La última noche nunca puede funcionar

El tenis, a diferencia de la vida, es lo único en lo que sí que vale sólo la última noche y es que por norma general, las últimas noches nunca pueden funcionar.

Me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Mientras esperábamos a que llegara, mi amiga me avisó que me iba a gustar, pero jamás pensé que iba a quedarme tan atónito mirando aquellos intensos ojos verdes y esa sonrisa tan bonita cuando la vi bajar del coche.

Solía pasar parte del verano en el campo de mis padres. Allí, tenía un grupo de amigos con los que salía muy de vez en cuando y que veía apenas varias semanas al año. Habíamos quedado esa noche todos para cenar. Era el primer día de mis vacaciones de verano y estaba súper emocionado por ello.

– Hoy he invitado a una amiga nueva -me dijo Carmen, una de mis amigas.

– ¿Sí, quién es?

– Se llama Elena y estoy seguro que te va a gustar.

– Ya, siempre me dices lo mismo -contesté. Carmen estaba empeñada cada verano en buscarme una novia.

Pero la vi bajar del coche y me quedé mudo. Era mucho más guapa de lo que imaginaba y con una sonrisa capaz de enternecer al tipo más duro que puedan conocer. ¿Saben de esos amores que te llegan al corazón desde el primer segundo? Eso mismo me ocurrió a mí aquella noche.

Yo apenas tenía 20 años y era muy tímido con las chicas. Cuando una me gustaba de verdad, me cortaba muchísimo y apenas sabía de qué hablar. Lo cierto es que Elena y yo congeniamos muy bien desde el primer momento. Ella se reía con mi acento andaluz, y con sólo decirle "¿Qué haces?", era capaz de llorar de risa. Literal.

Pasaron los días y yo no era capaz de dar el paso. Mi amiga Carmen me decía que ella veía que yo le gustaba y que en una conversación que tuvieron las dos, le dijo que le parecía que era guapo. Eso hizo que me pusiera mucho más nervioso cada vez que me quedaba a solas con ella. Me gustaba tanto que me bloqueaba. ¿No les pasó eso nunca antes también?

Y así, cada día que pasaba me levantaba pensando que tenía que lanzarme esa noche y decirle que me gustaba, pero llegado el momento, nunca me atrevía a dar el paso. De esta forma, llegamos a la última noche. Al día siguiente yo me marchaba a la ciudad y ya no volvería en todo el verano. Habían pasado unas dos semanas y media desde que nos conocimos y esa noche me decidí a quitarme la duda. Iba a lanzarme. Sí o sí.

Quedamos todos en la plaza para beber y charlar, disfrutando del buen tiempo. Yo, pensé que no había mejor forma de quitarme los nervios y ganar valor para lo que iba a hacer que beber mucho alcohol. Pasaban las horas a la misma velocidad que caían los vasos de Ron con Coca Cola. A partir del cuarto, ya perdí la cuenta y estaba lo suficientemente bebido como para no sentir vergüenza. Entonces, llegó la hora en la que todos dijeron de marcharnos para casa. Mi momento había llegado.

Mientras me despido uno a uno de todos ellos, agarro a Elena de un brazo y la aparto de la escena.

– ¿Qué pasa, Jose? -me preguntó extrañada al ver que la llevaba a otro lado. Mis amigos no dejaban de contemplarlo todo desde la distancia, curiosos y nerviosos, aunque no más que yo.

– No, que... quería contarte una cosa -acerté a decir. Me sentía el corazón latiendo tan rápido que creía que me iba a desmayar.

– ¿El qué?

– Pues... verás... es que... yo... -veía cómo su cara empezaba a ponerse más seria. Se lo veía venir- quería decirte que me gustaste desde el primer día que te vi. No quería irme sin decirte esto para que lo supieras.

Ella se quedó muy seria, mirándome muy fijamente.

– No sé por qué has esperado hasta esta última noche. Podías haberme dicho algo la noche en la que nos conocimos. O aquella en la que nos quedamos hasta las 4 de la mañana hablando en aquél banco, cuando aún estabas a tiempo.

– Ah, entonces, la última noche es una mala idea.

– Muy mala idea. La última noche nunca puede funcionar.

Es curioso, ¿no creen? En la vida, la última noche nunca puede funcionar. A nadie le gustaría estar en esa última noche. Última noche suele ser sinónimo de cuenta atrás de horas para irse, de malas decisiones de último momento, de despedidas, de nervios, de lágrimas, de desesperación. En cambio, en el tenis, la última noche es aquella por la que todo tenista sueña.

¿A qué tenista no le gustaría ser protagonista de la última noche? La última gran noche de un torneo. Casi siempre, un domingo. Esa última noche puede ser sinónimo de todo lo contrario, de alegría, de éxito, de risas, de celebración, de sueños cumplidos. Sí, también de todo lo contrario, pero es un sí o no ante el que todo jugador diría indudablemente que quiere estar ahí. Tener la gloria tan cerca que se puede tocar con los dedos es algo tentador.

Elena tenía razón. La última noche nunca puede funcionar. No podía pretender hacer en una noche todo lo que no pude hacer las semanas anteriores. Ya no valía. En la vida, todo pasa por hacer las cosas a su tiempo. Por decir las palabras cuando tocan y nunca unos segundos (o días) más tarde. En el tenis, en cambio no. Esa noche puede funcionar y es la única que vale. Puedes llegar de mil maneras, que no importará todo lo que hayas hecho anteriormente, sólo importará lo que hagas esa noche. Puedes haber ganado todos los partidos de calle, que ese domingo tendrás que ganar igualmente un set más que tu rival, que puede haber llegado sufriendo y salvando pelotas de partido en cada ronda. Vaya diferencia, ¿no?

Hoy, 31 de diciembre, será una última noche de algo, también. No olviden que las últimas noches nunca pueden funcionar. No intenten hacer esta noche todo aquello que no hicieron los 364 días anteriores. Ya no vale. Piensen en las oportunidades que tuvieron e intenten empezar de cero a partir del día 1 de enero, ahí cuando ya no tendrán últimas noches, sino muchas otras por delante. Para que podamos sentirnos cómo se sienten los tenistas ese último domingo. Para que tomemos las decisiones correctas y para que tengamos la suerte de que la pelota entre dentro y podamos terminar esa noche celebrando por todo lo alto que conseguimos lo que nos propusimos, eso que buscamos y deseamos durante tanto tiempo. Y es que no hay mejor victoria que ésa, ¿no creen?

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