Djokovic ya no cae mal

Djokovic no era Djokovic, éramos nosotros; Rafa Nadal da lecciones hasta desde la cuneta, Orthomyxoviridae y otros relatos de la primera semana ATP.

Djokovic comienza a ser tan, tan, tan bueno que ya ni nos cae mal.

Muchos sentíamos que la vuelta al cole en la ATP iba a servirnos sobre todo como primera oportunidad —que muchas veces es la última— de comprobar si el panorama en el tenis masculino, por la zona de arriba, iba a continuar igual de desértico y dicotómico que en el 2015.

La manera en la que Djokovic troceó a Nadal lo invita a uno definitivamente a ser responsable consigo mismo, y a sustituir afirmaciones como "Djokovic es un coñazo" por "Voy a buscar a mi coñazo interior". Si un tenista tan definitivamente supremo como Djokovic continúa recibiendo sambenitos penitenciarios, probablemente sea porque haya más problemas en el observador que en el tenista.

Nadal sigue siendo el perfecto ejemplo de algo, incluso en sus peores horas deportivas. Nos muestra que parece haber hecho propia —no sólo que parece haber comprendido— la idea de que en la vida unas veces se gana y otras veces se aprende. Más allá de si lo que lleva viviendo desde hace año y medio será finalmente su anochecer o un nubarrón, su actitud frente a ello es una lección sobre cómo afrontar la relatividad del fracaso a partir de la vivencia de la relatividad del éxito. No puede hacerse bien la una sin haberse hecho bien antes la otra.

El refuerzo de la dominancia de Djokovic, sin perjuicio de que pueda o no debilitarse —cualquiera sabe que esto sucederá tarde o temprano—, por un lado desilusiona a quienes les va la marcha y querían alternancia (o sea, a todos menos a sus devotos), pero por otro lado infla muchísimo el interés general en "la otra liga". La brecha abierta ya de entrada por Novak sobre los demás, aparentemente irrecuperable por lo menos a corto plazo, hace que el concepto de «mejor» se disocie, e importe mucho más de lo que suele importar quién es el mejor de entre quienes no lo son. Ahí han asomado durante la primera semana del año algunas gratas sorpresas.

El Wawrinka vs Coric de Chennai pareció, durante su primer set, lo que de hecho fue: 'Wawa' dando un pescozón al niño por meterse en cosas de mayores. Pero Coric se desempolvó el complejo de cachorro e hizo brillar el de Edipo en la segunda manga. Aún así perdió y no parece que el croata esté aún para comandar los ejércitos del Norte, ni para ser el general de las Legiones Félix, pero si sigue así alcanzará su venganza. En esta vida.

Stan avisa comenzando el año igual que comenzó el año que ganó Roland Garros. Difícil mejorar esas credenciales a estas verdes alturas de temporada.

Dijo Kyrgios en pretemporada que quería ser mejor. Querer no siempre es poder, en realidad, pero en su caso sí. En la Copa Hopman ha hecho olvidar al camorrista napolitano, y ha hecho recordar la mezcla tan extraordinaria que hay en él de atletismo y de prodigio. Este jugador, que a veces tras inventarse un punto rota la raqueta igual que si fuera un revólver, verdaderamente puede ser el pistolero más rápido del Oeste. Si quiere.

Lo peor para Raonic fue que su rival tuviera gripe, porque ganó Brisbane mucho más gracias al terrible peso que metió en la bola, a su impecable planteamiento táctico del partido, a su frescura de piernas, a sus ganas de correr como si fuera un pasabolas, a su manera de sacar y sobre todo de restar, y a su manejo de la presión, entre otras cosas, que gracias a la gripe de su rival. Raonic es probablemente la promesa más creíble y atractiva de este principio de temporada.

Federer fue lo que como mínimo siempre es, o sea, Roger Federer, un summum expresivo, pero eso enseña su doble filo cuando a la postre pierde —salvo que sea contra Djokovic, cosa que se le suele disculpar mucho más— porque el espectador siente como si lo viera en los últimos coletazos de una decadencia tan enfrentada como inevitable. Tan bello como siempre pero incapaz como nunca. Aún así la verdad, sencilla, llana, es que estaba constipado. Por otra parte la justicia para las líneas que está escribiendo, con 34 años, llegará completamente después de su retirada, y después de que pase una eternidad sin que nadie repita nada igual, ni parecido, y ya cualquiera note que aquello fue un verdadero relato épico. De cualquier manera sabremos siempre una cosa: que él no fue un profeta o un hombre de piedra, sólo un mortal con un potencial de Superman.

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