Bencic muestra las alas

Luego de conquistar el primer título de su carrera en el césped de Eastbourne, para Belinda Bencic parece que llegó el momento de dar sí o sí el despegue en la WTA.

El nombre de Belinda Bencic lo venimos escuchando desde hace más de un año. Exactamente desde la arcilla del torneo de Charleston donde, tras llegar a las semifinales siendo la 140 del mundo, deslumbró a propios y forasteros con un tenis renovado, un tanto distinto al común denominador del circuito, con un poco más de técnica además de la fuerza e hilvanando victorias resonantes ante Sara Errani, Elina Svitolina o María Kirilenko.

Desde ahí fue casi imposible no incluir a la suiza en la lista de futuras estrellas, en el catálogo de jugadoras que en los próximos años pueden significar el nuevo aire para un circuito que desde hace tiempo lo pide a gritos. Con solo 17 años el mundo volcó sus ojos hacia una Bencic prometedora y que además escondía un origen más que interesante: venía del seno de la academia de Melanie Molitor, la madre de la gran Martina Hingis, y que provocó, hasta cierto punto, las comparaciones con la laureada extenista suiza, sinónimo de precocidad y gloria en el tenis. O por lo menos se veía a Bencic como el recambio en una nación necesitada de protagonismo en la rama femenina, para tratar de equilibrar una balanza bien inclinada hacia los hombres con Roger Federer y la gran arremetida en el último tiempo de Stan Wawrinka.

Belinda no desentonó para nada desde su presentación en Charleston. Y aunque sus resultados desde ahí no hayan sido de otra galaxia, mantuvo una buena consistencia y logró dar el salto de los torneos ITF a estar de lleno en la WTA, cambio que para muchas llega a ser un tanto intrincando. Era capaz de pasar sin dificultades las rondas de clasificación, seguía acumulando triunfos importantes y se curtía de experiencia, tanta como para pensar que el futuro cercano podía depararle más alegrías. En el US Open demostró que lo ocurrido meses atrás no era simple casualidad: se coló en la instancia de las ocho mejores, con victorias impolutas ante Jelena Jankovic o Angelique Kerber, dejando claro que las pistas rápidas también agradaban a su estilo de juego; que podía ser una tenista de múltiples superficies. Una aptitud necesaria para competir en la parte alta, donde están las mejores.

Y así, aún con 17 años y ya sumergida entre las mejores 40 del mundo, alcanzó su primera final. Fue en la edición inaugural del torneo de Tianjin donde empezó a saber qué significaba jugar un partido por un título de mayores dimensiones. La derrota fue merecida ante una Alison Riske inmejorable y así, la primera oportunidad de estrenar el palmarés se le iba como agua de las manos. Aquí la novatada llegó a pesarle.

La segunda le esperó ocho meses y fue un alivio para una temporada casi pálida donde llegó a encajar seis derrotas en sus primeros siete partidos y un buen número de torneos despidiéndose apenas en el debut. Fue en el césped de ‘s-Hertogenbosch donde ensambló más de un par de buenas presentaciones, pero en el duelo decisivo ante Camila Giorgi dejó ver que aún le faltaba una tuerca más para jugar estos partidos donde la presión es mayor.

Tener dos finales perdidas por ninguna ganada llega a provocar ascuas. Y mucho más cuando se es una tenista con un gran foco de atención. Porque no es un secreto para nadie que los títulos te dan jerarquía, te entregan un plus para ganar confianza; son sinónimos de que estás haciendo las cosas mejor. Por eso, en la final en Eastbourne, Bencic se daba una nueva oportunidad para demostrar de qué estaba hecha verdaderamente y esta vez con una rival de mucha mayor presencia como Agnieszka Radwanska. Por eso, al cerrar el partido con un contundente 6-0 terminó alzando los brazos como símbolo de júbilo, como quien se quita de encima un saco de piedras que fundía el cuerpo.

Y es que tener una tercera final perdida podía (o tal vez no) perjudicar el ánimo; un riesgo que seguramente ella no quería correr. Muchos no estarán de acuerdo con esta teoría alegando la juventud de Belinda y el trecho que le queda por delante, sin embargo, cuántas tenistas no han prometido ser parte del recambio y, por situaciones muy similares, han terminado quedándose a medio camino.

Lo cierto es que la helvética ha saldado una cuenta pendiente y a partir de allí puede generar el verdadero despegue. Aquel que la lleve a tomar un mayor y verdadero protagonismo, a que esté en los escalones más altos del ranking y sea capaz de dar pelea seguidamente a las mejores. Bencic muestra las alas, como el pájaro que ya aprendió a volar, y ahora solo queda esperar que mantenga el norte en el camino y, por qué no, que llegue a construir una carrera con algunas similitudes de la de su compatriota Hingis, pero con su propio nombre.

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