Asesinos innatos

Las malas pulgas de Kyrgios y una pelea en las gradas de Roland Garros 2015 sirven para retratar nuestros instintos e incoherencias.

Momento de la pelea en la grada en el partido Paire-Fognini
Momento de la pelea en la grada en el partido Paire-Fognini

Shut up!”, bramó Nick Kyrgios después de fallar aquel winner, justo frente al asiento que yo ocupaba, prácticamente a pie de tierra; y a continuación, donde hubieran ido los aplausos para Isner —en cuanto que ganador del punto—, hubo un silencio vigilante, asombrado. Nick, quien después se quejaría al árbitro de que hubo voces durante el punto, se fijó en varios de nosotros; clavó su mirada en la nuestra aproximadamente igual que un león la hubiese clavado en una hiena. Quién sabe si de hecho, en su fondo, aquella mirada fue tan auténticamente asesina como la de un león.

Paris está animado. Hay algo de un misterioso fuego primitivo en el ambiente. Federer asustado porque un crío invade la ‘Philipe-Chatrier’ —obviamente no temiendo al crío sino al fantasma de la condición humana—; dos hombres inflándose a hostias en las gradas del Fognini vs Paire, con el propio Benoit bromeando sobre sus ganas de intervenir; y todo ello durante la semana en la que se ha descubierto que los humanos ya nos matábamos hace quinientos mil años. Me recuerda tanto al instinto homicida de la especie… Somos asesinos autodomesticados (casi siempre). 9,4 de cada 10 hombres reconocen haber querido, alguna vez, asesinar realmente a alguien. Yo entre ellos.

Una mayoría de la grada, en la pista donde jugaban Fognini y Paire, abucheó sonoramente a los responsables de la pelea surgida allí, pero eso fue sólo después de recobrar su autoconciencia de ciudadanía. Los miembros del público —excepción hecha de los dos luchadores— recordaron que son humanos, que ellos no resuelven sus problemas a mamporrazos, y solamente entonces reprocharon a los del alboroto su lamentable actitud. Antes, sin embargo, hubo un silencio mirón; acaso un contacto inconfesado con la idea antigua de la vida o de la muerte, que subyace bajo el espectáculo de la violencia o de la intimidación física.

Rebobinemos la cinta:

Fognini está sirviendo, al inicio del segundo set, cuando surge el primer grito en el núcleo de la pelea, en algún lugar de la grada. Voces femeninas espantadas, que se entremezclan con las del par de tipos que riñen y acaso con las de algunos hombres más, rápidamente atraen todas las miradas hacia allí. Pero lo siguiente que sucede, antes del abucheo, es una expectación muda, parecida a la que hubo en torno a Kyrgios la vez que nos mandó callar en Madrid. Ya para cuando han transcurrido unos pocos segundos, todo el mundo sabe que dos hombres pelean con sus manos, pero todavía no se rompe ese silencio de hipnosis. La gente no sólo mira callada, sino que hay codazos por ocupar un mejor sitio, gente alzándose de puntillas sobre los hombros y sobre las cabezas de otra gente, y hasta subiéndose a los asientos para poder ver el espectáculo. Nadie por descontado mira a los tenistas, y ni siquiera de hecho ellos mismos lo hacen. Están igual de magnetizados que el resto, mirando en silencio hacia la pelea, siempre hacia la pelea. Finalmente alguien, muy probablemente mujerellas están mucho menos autoreconocidas en la violencia física como método de manifestación de la valía— enciende la mecha de la protesta. Pronto el efecto dominó poblará las gradas de silbidos, y con ellos surgirá la incoherencia: si era tan desagradable, ¿por qué todo el mundo miró durante algún tiempo sin moverse ni pestañear? La experiencia o la posibilidad de la pelea física, nos reencuentran tan fuertemente con nuestro yo más antiguo que nos impiden mirar hacia otro lado, aunque sólo sea durante un instante.

Después de que James Stewart amenazara con la cárcel mediante argumentos intelectuales a Lee Marvin, en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, éste le replicaba, antes de apalizarlo: “Abogado, ¿eh? Yo te enseñaré la ley… La ley del Oeste”.

Los “tipos duros” del tenis, los malotes, como Nick Kyrgios, me recuerdan a Liberty Valance, sobre todo en momentos como el de aquella tarde, cuando nos miró a algunos igual que mira el alpha male, igual que mira el peor asesino. Al mismo tiempo que Djokovic, Federer, Murray o Nadal mandan en los juzgados de las pistas centrales, Kyrgios—mientras tanto creciendo deportivamente sin techo visible— mira con desafío a toda una grada igual que si dijese: “Si me venís a joder os enseño la ley del Oeste”.

El tenis, ese deporte que se juega en sacro silencio, y cuya audiencia va poco a poco universalizándose, pero que siempre ha sido mirado como el deporte de las clases altas, de los buenos modales, de los niños ricos; como el deporte de los amariconados sombreros de paja, de la crema solar en la nariz y en la frente, del olor a perfumería y a cosmética, resulta que es también un palco —igual de bueno que cualquier otro— para cierto tipo de pornografía. La de presenciar conductas socialmente vetadas pero con las que nos sentimos, en secreto, emocionalmente alineados porque en el fondo también son nuestras. Como la violencia. En las gradas de una pista de tenis están también quienes contemplan inmóviles (porque les interesa), con esa actitud de fisgones, a dos tipos que se reparten mamporros como panes. El abucheo viene después. Es el lenguaje de las leyes de la razón. Pero no habrá en el mundo real un western crepuscular para quienes se manejan con las leyes del Oeste. Existirán tipos como Kyrgios, que se manejan aunque sólo sea en parte con dichas leyes, y en realidad de una forma mucho más estética que verdadera. Pero es suficiente para que juguemos a creérnoslo. Para que les prestemos una atención multitudinaria, paradójicamente, a cambio de conductas generalmente rechazables. Será quizás que, en el fondo, por algo nos seduce o que lo envidiamos, porque en alguna remota parte intuímos que quien manda sigue siendo quien más hostias reparte. O será sencillamente que nos da la oportunidad —sobre todo a los hombres— de convertirnos en voyeurs de esa faceta tan nuestra que, si queremos llamarnos hombres (humanos), estamos obligados a inhibir: la violencia y la intimidación físicas como manifestaciones de la capacidad para dominar.

LA APUESTA del día

Comentarios recientes