Kyrgios parece estar muerto

Kyrgios solicita medical timeout. A veces, cuando cierra los ojos tumbado bocarriba, parece un bebé, o un buen chico, o estar muerto.

La luna ya cuelga en la noche pero para Kyrgios y Wawa es aún de día.

«No quiero ver esto», piensa, mientras mira cómo Nick, inmóvil, con las manos detrás de la espalda, encajado en esa estampa de rebelde juvenil, escucha de fondo los preliminares del umpire.

«Le deben de sonar como a emisora desintonizada», piensa.

Stan calienta. Parece haber verdad en su rostro. Parece estar esperándose a sí mismo, en el futuro, con el partido ya ganado. Peinándose en el vestuario envuelto en olor a jabón.

«No quiero ver esto», piensa. «En realidad, no quiero». Y toma mucho tiempo para componer un WhatsApp: ‘Querría salir a hablar poco.

Hoy.

Comer un trozo de pizza.

Mirar lo que nos crucemos y estar cada uno a lo suyo, no sé hasta cuándo.

Tener algo de frío.

Notar que morimos, a veces, si quieres’.

No hay respuesta, ni siquiera un «En línea».

En la pista hay un runrún sordo. Nick va a sacar, todos callan, pero aún así el mundo suena a algo. Suena a eso: a un rumor sin procedencia.

Ace.

Al final, entra un Whatsapp: ‘Oh. Hoy no puedo’.

Levanta la vista. «El drive de Nick es como un mamporro. La pega igual que si rompiese unas costillas», piensa. Y escribe un WhatsApp: ‘Supongo que esta noche me toca sentir miedo solo’.

Wawrinka se dispara ya 4-1 en la pantalla del PC. Imagina cómo sería en realidad, salir solo, esa noche, caminando sin derrotero pero sabiendo, en el fondo, adonde va.

Kyrgios solicita medical timeout. A veces, cuando cierra los ojos tumbado bocarriba, parece un bebé, o un buen chico, o estar muerto.

«Parece un bebé, o un buen chico, o estar muerto», piensa, e imagina otra vez que sale de casa. Imagina que pide un café a la barra, en cualquier bar, antes de partir. Que alguien versiona Lady Marmalade, mal, en la tele. Que echa a andar. Y mientras tanto ve que Kyrgios reacciona. «Sigue pegándola igual. Sigue como diciendo ¿No queríais tenis, bastardos?», piensa; aunque Wawa salva el break y grita C’mon.

Imagina que cuando sale del bar chispea. Que las gotas caen en sus mejillas y las siente como luces que se encienden. Imagina que se cruza con alguien. Alguien que mira la noche igual que si supiera que no es para tanto. Y después, imagina que sigue. Mira lo lejano. Las luces titilantes de la noche metropolitana, y teme ir a volverse loco.

«Si me volviese loco cogería un taxi», piensa, como si los taxis sirvieran para recuperar la sensatez. Una idea ilógica, una idea irracional pero en la que él, en ese instante, cree tanto como otros creen por lo demás en Dios, toda su vida.

Ve un revés fotografiable de Kyrgios. «Pero a mí no me convence su revés», piensa, sentado frente al monitor, en su silla giratoria. «Es ortopédico»; y se obliga a imaginarse otra vez caminando, bajo aquel cielo plomizo, antes de que todo se disuelva como los sueños vívidos al poco de despertar. Nota que ya no notaba que el mundo es colorido: en la esfera de un semáforo, incandescente, recién nacido, el rojo se da a sí mismo de nuevo, y detrás de él es como si el mundo resucitase, regresando de un desteñido. Las caravistas, otra vez, son pardas.

Kyrgios ejecuta una dejada. Lo hace tan delicadamente como acariciaría a un bebé. La bola traza una curva, que en su segunda rama se acompaña del movimiento admirado del ánimo del público. Es un drop shot de revés maravilloso, grávido de algo que parece tener que ver con la providencia. Y lo tiene, pero en la dirección contraria a la más novelesca: el punto al final es para Stanislas Wawrinka.

«Parecía que las cosas serían de otro modo», piensa, y en su ensueño continúa caminando por la calle. Ve la sombra estirada de un perro moteado que en las zonas oscuras parece inmaterial. Ve su propia sombra, estirándose y multiplicándose, y recuerda a Octavio Paz. Es una calle larga y silenciosa./Ando en tinieblas y tropiezo y caigo/y me levanto y piso con pies ciegos/las piedras mudas y las hojas secas/y alguien detrás de mí también las pisa:/si me detengo, se detiene;/si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie./Todo está oscuro y sin salida,/y doy vueltas en las esquinas/que dan siempre a la calle/donde nadie me espera ni me sigue,/donde yo sigo a un hombre que tropieza/y se levanta y dice al verme: nadie.

