El hijo del Tenis

Roger Federer cierra un sinnúmero de bocas demostrando que, pese a sus 33 años, todavía es capaz de ganar un torneo de Grand Slam.

Roger Federer.
Roger Federer.

La madre de todas las preguntas relacionadas con el tenis masculino actual —con permiso de «¿Quién es la CABRA?»— había sobrevolado cada partido de Roger Federer en Wimbledon 2015 antes de semifinales, pero en semifinales no sobrevuela el Centre Court sino que más aún, toma asiento. Igual que Dios —para sus hinchas—, está en todas partes, y su omnipresencia es más adecuada que nunca en tanto que el Federer vs Murray es el partido de todos. El partido de los federistas, de los nadalistas, de los djokovistas, de los murrayistas; el partido del año. No el partido de tenis: el partido del tenis.

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La voz con sonido a antepasados de Lahyani avisa: ‘Two minutes’.

Durante esos dos minutos la gran pregunta —hace tiempo que cada nuevo año es la misma; por ejemplo 2012— se vuelve más corpórea que en todo el torneo, que en toda la temporada e incluso que en toda la vida. ¿Puede Roger Federer ganar otro Grand Slam? La respuesta no la tiene una hipotética final de Wimbledon con el suizo en ella, sino el partid(az)o que está a punto de comenzar.

La cámara enseña un primer plano del rostro rosado de sir Alex Ferguson.

Un susurro como de oleaje todavía para entonces revolotea por entre los sombreros que pueblan la grada, envuelve a los policías a pie de hierba, juguetea sobre el lomo curvo de los teleobjetivos amontonados en la zona para la prensa. Hasta los teleobjetivos parecen distintos. Parecen estar tan vivos como HAL 9000. Ese día, cualquiera ve cualquier elemento con los ojos del artista: los ojos refundadores de quien mira las cosas como si las viera por primera vez, para reinventarles el significado. Y todo porque Roger Federer, nacido en 1981, igual que Nieminem, igual que Hewitt, antes que Roddick, está a punto de jugar (otras) semifinales de Wimbledon.

Para Murray es más una semifinal que para Roger, o dicho de otra manera, para Federer es más una final que para Andy. Así, el equipaje emocional del escocés pesa menos que el del suizo, pero el estadístico pesa más: Murray arrastra una racha de 11 derrotas seguidas computando sus encuentros contra el 1 y contra el 2 del ranking; y además Federer ha ganado todas las semifinales de Wimbledon en las que ha estado.

Incluso quienes no quieren aplaudir terminan aplaudiendo, arrastrados por quienes sí lo hacen, tan emocionados, en clave de día D, justo unos segundos antes de que Roger reciba sus primeras bolas para servir.

En alguna parte, alguien hangoutsea “Cuál es tu pronóstico para el partido”. Y la respuesta que recibe es “Murray”.

Comienza el juego. Adentro Federer con el primer servicio, balancea a Andy, ataca, volea y 15-0. Murray sin embargo tendrá break point en ese juego. La primera y última vez en todo el partido. Y lo desaprovechará.

Federer parece manejarse con cierto desdén ya frente al primer par de puntos con Murray al servicio. El escocés cierra el juego (1-1) tras 40-15 y Federer ha sumado un punto porque Andy hizo doble falta.

El set avanzará provisionalmente girando en torno a ese eje de dominación de los servicios, aunque siempre dando la sensación de que Federer ve más puertas por las que poder colarse. Cuando él sirve, echa todos los cerrojos. Es un martillo pilón.

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El público jalea más a Andy. Si uno quiere saber cuánto afecta eso a Roger, sólo tiene que echar un vistazo a su mirada congelada e inclemente cada vez que un plano lo enfoca.

