Nadal y la asunción del sufrimiento

"No se consiguen grandes cosas sin pasar antes por las pequeñas" defiende Rafael tras ver el abismo ante el 40

Es la calma después de la tempestad. Dos brazos como troncos clavados en la conferencia de prensa y una mirada tranquila, posada en unos interrogantes que desbroza con pausa. Un espíritu estanco por saberse seco a base de sudar, habiendo ignorado sensaciones sin escatimar grados de entrega. Rafael Nadal, que tragó en la semifinal un caminar por el desfiladero, buscará el título de Río de Janeiro ante el ucraniano Dolgopolov (21.00horas, Canal+ Deportes2/Sportmania).

El conquense Andújar, el número 40 del mundo, le exigió un partido de garra (2-6 6-3 7-6(10). A través de 2 horas y 46 minutos de penitencia, uno de los más largos jamás competidos por el mallorquín sobre arcilla bajo el fondo de las tres mangas. Ante un rival más agresivo y preciso, que tira más winners, gana más puntos e incurre en menos errores, un Rafael arrinconado triunfó, dos match point salvados mediante, por sacar el golpe más potente: el corazón. Obligado a traspasar ese umbral donde la estrategia deja paso a las ganas. Donde desaparece el entorno, todo oscurece y apenas queda la mera voluntad por remar.

Y eso, en la semifinal de un torneo de calibre medio, ni siquiera en una enorme gira de superficie, marca el mínimo porcentaje que separa a gigantes de elegidos.

“Entre los mejores jugadores, las diferencias son varias” explica Nadal, bajando pulsaciones en un cuerpo por el minutos atrás fluía pura adrenalina. “Primero, que juegan menos partidos mal. Y segundo que, al fin y al cabo, entre los que han conseguido estar muy arriba en el ranking y los que siguen estando arriba, pero no tan arriba, también los partidos en que uno juega mal y sigue ganando tienen mucho valor. Más valor que cuando uno gana jugando bien”.

“Cuando uno juega bien, ya se da por supuesto que las cosas van a salir bien. En cambio cuando uno juega mal, entra en juego la lucha, el espíritu de superación, la ilusión por la competición y por pelear hasta el final” cuenta un Rafael que, pese a gozar la inercia de dos pulsos que apenas rondaron la hora, estuvo tan presto a la batalla en una colisión que cerca estuvo de exigir al reloj una tercera vuelta.

“En general no tengo oportunidades, no tengo buenas sensaciones. Pero soy lo suficientemente humilde para aceptar que uno no está jugando bien. (No queda otra que) luchar, correr e intentar pasar el día como sea" espetó Rafael, navegando con un problema de hidratación que le acalambró la mano.

Forzado como casi nunca en una semifinal de arcilla, ese pulso que no ha perdido en una década, una instancia donde acumula 49 victorias consecutivas, observa Rafael un valioso trampolín. “Partidos como los de hoy al final... semifinales son 180 puntos, final son 300 puntos... Puedes pensar que, a un jugador como yo que ha ganado todo lo que he ganado, esto no me debería importar. Pero desde pequeñas cosas se consiguen las grandes cosas, ¿no?”.

“No se consiguen las grandes cosas sin pasar antes por las pequeñas. Contando el día a día. Y yo siempre he trabajado pensando en el día a día, esforzándome día a día. Pensando en trabajar y esforzarme al máximo cada día y desde ahí intentar conseguir cosas mayores” expresa un hombre que luchará en Río por el 43er título en arcilla de su carrera, pudiendo quedar tan sólo a 3 del récord establecido por el argentino Guillermo Vilas en Era Abierta. Un montículo de arena creado granito a granito.

'El jugador que más partidos gana jugando mal', como en más de una ocasión le ha bautizado su tío Toni, sabedor de la importancia de saber rendir aun en versión gris. De empujar cuando las cosas parecen no salir. De no bajar los brazos. Porque romper esa puerta puede mover otra bisagra. Y la semifinal de Río vale como ejemplo. “La victoria de hoy me permite tener la oportunidad de jugar otra vez mañana y de intentar jugar mejor” confía Rafael, al menos generando la circunstancia para levantar vuelo. “Después, jugaré mejor o peor. Puedo ganar o puedo perder. Eso no lo sé. Pero, al menos, yo me he creado la oportunidad. Si no hubiera sido lo suficientemente humilde para luchar hoy, ahora mismo estaría buscando billete de avión” sentencia en rueda de prensa.

En lugar de todo eso, en vez de lamentar actitud y cuadrar horarios de vuelo, deberá ajustar reflejos para medir un laberinto de trayectorias y efectos. Le espera el ucraniano Dolgopolov. Uno de esos jugadores que no repiten un solo tiro. De los que fuerzan a salirse de todo patrón y obligan a competir incómodo. A jugar mal. Con dejadas imposibles, reveses cortados con veneno y mordiente al resto, desesperó al tenaz Ferrer, perdido a rabiar entre alaridos. Eso se exigirá Nadal, invicto en los cuatro pulsos previos ante el imprevisible talento de Kiev. Sacar de nuevo el corazón donde pueda no haber tiros.

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