Kyrgios suelta una hostia, que más que una hostia es una ostia, y que más que una ostia es una eucaristía. Irá a algún recopilatorio de Youtube, pero el juego lo gana Wawrinka.

«Al lado de Kyrgios se ve poco a Wawa, pero él es el marionetista», piensa.

El partido está 4-6 0-1, cuando se imagina a punto de cruzar un puente desde el que cree que saltará. El presagio lo aterra, pero avanza, incluso recordando el día perfecto para el pez plátano ([…] Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz. Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas. Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha). El puente transcurre sobre una autovía. Bajo su vértigo, bajo su pavor, los coches se disparan embravecidos en la oscuridad. A veces, un camión atrona en sus piernas de gelatina. Se agarra a la baranda. Fuerte. Siente sus pasos erráticos como apoyados en un suelo vacilante, y hasta anticipa su cadáver, durante los instantes siguientes, entintando de sangre el asfalto, allá abajo. Pero aunque sea a duras penas, mareado como un remolino, no se para, sigue, alcanza el otro lado. Nota el sudor frío entibiándose y descubre, en realidad por primera vez, lo insignificante que es comparado con el universo entero.

Mira a Wawa, encarrilando el 2º set por la vía del cloroformo, mientras se avergüenza un poco de la metafísica sobada que acaba de usar en su ensueño. El partido va cuesta abajo y sin frenos hacia el despeñadero. Wawa dibuja un revés para un libro de anatomía. 4-6 0-2.

«Esto se acaba», piensa, mientras en su imaginación la noche es ahora luminosa, huele a húmedo, y sigue sonando a coches. Y a voces. Aún llovizna. Se da, desasido, al primer recuerdo que lo alcance. Un recuerdo que por descontado es de su adolescencia. Un recuerdo que por descontado es feliz. Un recuerdo donde por descontado alguien sonríe, y en donde alguien quiere a alguien de esa manera en la que cualquiera descubre, muchas arrugas después, que siempre es posible volver a querer. Un recuerdo en donde la gente se llama como la gente se llama. Inma. O Chari. Mira la vastedad entre él y la lejanía. Una vastedad vacía, y silenciosa, subida en una pitón de asfalto, que lo asusta, así que vuelve a atender al tenis. Kyrgios gira su raqueta como los pistoleros en las películas, cuando ya han disparado y otra vez van a enfundar. Mira a alguien como si se lo quisiera quitar de enmedio.

«A quien tendrías que quitar de enmedio es a Wawrinka, y te está dando un repaso», piensa, y se ve en su ensueño mirando al cielo, que sigue allí, mientras un avión lo parte en dos. Respira aliviado, como ante la revelación imprevista de que todo irá bien, pero en el instante siguiente cree lo contrario. Se siente como en los trompicones anteriores a irse al suelo de bruces. Mira la pared en la calle de enfrente, y golpea la de su lado para ver si de verdad es dura. Mientras se sonroja, otra vez, de su trascendentalismo de cocacola y bravas, se siente convencido de que al destino no hay que temerlo. En seguida siente algo como estar quedándose sin balas. Camina. Sabe, en el fondo, adonde va. Todo el mundo sabe, en el fondo, adonde va esa noche, o ese día, según se mire. Él, Kyrgios, Wawrinka, esperándose a sí mismo en un futuro al que pronto llegará el pasado.

Bajo el sonido a fatalidad de un campanario cuya ubicación exacta desconoce, se adentra en una callejuela de adoquines, al fondo de la que las oscuras siluetas de varios viandantes se recortan contra un montón de luces ocres. Allí hay una plaza resplandeciente, y en su centro exacto una fuente hacia la que él se dirige irreflexivamente. Se sienta en su borde. Wawrinka se sienta en su silla, 3-0 arriba en el segundo. No deja de mirar hacia la zona del umpire. Se está cociendo algo allí. Sobre la linde de la fuente, todavía sentado, siente corrientes de acontencimientos que, rectilíneamente, invisibles, se dirigen sin remedio hacia donde él está, y no sólo hacia donde él está sino hacia él mismo, en un momento próximo a llegar. Un instante de alineamiento de algo, nítidamente intuido, que bien pudiera ser el destino. Saca su smartphone y abre WhatsApp, pero antes de escribir recuerda «El recado» (Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero…”). Comienza a teclear mientras ve que Kyrgios se retira. Wawrinka se ennoblece apoyando su mano, comprensiva y exculpadora, sobre el hombro del canalla, que «La verdad, al lado de Stan no parece más que eso», piensa.

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