Quito, ¿capital de esperanza?

El recién acabado ATP 250 de Quito podría suponer un nuevo impulso para el tenis ecuatoriano y un tren hacia un futuro mejor para muchos jóvenes del país.

París, junio de 1990, Andrés Gómez se lleva las manos a la cabeza tras lograr una derecha mágica que lo eleva a los altares del tenis y lo convierte en ídolo de Ecuador. Acababa de proclamarse campeón de Roland Garros tras derrotar a un joven André Agassi por 6-3, 2-6, 6-4 y 6-4. Han pasado más de dos décadas de aquella gesta y aún hay quien la recuerda por ser la última de un linaje tenístico hace tiempo condenado.

Estos días, los ojos de los aficionados al tenis de medio mundo se dirigían hacia los torneos ATP 250 como el que ha tenido lugar en Quito, capital de Ecuador. Con apenas dos años de vida, -antes se celebraba en Viña del Mar-, el torneo se ha convertido en la esperanza de quienes aún creen en el resurgir del tenis ecuatoriano. Sin embargo, el tortuoso camino de este no ha hecho sino prolongarse: ni Giovanni Lapentti (221) ni Gonzalo Escobar (364) fueron capaces de superar sus compromisos de primera ronda tras recibir una wild card por parte de los organizadores. Tampoco Emilio Gómez (311) e Iván Endara (385) lograron ir más allá de la fase previa. Por ahora, es un pobre bagaje para un torneo que busca convertirse en la génesis de una nueva generación de tenistas que debiera emular hazañas pasadas.

Hombres como Nicolas Lapentti o Giovanni Lapentti han vivido en primera persona, con orgullo, la huella indeleble que su tío, Andrés Gómez, dejó en el tenis. No obstante, la sombra de este tampoco ha dejado nunca de perseguirles. Nicolás vivió un idilio con la Copa Davis, convirtiéndose en el jugador con más partidos individuales ganados en cinco sets en la historia de la competición. Además, ascensos al Grupo Mundial como el de 2001 junto a su hermano Giovanni, le han otorgado el reconocimiento del pueblo ecuatoriano, cuyas deidades deportivas hace tiempo se desvanecieron.

Los jóvenes tenistas del país son conocedores de la voracidad de un circuito que reduce a cenizas a aquellos que no rozan la excelencia. Es precisamente en este sentido, que el torneo de Quito podría marcar un antes y un después en el devenir del tenis en Ecuador. Solo el tiempo dirá si las inversiones venideras serán utilizadas para crear un futuro en el tenis base ecuatoriano o si, por el contrario, encontrarán refugio en el siempre bien zurcido bolsillo de unos pocos. Se trata de un mal endémico del deporte de la raqueta, el cual se produce en muchos países cuyas federaciones y responsables gubernamentales no saben –o no quieren- aprovechar el demasiadas veces deslumbrante dinero.

Ecuador empieza a dejar atrás la miseria y las miles de historias inacabadas que durante mucho tiempo dibujaron el amanecer de cada día. Aún hoy quedan muchas a las que buscar respuestas y aún hoy el deporte sigue siendo la esperanza de quienes han contemplado las dos caras de la moneda. Es por esto que el torneo de Quito es mucho más que tenis. Al igual que ocurre en otros países, la entrada de capital es fundamental para facilitar que los jóvenes puedan tener una oportunidad de alcanzar el éxito.

Cuenta la tradición quiteña que la Virgen de El Panecillo, en el centro de la ciudad, da la espalda y protege con su manto a los pobres. Al mismo tiempo mira imperturbable al norte reclamándoles bondad a los ricos. Muchos se preguntan ahora si su manto cubrirá el camino de quienes han encontrado en el tenis su tren hacia ese otro futuro. Y es que solo el tiempo dirá si habremos sido testigos de una nueva generación de tenistas cuyo mayor éxito no fue, paradójicamente, deportivo, sino vital. Sin duda, hoy Quito es capital de esperanza.

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