Una acampada en Wimbledon

Wimbledon es el único Grand Slam que permite a aficionados sin entrada acampar y convivir durante días a tan solo unos metros del recinto.

Mochila pequeña llena de ropa en la espalda, tienda de campaña en la mano derecha y saco de dormir en la izquierda. Pack completo. Lo justo y necesario para partir a Wimbledon. Por delante, 10 días compartiendo terreno con gente proveniente de los rincones más recónditos del planeta y unidos por una misma pasión, el tenis.

Un pequeño inconveniente por delante: ninguna entrada en mano. Parte hacia Londres a la aventura, con la posibilidad de que no consiga ni un solo ticket que le de acceso al mejor torneo de tenis del planeta. ¿Misión imposible? Si fuese otro Grand Slam u otro torneo donde, al igual que en Wimbledon, están todas las entradas vendidas meses antes que de comienzo el torneo, podríamos decir que sí.

Pero es Wimbledon. Y el torneo más antiguo y prestigioso del mundo tiene una peculiaridad: ‘The Queue’. Una particularidad que, dicho sea de paso, solo podría producirse en un país como Inglaterra. ‘The Queue’ es una cola de gente perfectamente organizada en donde la gente opta, por riguroso orden de llegada, a un puñado de entradas que la organización se reserva para estos aficionados. Los fanáticos del tenis llegan bien temprano en la mañana o mismo acampan toda la noche para poder hacerse con un codiciado ticket.

Mariska es holandesa. Tiene 34 años y es una fanática del tenis. Cada año desde 2008 prepara su mochila llena de ropa, su tienda de campaña y su bolsa de dormir para acampar en Wimbledon. “Es una de mis semanas favoritas del año”, explica con una energía tremenda. Realmente está viviendo uno de los mejores días del año. Se le nota en la efusividad con la que explica su experiencia.

Mariska, como tantos otros apasionados del tenis, prepara cada noche su tienda de campaña y se pone a dormir a eso de las 12 de la noche. A las 5 de la mañana vienen los ‘stewards’ (gente de seguridad) a despertar a todos y a levantar el campamento. Cada uno ya recogió su número en la cola. Es imposible colarse y nadie ni siquiera lo intenta.

Como ‘The Queue’ no es algo que agarre por sorpresa a los organizadores de Wimbledon, todo está perfectamente organizado y pensado para que los visitantes puedan disfrutar de la experiencia de acampar al lado del club. Hay un recinto donde se dejan las maletas y otro para las tiendas de campaña. Por el módico precio de 1 y 5 libras respectivamente te libras de cargar con estos trastos todo el día.

La organización de Wimbledon reparte para los valientes que hacen la cola un total de 500 entradas para la pista central, 500 para la pista 1 y otras 500 para la pista 2. Para entrar al recinto disponen de más de 500 entradas. Un número realmente generoso.

Son las 8:45 de la mañana. Hora de pasar el control de seguridad similar al de un aeropuerto. Las bolsas pasan por un escáner donde se filtran algunos elementos por seguridad. Uno de ellos son las banderas. Curiosamente, sí se puede llevar productos como cerveza o vino pero nada de banderas. Mariska le hace un regate a los controladores y siempre se las arregla para camuflarlas y meterlas.

Todos los acampantes tienen su número de cola y llevan desde las 5 despiertos y charlando entre ellos, compartiendo el desayuno, jugando a las cartas e intercambiando anécdotas.

“Good morning, Masahiro!” grita Mariska mientras desarma su tienda de campaña. Le responde el saludo un japonés fanático de Roger Federer que viene desde Tokio a ver a su ídolo. Masahiro y Mariska se conocen desde hace años. Son amigos y ‘The Queue’ los ha unido. El tenis es el ‘culpable’. Un tenis sin fronteras que tiene como punto de unión a Wimbledon. Preciosa estampa.

“Tengo un regalo para ti” le dice el japonés a la holandesa. Y saca de un bolsito una foto juntos que se hicieron años atrás. Coge por sorpresa a Mariska que no puede ocultar su felicidad. Pequeños detalles que hacen que la cola de Wimbledon sea como una gran familia donde se comparten momentos únicos.

Por allí pasa también Scott, un escocés que intercambia fotos con Mariska desde hace años, al igual que otro viejo amigo finlandés fanático de Jarko Nieminem. Un incondicional que no falla en los torneos donde juega su ídolo.

“Me siento una mala holandesa. Nunca apoyo a mis compatriotas. Me gustan más los españoles y apoyo siempre a Almagro, Verdasco y F. López” comenta Mariska con cara de pícara y sintiéndose culpable por no apoyar a Haase o Sijsling.

Los primeros días de competición van pasando y Mariska va repitiendo su acampada, su larga espera, la cola y, la guinda del pastel es que cada día consigue entradas para ver a sus jugadores preferidos.

En el horizonte está el domingo del medio. Como marca la tradición en Wimbledon no hay tenis así que es día de mucha lectura, de una codiciada siesta y de compartir momentos y anécdotas con los otros acampantes. Emociona la unión que hay entre todos. Son compañeros de viaje y lo disfrutan con actividades varias.

“Año tras año la cola va mejorando. En esta edición podemos ducharnos en el club de vela por 5 libras y cargar los móviles en la cafetería de la esquina. Cosas que años atrás no podíamos hacer. Había gente que se pasaba muchos días sin ducharse” cuenta Mariska con una sonrisa de oreja a oreja.

Cosas de Wimbledon. Anécdotas del mejor torneo del planeta. El verde, el buen ambiente y la diversidad de culturas son el factor común durante dos semanas de tenis. Una experiencia que, según Mariska, hay que vivirla al menos una vez en la vida.

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