Con 5-5 y Federer al servicio, un ace hace subir el 15-0 al marcador. Roger había promediado durante el resto del torneo 9 por partido. Con ese, ya lleva 10 sólo en lo que va de primer set. Murray, pareciendo como si intuyera esa cifra redonda, en una suerte de arranque iconoclasta, pone el 15-15 tras un heterogéneo rallie de videogalería. Pero aún así el escocés terminará yendo otra vez al horno, sin una miserable oportunidad para el break.

Con 6-5 Roger toma las espinacas de Popeye, igual que si hasta entonces hubiera creído que podía permitirse reservarlas nada menos que contra Andy Murray, en unas semifinales de Wimbledon. Tras un ace de Andy, el suizo resta con los dientes apretados, y ante una subida de Murray a la red, contraataca con un revés paralelo imposible, recién sacado del cofre de su tesoro. Murray se aflana —y lo peor: crea un patrón de comportamiento que lo destruirá en el futuro—, y termina perdiendo el set.

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Roger Federer se sienta con 1 set a 0 a su favor y algunos de sus números más llamativos son 11 aces, 3 errores no forzados, 22 de 29 puntos ganados con primer servicio, o sólo 5 puntos jugados con segundo saque. Debajo del partido perfecto —e imposible; todos los puntos ganados— está el suyo.

Alguien whatsapea “RF 1-0”.

Alguien twittea “Roger Federer sos mi señor”.

Alguien hangoutsea “Federer won the first set”.

Ahora la estadística tapia aún más a Murray: 4 veces ganó a Federer desde set abajo, pero nunca en los últimos 6 años.

Poco a poco el segundo set, que comienza líquido, informe; incluso con Federer volviendo imposible lo posible —no como con aquel utópico revés paralelo—, va solidificando en el mismo molde que la primera manga. Los servicios de cada uno parecen por lo pronto virtualmente inexpugnables. Y sobre todo —otra vez— el de Federer.

Roger se coloca con 5-4 a su favor y de nuevo, igual que si anduviera no sobre una pista de tenis sino sobre un gigantesco exámen de aritmética, decide que hay que multiplicar recursos. El 0-30 es una derecha contraofensiva con desplazamiento lateral que no es una derecha contraofensiva con desplazamiento lateral sino que es Roger Federer. Basilea. 8 de agosto de 1981. Si el tenis tuviera que ir él solo a su sitio, si tuviera que re-prototiparse y que re-arquetiparse después de que todos le soltáramos la mano, desposeyéndolo de referencias, reaparecería desde el otro lado, desde detrás del mundo en forma de bosquejo que se auto hace. Lineando la figura de un armonioso Roger Federer detenido, bello, expresivo, como por ejemplo en el plano estático que lo encuentra zumbando esa derecha para el 0-30 que no es una derecha sino que es él.

Tras el 0-40 suceden los mejores puntos del partido, de la temporada, acaso de la vida de ambos.

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Alguien twittea “The best of the best of the best!”

Alguien twittea “What a match to watch! Can’t hate either of these guys!!”

Alguien twittea “Izlediğim en güzel maç oluyor federer & murray maçi”, y desde luego que no seré yo quien sepa lo que signfica.

Alguien twittea —pongamos que yo mismo—: “Semifinales de Wimbledon. Federer-Murray. Porno duro”.

Murray gana el juego salvando media docena de set points para el 5-5, y reivindica con ello su autoridad para aguar la fiesta de casi todo el planeta, que para qué negarlo, anima a Roger Federer.

La oportunidad perdida del suizo introduce un componente de incertidumbre: muchos se preguntan si la cabecita de Roger, con fama de quebradiza frente a las psicologías más acorazadas del circuito —y tiene una delante—, comenzará entonces a hacer aguas. Su respuesta es limpiar el siguiente juego para el 6-5 a su favor igual que si barriera una mota de polvo. Una mota de polvo que pesa 85 kilos, mide 1,90, ha ganado dos Grand Slams y hasta tiene nombre: Andy Murray.

