El miedo a ganar

'El miedo a ganar'. Una frase que escuchamos a menudo en muchos deportes tiene su mayor representación en el mundo del tenis.

El tenis es uno de los deportes que con más regularidad ofrece ejemplos de eso que a los narradores deportivos les encanta despachar como el ‘miedo a ganar’.

En un deporte donde lo que sucede dentro de la cabeza del tenista (o de la tenista) resulta a menudo tan difícil de interpretar, amanece para quien relata el partido si ocurre algo tan nítido como que una jugadora —pongamos por ejemplo Victoria Azarenka contra Serena Williams en Madrid— tenga punto de partido y cometa tres dobles faltas seguidas. Ahí está el narrador sintiéndose como en un tapiz mullido, agradeciendo la tregua, segurísimo de lo que acaba de presenciar. —El miedo a ganar —dice, y es muy probable que tenga razón.

La tenista ha fallado porque el miedo preparó su cuerpo para que eligiese entre luchar o huir; reacciones explosivas, no coordinadas ni afinadas, como las que requiere un saque. El partido va al tie break del tercer set y Serena Williams termina de aplastar a una Azarenka desmoronada. Lo peor para ella es que el mal trago, en base a una directriz primitiva, quedará grabado allí donde el cerebro lo tenga más a mano que los recuerdos felices. Y es que a efectos de supervivencia, la mala experiencia es más útil que la buena, y esto funciona así incluso cuando el drama sucedió a partir de un peligro inventado (ganar un partido no es peligroso; ni siquiera perderlo lo es).

María Sharapova manifestó hace pocos días que la autoconfianza "es lo más difícil de conseguir y lo más fácil de perder". Otros ejemplos célebres y recientes, como el de Rafael Nadal reconociendo nervios que jamás había sentido, y que ahora se reproducían a partir de experiencias negativas anteriores, vuelven a confirmar que el cerebro nos coloca mucho más cerca —para que huyamos, para que sobrevivamos— de aquello que nos duele que de aquello que nos causa placer.

El miedo es una emoción que relacionamos de inmediato con una posibilidad no deseada. Intuitivamente lo interpretamos así porque de hecho casi siempre funciona de esa correcta forma. Ahora bien, cuando lo que se teme es ganar, entonces hay una relación ilógica entre el éxito (resultado feliz) y la sensación desagradable de temerlo. La felicidad naturalmente se desea; no se teme.

La principal diferencia, más allá de su virtuosismo técnico —cuando lo hay— entre los mejores jugadores de todos los tiempos y el resto (incluyendo a ocasionales campeones que a pesar de serlo no están en el mejor grupo), es que el campeón de pura raza nunca, o casi nunca, teme serlo. En general no será recordado por convertirse en gelatina allí donde sólo quedaba un paso por dar, allí donde sencillamente había que continuar deseando lo mismo. Temer ganar es en realidad un comportamiento psicológico desadaptativo que rompe la relación de coherencia entre el deseo y el éxito. De alguna manera, el gran campeón es un individuo más natural en tanto que su comportamiento es más inmanente durante más tiempo. Prácticamente siempre. Se espera de él lo mismo que se esperaría de un animal. Relaciones lógicas, evidentes, entre un destino y su posición anterior: QUERER>GANAR. Porque al final, tener ‘miedo a ganar’ es en cierto sentido NO-QUERER hacerlo.

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