Pablo Carreño: El terrícola todoterreno

Un terrícola sin títulos en tierra pero con dos en pista dura. Un todoterreno que va lanzado y que muchos van a empezar a temer. Carreño llega para quedarse.

Admito que desde hace mucho tiempo he sido bastante escéptico en torno al futuro de Pablo Carreño. El chico tenía muy buenos mimbres, sí, pero faltaba algo. Me dejaba frío. No me parecía la clase de tenista que podía comerse el circuito e ilusionarme. En absoluto. Ahora me encuentro en una situación en la que no paro de frotarme los ojos ante el éxito que está obteniendo el gijonés. Primer título ATP por aquí, segundo título ATP por allá… Un chico callado y humilde pero que lleva dando manotazos contra la mesa del circuito toda la temporada. Ya era hora de que esto sucediera. Todos los que quedamos decepcionados con el truncamiento de su brutal progresión años atrás estamos dándonos cuenta de que ese diamante en bruto tenía que pulirse con paciencia y buen tino: He aquí el resultado, un auténtico depredador que quiere vuelta atrás, solo pasos hacia delante camino de lo que él se proponga. Ahora sí podemos decir sin miedo a equivocarnos: Qué inmenso futuro te aguarda Pablo.

¿Que Pablo Carreño ya había ganado anteriormente un torneo ATP y ante nada más y nada menos que Roberto Bautista? Sí, pero con todo y con eso yo seguía escéptico. Necesitaba algún tipo de confirmación, algo que me hiciera creer definitivamente en este asturiano, que desde júnior apuntaba a súper estrella pero que las lesiones y la falta de adaptación al circuito ATP le habían frenado tremendamente la progresión.

Esa confirmación llegaba en el lugar más insospechado: La pista cubierta del Estadio Olímpico de Moscú en la Copa Kremlin. He de decir que le veía llegando lejos en el torneo. ¿Por qué no? Pero sinceramente no le veía levantando su segundo título ATP en ese evento. La final era ante un curtido en mil batallas como Fabio Fognini. Díscolo e irregular como ninguno, pero Fabio Fognini.

Ni corto ni perezoso Pablo remontaba un set en contra (como ante Bautista en la anterior final en Winston-Salem) y abrazaba finalmente el título de campeón. Y de qué manera. Atacando con señorío y ferocidad, dominando a todo un correcaminos como el italiano y sobre todo, haciendo unas defensas estratosféricas. Qué escándalo de defensas. Rafa Nadal y Andy Murray fusionados literalmente. El transalpino acabó desesperado, no era para menos. Pablo Carreño no era un tenista, era un auténtico muro que además devolvía la pelota con más fuerza si cabe.

Estoy de acuerdo en que el cuadro que ha tenido que enfrentar en Moscú no es el más terrorífico del mundo. Melzer, que venía de la previa, Dzumhur, que estaba mermado y se tuvo que retirar, un desconocido absoluto como Bublik, un veterano poco habituado a unas semis de ATP como Robert, y Fognini. Ese ha sido el camino de Pablo Carreño. Pero llega un momento que no importa tanto el camino que tengas que andar, la cuestión es que lo andes. Porque aquí nadie regala nada y bien lo sabe el gijonés.

Bajo las órdenes de Dudu Duarte era un chaval tremendamente prometedor, que se comía medio circuito Challenger, empalmando tres trofeos seguidos como si tal cosa. Pero el salto al circuito ATP era ya arena de otro costal. Una empresa que le sobrepasaba. Había una especie de bloqueo mental en él que le hacía jugar con menos confianza, arrugarse ante la adversidad. Ni mucho menos remontar partidos como en sus dos finales ATP ganadas, ni mucho menos ganar encuentros en el desempate del tercer set. Ni mucho menos llegar al número 36 de la lista de entradas. Había un riesgo más que evidente de que Carreño pudiera quedarse reducido a un jugador de Challengers, a un Yen-Hsun Lu de la vida. Que no es poca cosa, pero viendo el potencial del asturiano, conformarse con eso hubiera sido un error fatal.

Ya en 2013 hizo una progresión de escándalo tras padecer problemas físicos, unos problemas que le habían cortado su ascenso en el ránking. Ese año devoró una gran cantidad de Challengers haciendo además semifinales en Estoril. En 2014 los Challengers habían vuelto a ser el hábitat donde Pablo demostraba encontrarse más cómodo. Y una superficie: La tierra batida. Alguien capaz de ganar en las alturas de la Estación de El Espinar en Segovia se le presupone un nivel importante en cemento y demás pistas rápidas. Pero no encontraba la tecla en esa superficie Carreño. En 2015 más de lo mismo, exceptuando el que sería su torneo fetiche, Winston-Salem, donde alcanzaría los cuartos de final. Sus resultados en torneos ATP arrojaban una idea muy clara: Pablo Carreño era un terrícola más salido de España.

Pero 2016 ha cambiado por completo esa visión. Tuvo que ser en Winston-Salem donde se revirtiera la situación y Pablo Carreño dejara de ser un terrícola al uso para pasar a ser un todoterreno. Había firmado ya dos finales ATP este mismo año pero en tierra batida. El desafío era mayúsculo en Estados Unidos. Ganar su primer título y hacerlo en pista dura. Desafío superado. La mente del gijonés mostraba tras ello un desbloqueo maravilloso. En el US Open se plantaba en tercera ronda, solo parado por Thiem. En Pekín, Tomic y Gasquet a la calle por cortesía del asturiano. Y en Moscú y bajo techo, otro nuevo título. Y si nos quedamos cortos, podemos añadir sus logros en dobles junto a Guillermo García-López en el US Open y junto a Rafa Nadal en Pekín. La conversión a 4x4 de Pablo ha quedado más que completada. En 2017 amenaza con mantener este nivel y ser más depredador que nunca. Pablo Carreño ya no le teme a nada.

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