6-5. Federer ya aguarda detrás de la línea en su lado de la pista para cuando Murray echa a andar, secándose el rostro con la toalla, y probablemente sintiéndose medio como un cordero al que estuvieran comenzando a colgar de los cuartos traseros, antes de sacrificarlo. Sirve el escocés y otra vez Roger se electriza. Se transfigura en aquel joven hambriento que le ganó su primer Wimbledon —su primer Grand Slam— a Philippoussis 12 años atrás. Con 30-40 y tras otro rallie mitológico Federer cierra el set en la red.

Alguien hangoutsea “RF 2-0”

Alguien twittea “Federer gets second set!”

Murray está jugando quizás uno de los mejores partidos de su vida, pero está abajo 2-0. Qué está haciendo entonces Roger Federer. El rostro de sir Alex Ferguson, que parece haber envejecido dos siglos desde la última vez que la cámara lo enfocó, justo antes del comienzo del partido, podría ser una buena respuesta. O el tweet de alguien que dice “Seriously?!

Seriously?!

Seriously?!

The level of tennis being played is unreal”.

Efectivamente Federer no está practicando tenis: lo está teorizando.

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El suizo sirve para el inicio del tercer set. Ace. Nada nuevo bajo el sol de Londres (¡sol en Londres!). El partido se restablece regido por un principo de previsibilidad. Casi de aburrimiento. Parece imposible que ninguno de los dos —hasta el tramo final del set— pierda su servicio. Sobre todo —de nuevo— Roger Federer, quien continúa azotando y azotando y azotando con primeros. Para colmo de su fortuna, cada vez que se sienta lo hace despresurizado: con marcador a favor.

Llega el 5-4 a favor de Federer y en alguna parte de la mente de Murray suena la campana que atrae a sus fantasmas. El suizo también pulsa su interruptor de turbo para proceder al faenamiento. Todo está justo donde todo el mundo, de una manera más o menos mágica, sabía que volvería a estar en ese momento. Federer resta agresivo y profundo de revés para que Murray la envíe al clavo. 0-15. Arreo y duchado. Sirve Murray con primero. Buen resto de derecha de Federer pero Andy empuja para desubicar al suizo. Roger pendula hacia la derecha, Andy juega al otro extremo sin dejarla ni botar y parece que la línea atrae la bola, pero aparece por allí un tal Roger Federer, inventándose un passing cruzado de revés para quienes ya no le encuentren sentido a la práctica del tenis, y necesiten motivación extra. En la tele el retransmisor grita ¡No!. Murray gesticula con un medio aspaviento. 0-30. Noqueo. El escocés patalea con un ace para el 15-30 y mece a Federer de un lado al otro de la pista para el 30 iguales. Bravo. La cámara enfoca a “Deliciana”, su madre, quien parece sentirse orgullosa o al menos así es como mi madre se expresa cuando se siente orgullosa de mí. Murray sirve con segundo servicio y encuentra a Roger oliendo la sangre, e hincando una dentellada en forma de revés contragolpeador para el Match Point o 30-40. Izado. Murray sirve con primero, Roger corta el revés y el británico la manda fuera. Sangrado y degüello. 3-0 y termina el partido. Esa tarde ha sido el hombre contra Roger Federer.

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En una versión mucho más terrenal, mucho más falible e incluso mucho más frecuente de sí mismo, Roger perderá el domingo una final donde sus expresiones de superioridad volverán a ser primorosas, pero demasiado intermitentes contra una tremenda bestia parda como Novak Djokovic.

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Así que finalmente, ¿puede Roger Federer volver a ganar un Grand Slam?

Poder no siempre es lograr. La igualdad antes de la final del domingo era manifiesta y difícilmente rebatible incluso para los fanáticos de uno y otro. Los dos podían ganar, pero obviamente los dos no iban a hacerlo.

Roger Federer, en su primera final antes de la final del domingo aquí en Londres, a sus 33 años, demostró contra un rival de la talla adecuada que sí puede, que todavía puede ganar un Grand Slam.

Es el hijo del Tenis.

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