El séptimo de caballería

Roger Federer desmonta a Novak Djokovic y conquista su séptimo título en Cincinnati. El Career Golden Masters del serbio tendrá que esperar.

La semana perfecta protagonizada por el jugador perfecto. ¿Quién si no? Roger Federer hizo fácil lo imposible derrotando a Novak Djokovic en la final del Masters 1000 de Cincinnati (7-6, 6-3) y empatando así los 24 entorchados del serbio en la categoría. Su frescura de piernas y su estilo ultraofensivo volvieron a allanar el camino del helvético quien, una semana después de perder el Nº2 del mundo, volverá a recuperarlo tras cosechar su 87º título como profesional. Por su parte, el balcánico tendrá que seguir luchando por abrazar el todavía indescifrable Career Golden Masters.

El mejor sacador del torneo comenzó su partido por el título de la misma manera que durante el resto de semana. Federer servía, su rival lo intentaba y el público aplaudía. Había muy poco que rascar ante el único hombre del certamen que todavía no conocía lo que era recibir un break. No así Djokovic, quien además venía de perder un par de sets con Goffin y Dolgopolov. El suizo amarraba sus juegos al saque en un promedio de minuto y medio, ahorrando la gasolina para cuando tocara restar al número uno del mundo. Era precisamente ahí donde debía apretar para llevarse la porción inicial del pastel: el primer set.

En ese viaje de servicios fugaces y games eternos al resto, el de Basilea tuvo hasta cuatro oportunidades de romperle el saque al serbio, pero la mala suerte no le dejó hincarle el diente a su rival. Esa misma suerte que luego se puso de su parte para empujar tres bolas que se quedaron bailando en la cinta para finalmente pasar al lado contrario. Así es el azar, a veces te quita y a veces te da. Al suizo le dejó tal y como estaba, sin variaciones, llevándole junto al serbio a batirse en un desempate ya que por muchas horas que pasaran, ya nadie confiaba en el codiciado quiebre.

Entonces llegó el tiebreak y la pista se partió por la mitad. En concreto, la partió Federer. Mientras él caminaba por las cornisas dando nuevas lecciones con la raqueta, Novak se hundía por el precipicio que su enemigo había construido. Con un 7-1 humeante, el de Basilea aplastaba al número uno del mundo sin despeinarse, con un discurso hegemónico en el que solo podía dialogar consigo mismo. Con el primer asalto en el bolsillo, el pupilo de Boris Becker se fue al banco con un rostro ensombrecido, con el pensamiento de haber podido hacer algo más y el presentimiento de que quizás, solo quizás, ya fuera tarde para la reacción.

Por si había dudas rondando en el ambiente, el genio de Basilea se encargó de despejarlas. Agarró su Wilson, cargó la munición y disparó hasta dejar su arma desierta. Para empezar, un 3-0 a su favor que dejaba a todos los allí presentes colgados de la incredulidad. Ni siquiera los ‘Federistas’ se esperaban aquel dominio antológico de su ídolo ante el hombre que le había triturado en sus tres finales previas. Aquel que había provocado sus dos últimos llantos en Wimbledon, ese al que hoy le iba a caer la otra cara de la moneda. De ganar doce finales consecutivas de Masters 1000, a perder en semanas correlativas Montreal y Cincinnati. La humanidad de Djokovic, confirmada una vez más.

El sol de Cincinnati subió a lo más alto del cielo mientras un hombre recogía en plena pista su séptimo título en Ohio, un certamen que le ha visto celebrar tantas veces como en Wimbledon o Dubái y solo una menos que en Halle. La bandeja de plata regresaba a las mismas manos que la acogieron en 2008, 2009, 2011 y 2012, ratificando el mal de ojo que arrastra el de Belgrado cada vez que se presenta en el suburbio de Mason. El cara a cara con Djokovic queda a salvo para el helvétivo (21-20), igual que la etiqueta de ser el tenista con más Masters 1000 en pista dura (18-17). En unos minutos las luces se apagarán y todo habrá terminado, reservando su energía para volver a señalarles, dentro de una semana, en el Us Open.

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