Una amistad verdadera

En un mundo como el tenis, donde existe tanto individualismo, es difícil encontrar a dos jugadores que tengan una amistad como tienen Rafael Nadal y Juan Mónaco.

Rafael Nadal es un chico muy tímido. Con muy pocas personas puede llegar a abrirse y a mostrarse tan relajado como con Juan Mónaco. Cuando se juntan, la cara del español cambia por completo a como estamos acostumbrados a verle siempre, con el ceño fruncido y generalmente serio. Estando con Mónaco, Nadal sonríe con la misma ilusión que un niño cuando ve la cabalgata de los Reyes Magos. Y es que la amistad entre los dos es casi como la de dos niños, prácticamente inseparables.

Porque Nadal y Mónaco se conocen desde que ninguno de los dos tenía ni un solo punto en el circuito. El argentino entrenaba en España y en uno de estos entrenamientos coincide con Rafa. Conectan enseguida y prácticamente no se separan. Comparten entrenos, salidas, viajes... Con el paso del tiempo llegan a formar auténticas revoluciones en los hoteles a los que viajan en los torneos puesto que celebraban partidas de Play Station donde los dos formaban pareja y resultaban prácticamente invencibles. Más de un hotel ha llegado a ver a los dos en calzoncillos bajando por las escaleras.

Su amistad fue haciéndose más fuerte conforme iban creciendo. Quizás ya no organizaban partidas a la consola y aprovechaban para salir a dar un paseo o a cenar cuando coincidían en un torneo. Se puede decir que comenzaron a tener una amistad más madura. Incluso se llegó a ver a Nadal y a Mónaco compartiendo vacaciones juntos en Mallorca, pasando el argentino unos días en la casa del tenista de Manacor.

A Mónaco se le conoce por 'Pico', es un apodo que heredó de su padre que nació dos meses antes de lo debido y le tuvieron que dar comida a través de un pico. Se le quedó eso de 'Pico', y tras nacer Juan, a éste le llamaban 'Piquito'. Con el paso del tiempo, heredó finalmente el 'Pico'. Igual que su padre. El argentino ha confesado varias veces que Nadal es de sus mejores amigos y que se llaman a menudo y se dan apoyo mutuo cuando pierden. De una de estas veces que conversaban salió el juntarse para jugar el dobles en un momento donde el español lo estaba pasando un poco mal en la vuelta a las pistas después de medio año prácticamente parado. En el primer torneo que juegan, en Doha, lo ganan.

Los que conocen a Rafa saben de lo que le cuesta abrirse con alguien. En un momento de tanta tensión como es los momentos previos a una final de Copa Davis, como la acontecida en La Cartuja de Sevilla en el año 2011, Rafa se encuentra en la pista junto al resto de compañeros con gesto serio, concentrado. Entonces, Juan aparece en escena y su semblante cambia por completo. Se funden en un gran abarazo y Nadal se atreve incluso a pegarle un pellizco en el culo a Mónaco, importándole poco que el recinto estaba lleno de periodistas.

Allí se produjo una historia que dice mucho de la relación que tienen entre los dos. El azar quiso que los dos se tuvieran que enfrentar por el primer punto de la final. Mónaco jamás había podido ganar a Nadal, tan sólo una vez y porque el español tuvo que retirarse por lesión. Jugando sobre arcilla y ante público español, la cosa se complicaba aún más. Rafa no tuvo compasión ante su amigo y le endosó una de las derrotas más duras que sufrió en de Tandil en su carrera. 6-1, 6-1 y 6-2. Sólo cuatro juegos pudo hacerle Juan, que se fue al vestuario llorando.

Perder de aquella manera sabiendo que todo su país estaba viéndole, superó a Juan, que en algún rincón del vestuario dentro de La Cartuja, no podía dejar de llorar mientras ahogaba su cara en la toalla. Pasaron varios minutos. Él seguía sin sacar su cara de la toalla cuando notó que alguien le acariciaba la cabeza. Juan se dejó, pensando que sería uno de sus compañeros o de los fisios que estaban junto al equipo argentino. Un par de minutos después, mientras el tandilense no paraba de llorar, viendo que alguien seguía acariciándole la cabeza sin descanso, levantó su cabeza para observar quién era y cuál fue su sorpresa que no era otro que Nadal. El mallorquín había pedido permiso para entrar y consolar a su amigo. Tras varios minutos de charla, consiguió animarle un poco y llegó incluso a pedirle perdón por la paliza que le había endosado.

Sin duda, en un mundo tan individualista como es el tenis, es difícil ver una amistad como la de estos dos chicos.

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