Muguruza sale con honores de Australia

En su quinto Slam, sólo la número 5 apartó a la caraqueña de los cuartos de final

En Melbourne, la interrupción de un reloj de arena. Ese que marca el arranque público de una tenista aparcada. En los octavos de final del Australian Open Agnieszka Radwanska, la número 5 del mundo, embridó a Garbiñe Muguruza (6-1 6-3) llevándose consigo a la gran revelación del torneo. Buscar la ronda de las ocho mejores, en sesión nocturna de pista central, no todas lo consiguen al quinto Grand Slam disputado. Con actitud de principio a fin, la caraquela cayó con honores sobre el cemento.

El resultado fue abultado. En los libros quedará como un triunfo cómodo para Agnieszka ante la única preclasificada que aguantaba viva en el cuarto asalto. Pero las lecturas pueden ir más allá. Con cierta perspectiva. Para valorar lo caminado. En una experiencia nueva, jamás pisó Muguruza una segunda semana de Grand Slam, exigió Garbiñe más de media hora hasta permitir que una top mundial le encontró el descosido.

El punto de inflexión viene marcado por la primera rotura del encuentro. Después fue un cuchillo caliente en mantequilla. No hubo mucho partido desde entonces, es cierto. Los primeros cuatro juegos del pulso, hasta que Agnieszka quebró a Garbiñe, llevaron 37 minutos. Los otros doce, 40. Fin del asunto. Primer puño y a la lona.

Son dos deportes dentro de un mismo partido. Agnieszka acaricia cada esfera mientras Muguruza aplasta bolas a puñetazos. Una sesión de martillazos contra un masaje de manos. Una contraposición total de estilos. Enfrentadas, la ecuación sirvió a la de Cracovia: si Agnieszka tenía la opción de aprovechar la potencia, usando ese ritmo contra el rival, Garbiñe necesitaba dibujar otro gran tiro. La increíble cobertura de pista de la polaca se encargó de que fueran bastante tiros.

Radwanska jugó de manera muy cuidadosa. Protegiendo su principal agujero: un acolchado segundo servicio que se procuró disparar al 73%. Un predecible dulce para Garbiñe sobre el que derramó todo el salero. Optando por la asepsia en la acción (un error cada dos juegos) y una colosal cobertura de pista en la reacción, fue desgastando el estilo directo de su oponente, mucho más proclive a violar los márgenes, hasta sumar 44 pestañeos. Eso son más de siete juegos en un partido de 16. Al tejer la tela de araña, aunque no le hizo perder el nervio, terminó con efecto hipnótico.

Teniendo en cuenta que era el duodécimo partido de Garbiñe en catorce días, con el título de Hobart alzado desde la fase previa y la primera semana en Melbourne en las piernas, suspender un test Agnieszka entra dentro de lo previsto.

El partido ante Radwanska, un cruel algodón de realidades, sirvió para evidenciar márgenes de mejora. Si hay un aspecto útil en el juego de la polaca es su capacidad para acentuar debilidades del rival, haciendo de la más pequeña grieta algo perceptible para el grueso. Detecta el vaso sanguíneo y va a por ello.

Agniezka hace correr como nadie. Te empuja al muro, trae a la red, ensancha el campo, usa todo el área de juego,... Garbiñe sumó metros en toda direcciones. Y evidenció sus dificultades en desplazamiento, sobre todo frontal. En fase activa, por pura inercia tras un mortero, es imparable dentro de pista. En fase reactiva, en incursión forzada, tiende al traspié y retroceso. Perdiendo la posición y desfigurando el timing de impacto. Como le sucede al rematar o al cerrar un envío corto. Para una mujer de su envergadura (vertical de 182cm) tiene recorrido a sumar en el primer tiro. Al servicio, nada menos que un 53% arrebatado por Agnieszka, un borde compañero.

La lectura, teniendo en cuenta condicionantes, es positiva. Gran torneo de Garbiñe, tumbando a dos cabezas de serie para ceder ante una top5. Ilusionante inicio de temporada, con primer título WTA y mejor papel en Grand Slam. Y, reentrada en competición tras lesión, fantástico regreso - recuperando no sólo sensaciones deportivas, sino confianza y mucho ritmo.

El próximo lunes saldrá como número 35 del mundo. Bastante más arriba que al renunciar a competición tras el pasado Wimbledon. Si recuperar tiempo perdido llegaba a ser una rémora en su interior, ese lastre se ha desprendido.

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