Mensaje en una botella

OPINIÓN | Los genios de Apple estropearon lo que podría haber sido un domingo en paz con Cupertino; y ahora Federer, Nadal y Djokovic pagarán los platos rotos.

Ayer por la mañana andaba yo con una resaca de tres pares de pelotas —de tenis—, inyectándome café y cagándome en π porque el iMac se había tragado mi artículo semanal de un solo bocado. Hasta Siri me daba la razón:

Menos mal que Gutiérrez Morón es un tipo muy majo, y aceptó salvar mi trasero aceptando mi petición de escribir sobre la final de Stanford entre Pliskova y Kerber. Diez o veinte líneas, supuse, o sea la extensión promedio para un artículo WTA en español; no sé si porque yo no me he enterado y las chicas resulta que utilizan cacerolas en lugar de raquetas, o porque desmontan paravanes y los usan como red. Porque en general yo las veo usando raquetas, y redes, y umpires tan extraordinariamente competentes como Eva Asderaki, por ejemplo; y pelotas y también huevos. Las veo metiéndole al menos tantos huevos como los tíos.

Ya sé que soy un calzonazos y un huelebragas; y que me mide la mitad que a los alfas súper viriles que afirman cosas como que el tenis femenino es un defecto, pero a veces pienso que si la ausencia de mayor contenido WTA responde, sencillamente, al hecho incontrovertible de que las mujeres venden menos, tal vez deberíamos escribir en un papel: «Nadal. Federer. Djokovic». Y enrollar ese papel con el recuerdo de los tres dentro y embotellarlo y echarlo al mar, y sentarnos a ver tenis femenino a trote y moche frente a la pista o frente a la tele o frente al pecé o frente a la tablet o frente al fuckin' iMac. Hasta que alguien, dentro de mucho tiempo, encuentre la botella y el mensaje y deshaga el conjuro. Pero como hasta entonces supongo que sólo tengo diez o veinte líneas, vamos con ellas para la final de Stanford:

Estupenda final regalada por Pliskova y Kerber bajo la mirada esplendorosa del sol californiano. La checa abrió, como de costumbre, la puerta del infierno para sacar de allí cada bola venida desde su derecha, pero hace falta más que un bazooka con munición infinita para devastar a la actual versión de Kerber. La alemana, que defendía final, se disfrazó de plastilina y desde arriba y desde abajo, desde la derecha y desde la izquierda aplicó maneras de contorsionista y juego de contragolpe de altos vueltos. Pliskova, huérfana de su servicio, que es el mejor del circuito, rechazó tan tajantemente los rallies durante el primer set —19 a 1 en no forzados a favor de la alemana— como para comprender que debía soportarlos en el segundo. La espiga dorada nacida en Louny guardó fidelidad a su juego de chupinazos, pero invirtió un temple que la hizo crecer paulatinamente, a la par que Kerber comenzaba a irse por el desbarrancadero junto con su hipoglucemia. Pliskova se anotaba el segundo set y comenzaba el tercero meciendo a una Angelique cuya entereza física aparentaba venirse definitivamente abajo. Pero parece que el alma está hecha de azúcar. La alemana la puso sobre el tapete y sus músculos revivieron, permitiéndole de nuevo llegar, incluso cuando la línea las atraía, a las bolas de una Pliskova demasiado errática, otra vez demasiado discontinua como para ganar la final de un torneo importante contra una bestia del estilo de Angelique Kerber. Séptimo título WTA para la maravillosa jugadora de Bremen.

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