirmar el irremediable cariño que se le tiene, independientemente de la condición y nacionalidad de los individuos.

Desde que levantara su último título de Grand Slam, en Wimbledon 2012, ríos de tinta han corrido sobre la proximidad de su retirada, sus posibilidades de seguir agrandando su palmarés y sus opciones contra los mejores. Pero Roger ha dejado todo ello en papel mojado con su regeso a un nivel excelso del "retiro espiritual" de seis meses que se tomó.

Roger Federer en Wimbledon 2012

Novak Djokovic fue el verdugo del helvético en sus tres finales de Grand Slam disputadas desde su título en el All England Lawn Tennis Club, aunque el de Basilea tambien tuvo que afrontar duras derrotas ante jóvenes como Milos Raonic, y outsiders inesperados como Marin Cilic. Pero todo ello quedó atrás. Es como si el reloj se hubiera puesto a 0 y estuviéramos viendo una nueva versión mejorada del maestro suizo. Así se desprende de su ilusión y la que se palpa en el ambiente.

Su reaparición en la Copa Hopman fue halagüeña, con victorias contundentes ante Daniel Evans y Richard Gasquet, y un memorable partido frente a Alexander Zverev. Perdió una batalla pero ganó la guerra, ya que en ese partido, Roger se dio cuenta de que estaba en condiciones de competir con los mejores. Se rearmó y afiló sus armas de cara al Open de Australia, donde ha ido clarmente de menos a más.

Roger Federer en Copa Hopman 2017

Tras superar sin excesiva brillantez a Jurgen Melzer y Noah Rubin, el de Basilea destapó el tarro de las esencias frente a un Tomas Berdych que pareció un junior en sus manos. El encuentro contra Kei Nishikori puso de manifiesto su fortaleza física y mental, así como su capacidad de encontrar soluciones a desafíos puestos durante el partido. Mischa Zverev fue una perita en dulce y Stan Wawrinka confirmó que el genio ha salido de la tetera.

Federer está jugando muy metido en pista, empeñado en no dar ni un paso atrás pero hallando el equilibrio en su tenis. Ser agresivo sin precipitarse, se antoja El Dorado para cualquier tenista, y Roger lo está consiguiendo. En todos sus partidos ha terminado con más golpes ganadores que errores no forzados, salvo en la maratón contra Wawrinka (47 winners y 50 errores).

Roger Federer en Open de Australia 2017

El suizo necesita el saque, y el hecho de no haber bajado del 69% de puntos ganados con primer servicio y el 48% con segundo resulta palmario de su eficacia. Cifras muy buenas y que constituyen las peores del torneo en el caso de Federer, que tendrá que reinventarse para ganar a Nadal. Y es que el balear es un especialista en pasar a sus contrincantes en la red, en buscarle las cosquillas al revés alto y en sostener las arremetidas de su rival.

Roger Federer se enfrenta, a sus 35 años, al mayor reto de su carrera y lo hace con la tranquilidad de haber vuelto a ser competitivo cuando muchos, ni siquiera él en apariencia, lo soñaban. Ganar un Grand Slam con 35 años y hacerlo venciendo a su bestia negra en la final, supondría elevarle a la categoría del Dios del deporte. No hay nada más bonito que poder superarse a uno mismo, incluso cuando ya parece haberse hecho todo. Federer está motivado, y un genio motivado, es sinónimo de espectáculo.

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