No hay Zverev malo

Mischa, el mayor de los hermanos Zverev, se ha convertido en uno de los protagonistas del vestuario ATP en este último tramo de temporada. 

Solo hay que imaginar la misma escena familiar cada domingo. Un padre, una madre, quizá algún abuelo, puede que algún sobrino y dos hermanos reunidos en una misma mesa. Mientras el alimento va y viene, el tema de conversación recurrente siempre acaba apuntando al mismo frente: Alexander. Es el pequeño, el más inocente, pero también el que está pisando el top20 con tan solo 19 años. Aquel que aparece en imagen cuando googleas en Internet el apellido ‘Zverev’. Qué duro debe ser tener una década más de experiencia y no ser el primer plato ni en tu propio casa. Orgulloso de su hermano, por supuesto, pero con ese fuego interno, fundido con algo de rabia, que le ha hecho reinventarse en una jungla de bestias cuando ya nadie le esperaba. Él es Misha y no, para nada es el Zverev malo.

Lo más curioso es que su nombre no ha empezado a retumbar hasta muy entrado el calendario. Con 29 años, profesional desde 2002 y asentado en el puesto 171 de la ATP, la temporada 2016 no aparentaba representar ninguna novedad para este alemán nacido en Moscú. Los primeros meses fueron un devenir sin rumbo, travesías sin apenas éxito donde solamente tocó el cielo en el Challenger de Sarasota, estación en la que fue eliminando a muchos jovencitos hasta amarrar el título. La ruta consistía en una fase previa tras otra, la mayoría de ellas cerradas con derrotas, mientras Alexander seguía sumando victorias en la élite y acechando la parte alta de la clasificación. Tanto subió el ‘pequeñín’ que pasó a convertirse en “el Zverev bueno”. Aquello era la gota que colmó el vaso, lo que acabó tocando el coraje de Misha provocando una reacción instantánea. Y así fue como llegó Atlanta.

El final de la gira estadounidense marca el principio del ascenso de este zurdo. Desde entonces, ocho Qualys disputadas y siete de ellas superadas. Pero Misha no se conformaba con superar clasificatorias, de eso ya se había hartado en las últimas temporadas. Unos cuartos de final en Shenzen y otros cuartos de final en Shanghai provocaban que su nombre volviese a la primera plana. Victorias ante raquetas como Mannarino, Fognini, Rosol o Kyrgios obligaban al público poco entendido a recuperar aquella vieja pregunta: ‘¿De qué Zverev me estás hablando?’. De repente la gente recordó que Sasha tenía un hermano, alguien que lleva casi 15 años peleando entre los mejores. Pero aun no era suficiente, faltaba un gran golpe para saltar directo a las portadas.

Ha sido en Basilea, ciudad donde tampoco se conformó con superar la previa (victorias ante Pospisil y Harrison), sino que ayer firmaba su pase a unas semifinales ATP seis años después. La última fue en Metz 2010, donde acabaría alcanzando la primera y, hasta ahora, única final de su carrera. Aunque quizá esta sea más especial. Primero porque estamos hablando de un torneo 500; y segundo, porque en la cuneta viene de dejar a Stan Wawrinka, número 3 del mundo e ídolo local. Su primer triunfo ante un top10 desde 2010. El partido fue una auténtica montaña rusa, con el de Lausana mostrando una versión oscura e irregular. Pero no seré yo quien le quite mérito a un triunfo ante un triple campeón de Grand Slam.

"Ha sido Sasha quien me ha puesto a trabajar así de duro, él me dijo que le gustaría volver a verme dentro del top100. Su actitud es la que me ha ayudado. Cuando por fin regresé de mi lesión, mi único objetivo era el de ser el mayor ejemplo para mi hermano". Tremendas palabras. Como tantos otros, Misha está viviendo en sus propias carnes el renacer de la treintena, una edad que muchos han entendido como una oportunidad para volver por sus fueros, aunque nunca antes los hubiesen poseído. Empezó el curso siendo el 171 y el lunes, como mínimo, estará a las puertas del top50 (llegó a ser #45 en 2009). Solamente en el mes de octubre enlaza tres torneos tocando los cuartos de final y este sábado, solo Marin Cilic puede apartarle de la lucha por el título en Basilea. Cada uno con su estilo, a su ritmo y en su escalón, pero entre los dos han dejado una cosa clara: en esa casa no cabe una gota más de talento. Porque efectivamente, no hay Zverev malo.

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