Un mago anda suelto

Gaël Monfils se cuela en la final de Montecarlo. Repasamos su 2016 y algunos de los mejores momentos de un tenista que no deja indiferente a nadie.

Lo bonito de la vida es no saber qué va a ocurrir, romper esquemas y destrozar apuestas. Esta máxima se repite en el mundo de la raqueta, y casi me atrevería a decir de cualquier deporte, a cada instante. Si hace unos días era Jiri Vesely quien dejaba a muchos con la boca abierta tras lograr derrotar al actual número 1 del mundo, Novak Djokovic, hoy es Gael Monfils el que logra volver a una final de Masters 1000 mucho tiempo después. El francés sueña ya con el título en el Principado.

Seamos justos y no menos sinceros, ¿cuántos apostábamos por una final en la que uno de los contendientes fuera Monfils? El parisino es uno de esos tenistas que no deja indiferente a nadie. Capaz de convertir la pista en un circo y de sacarle una sonrisa al más apesadumbrado, el parisino pone hoy el broche de oro a un comienzo de año muy positivo.

Si repasamos sus números este curso, no es casualidad que mañana vayamos a verle jugar el último partido de la semana. En este 2016, el galo se ha abonado a los cuartos de final de la gran mayoría de torneos disputados. De esta manera, alcanzó esta ronda en el Open de Australia e Indian Wells –cayendo con Milos Raonic-, e hizo lo propio en el Masters 1000 de Miami, donde fue Kei Nishikori el que le apeó del torneo. La final perdida del ATP 500 de Rotterdam, hace dos meses, asoma como la antesala más cercana en cuanto a similitud de sensaciones a las que Monfils deberá enfrentarse cuando salte a la pista Rainiero III.

Bien es cierto que estos resultados llegan bendecidos por la benevolencia de un sorteo que ha querido evitar que se enfrente a cualquier top 25 antes de alcanzar estas rondas. Pero tampoco deja de ser verdad que las oportunidades hay que generarlas y, lo más importante, tener el valor de cogerlas cuando se encuentran frente a nosotros.

Monfils ha sabido perseverar en su cometido durante estos meses y es ahora cuando puede recoger sus frutos. Lo hará seguro con una sonrisa, pues el francés es de esos tenistas imprevisibles y alocados por lo que merece la pena pagar una entrada. Porque el bueno de Gaël es capaz de recibir los pitos del público tras estampar su raqueta contra el suelo, para acto seguido convertir estos en aplausos al besar la pobre y damnificada hierba sobre la que se encontraba. (Stuttgart, 2015). Tampoco es raro verle practicar cualquier tipo de acrobacia, como en este último Open de Australia, donde intentó alcanzar una bola saltando “a lo Supermán” en el partido que le enfrentaba a Kuznetsov –aunque, para tristeza de muchos, no ganara el punto-.

Sus declaraciones tampoco dejan indiferente a nadie. Basta con repasar anécdotas como la vivida en un partido contra Philipp Kohlschreiber, en el torneo de Doha, hace ahora tres años, cuando le espetó al juez de silla “soy negro y sudo mucho” tras marcarle un “warning” por pérdida de tiempo. Genio y figura.

Con la elasticidad que le caracteriza y un físico primoroso, aunque renovado tras algunas lesiones y problemas en los últimos tiempos, Gaël Monfils acude a la llamada del tenis una vez más. Sólido desde el fondo de pista y completo, aunque no perfecto, en prácticamente todos sus golpes, es de esperar que tenga oportunidades de alzarse con el título. Con ese halo de magia casi inherente a él, como si cualquier cosa inverosímil pudiera pasar cuando se encuentra sobre una pista de tenis, la final es un premio a quien siempre busca una sonrisa en lo que hace. “Joder, ¡amo este deporte, es mi vida!”, afirmaba para L’Équipe hace unos años. Tengan cuidado y no despeguen los ojos de sus pantallas este domingo, porque un mago anda suelto. El Montecarlo Country Club se viste de gala, el truco final dependerá de él.

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