Después de coronar

Wawrinka es otro de los muchos tenistas a los que les costó asimilar las consecuencias de una victoria puntual o una cima personal

Wawrinka, campeón en Melbourne Park
Wawrinka, campeón en Melbourne Park

Es una de las historias más amargas, peliagudas y literarias del mundo del tenis. Como si la ascensión de una cima personal y a la vez compartida con todos sus semejantes se realizara sin oxígeno y sobre una pared rocosa y vertical –alcanzar el número 1, coronar un Grand Slam, no encontrar estímulos ni retos deportivos-. Es una historia muy vieja, siempre presente y siempre futura, la que envasa al vacío el núcleo espiritual de un deportista que toca lo que su naturaleza entiende como techo. El último, Stanislas Wawrinka.

En sus palabras, un sentimiento común a todas las épocas, a variados contextos que comparten dificultad. “Me costó asimilar mi victoria en Australia. Me restó muchísima energía”. Es un suizo que a sus 28 años no conoce coronas en Masters 1000 y ATP 500, y cuyo fantástico rendimiento le lleva a ganar su primer major en el plexicushion de Melbourne. Tras ello decide descansar, después de un invicto proveniente de Chennai, en los primeros días de 2014. Pero es un descanso forzado; la consumación de un logro que arrebata su brújula y le pide que descienda rápido porque le esperan otras cimas. Que ahora ya nada será igual.

Imaginen ese sentimiento. La euforia y la victoria traen un prospecto con varios efectos secundarios, entre los que se encuentra una paradójica derrota emocional en algunos jugadores. La lista es interminable, cuyos ejemplos a relatar, más recientes o más sonados, refuerzan lo vivido por Stanislas, número 1 de la Carrera de Campeones, y que tras su victoria en Australia cede temprano en Indian Wells y se olvida de caminar de puntillas ante Gimeno-Traver, con algún que otro susto por el camino.

El más reciente caso, la victoria que cortocircuita toda una nación y de alguna manera apaga las luces que persiguen a Andy Murray por la calle de la expectativa. Su victoria en Wimbledon 2013 es la del desierto que implora lluvia y termina desbordado por tanta abundancia. Andy ya es campeón del US Open y de los Juegos Olímpicos de Londres, también en casa, pero no es lo mismo. 77 años solo pesan para el que los carga. Una lesión, quizás somatizada por tanto soporte emocional, desluce sus siguientes compromisos, hasta pasar por el quirófano. La copa dorada en casa… pero el alma vacía como un globo pinchado. El deporte. Sus hazañas.

El propio Juan Martín Del Potro pierde ante Roger-Vasselin y Jurgen Melzer, 189 y 43 del mundo, tras su histórica victoria en Flushing Meadows, venciendo a Nadal y Federer en un Grand Slam. El aliento bajo mínimos. Seguramente necesario ‘break’ para asimilar una victoria definitoria de su figura. Apuntando maneras con varios torneos 500, el de Tandil se despoja de cualquier progreso paulatino para romper su molde y pedir paso entre dos mitos y otros dos futuros campeones.

También reciente, la retirada de Marion Bartoli a los 29 años, 38 días después de ganar Wimbledon. Un retiro abrupto y sorprendente, motivado por un dolor físico y crónico que acompañaba a la francesa con más regularidad de lo lógico, pero cuyo triunfo en la hierba londinense de alguna manera colma el deseo de superar inconvenientes. Una puntualidad que define el camino: la victoria que termina de compensar las piedras que te lastiman.

Suecia, el binomio del vacío

El gran Björn Borg, el hombre récord, la madera rubia, el brazo más consistente de la Era Open hasta el descubrimiento de Manacor como la tierra aún no batida. El gran dominador de una era para el recuerdo, que se queda sin referencias ni motivos por los que seguir sumando cifras y títulos. Borg había perdido la pasión por pisar una cancha. Amenazado por McEnroe y Lendl, el de Estocolmo da un paso a un lado, momentáneo y con regreso, pero igualmente definitivo. En su caso, un espíritu saciado y vacío al mismo tiempo. Las últimas derrotas en Wimbledon y el US Open ante John McEnroe quizás aceleraron un proceso de erosión y pérdida de motivación incompatible con la máxima exigencia con el que era tratado en ambos ámbitos, deportivo y extradeportivo.

Siete años después. La misma pasión que Mats Wilander extravía durante 1989. El escandinavo es campeón de Australia, Roland Garros y US Open en 1988, último tenista en lograr tres majors en un año antes de conseguirlo Roger Federer en 2004. “Jamás había jugado tan mal. Estoy por tomarme unas vacaciones. No he sabido reencontrar la motivación desde mi victoria en Nueva York”. Palabras de Wilander después de caer ante el indio Ramesh Krisnan, en 2ª ronda de Melbourne de 1989, en el antiguo Flinders Park. Situación que el propio Wilander explica en Eurosport cuando Marion Bartoli anuncia su retirada: “Pasé por algo similar; había perdido la pasión por jugar al tenis”.

La historia viene desde que Wilander consigue coronar el Abierto de los Estados Unidos de 1988. ¿Qué más me queda? ¿Qué más tengo que demostrar? El sueco sufre las críticas de su país cuando cede una ventaja de 2-1 frente a Carl Uwe-Steebe en la final de la Copa Davis, donde también caería derrotado ante Boris Becker, quien le dejó en únicamente cuatro juegos (6-2 6-0 6-2). Mats manifestó problemas físicos.

Con la temporada en la que defendía tres de los cuatros Grand Slams, Wilander caía ante Krishnan en Australia. Se tomó las comentadas vacaciones y volvió en marzo después de hacer camino con una caravana por el desierto australiano. Pero Wilander, quien no volvería a ganar otro Grand Slam tras 1988, cayó en Roland Garros ante Chesnokov, en Wimbledon ante McEnroe y en la 2ª ronda del US Open, que ya repasamos el pasado agosto, ante un tal Pete Sampras. La vida deportiva de Wilander nunca volvió a ser igual, siendo su caso el más drástico en cuanto a vacío competitivo. Recuperaría parte de su nivel pero tanto triunfo desequilibró su tensión competitiva.

Algo de esto ha experimentado, a menor escala, el propio Wawrinka. Al abrigo de un mito con su misma bandera, Stan comienza a reconocer unas mieles tan soñadas como empalagosas. En Miami quiere seguir ganando para renovar unas reservas agotadas hace no mucho.

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