US Open 2013: Nadal y la reconquista

Análisis del recorrido tenístico de la rivalidad entre Rafael Nadal y Novak Djokovic, dominadores del tenis masculino reciente

Es posible que cuando dos tenistas se cruzan 37 veces no haya apenas secretos que guardar. Novak Djokovic y Rafael Nadal se citan nuevamente en la quinta final de Grand Slam que disputan entre ambos. La rivalidad se convierte casi en una relación cuando, de tan repetidas ocasiones en las que logran verse las caras, surge una necesidad de probarse cada cierto tiempo con el máximo oponente. De esa necesidad, la retroalimentación. Casi un “juego para ganar a Rafa” o “compito para derrocar a Nole”. Eso es una rivalidad. Chocar, chocar y chocar y en el camino hacerse mejores el uno al otro para salir victorioso.

El mapa táctico de esta narrativa es fascinante. Antes de llegar a la transformación vital -ni mucho menos solamente física o tenística; también temperamental- del tenista serbio, Nadal dominaba el enfrentamiento 16-7. Era la época donde el Big Four (el top-4) presentaba una falla entre el 2 y el 3. Federer y Nadal, cada vez menos con el paso del tiempo, eran los que dirimían la supremacía mundial y los que tenísticamente elevaban el ritmo de bola a otro nivel. Djokovic, como Murray, crecía y estrechaba las distancias en pistas duras, pero el orden establecido no era cuestionado.



Hasta 2011, el golpe más autoritario del circuito y uno de los más aniquiladores del tenis moderno y de siempre, era el drive paralelo del genio mallorquín. La consecuencia indivisible al patrón de juego más asfixiante y desgastante del período reciente: drive cruzado sobre el revés de un diestro, con una extraordinaria fuerza de rotación imprimida a la pelota que obligaba al contrario a, simplemente y en el mejor de los casos, dejar pelotas sedadas, arrítmicas, con las que Rafa decidía si repetir con una de mayor rotación aún o abrir la pista con su derecha paralela para dar con todo a su fin.

En ese momento, Novak Djokovic era un talento natural sensacional. Con una envergadura idónea, que pegaba muy bien a la pelota desde los tres perfiles –servicio, drive algo más trabado y revés espectacular- con una gran facilidad para dibujar golpes, pero desde una estructura táctica irregular: mentalmente no era un candidato a número 1 y aunque jugaba cerca de la línea de fondo y rendía mejor en canchas rápidas, golpeaba la pelota con un swing largo, es decir, dejaba que la pelota alcanzara el punto más alto. Su palanca de golpeo era de un recorrido mayor. Para ganar a los mejores necesitaba muchas más cosas. Entre ellas, su defensa.

El 2011 asiste a nuevo contexto entre ambos jugadores. Recordamos a un Novak físicamente definido, más elástico y mucho más consistente. Mejora su cobertura de pista, sus golpes desplazados y su defensa y transición son dignas del mejor. Este dinamismo en su juego genera un enorme estado de confianza. Y desde esa plenitud Nole acorta todos sus tiros, golpeando la pelota en plena ascensión. Gana tiempo y espacio a su oponente. Cuando se ve con Rafa decide que los partidos se jueguen a una marcha inferior y siempre sobre el revés del balear. Golpes templados que aislan del juego la derecha de Rafa y le obligan a generar velocidad con el revés, pues los envíos del serbio van todos tibios. Nadal, que necesita en aquel momento de llegar en movimiento a su revés para generar desequilibrio, golpea en parado. Conclusión: todos los golpes de Nadal tienen respuesta. La defensa, la consistencia, el resto serbio sobre el saque de Nadal y la velocidad de Djokovic son superiores.

Aquí nace esa necesidad de ser mejor. Es el comienzo de la reconquista, de una búsqueda por Toni Nadal para escapar de esas reglas dictadas por Marian Wajda. Nadal ha de ser más directo y potente. El camino es el tercer set de la final del US Open del 2011. En aquella ocasión Rafa realiza un memorable salto al vacío como única escapatoria y golpea con una rabia desmedida, solitaria en aquellos momentos. Extraer aquel 7-6 e interiorizar un plan estable para volver a generar una inercia competitiva de igualdad. Después, de superioridad. Ese es el Nadal de 2012. Rafa compite en igualdad con Nole y aunque termina cediendo en la final memorable del Abierto de Australia, Nadal se reencuentra. Recupera todas las sensaciones perdidas sobre la arcilla de Montecarlo, Roma y París para revocar el desarrollo del enfrenatamiento. Nadal recupera con fiabilidad pelotas que antes no, se muestra más potente y donde antes cedía ventajas o puntos importantes ahora los hace suyos. Invierte el orden en el cara a cara. Nole sigue siendo número 1.



A mediados de 2012 Nadal se frena. Su rodilla vuelve a tambalearse y no pisa una pista de competición durante siete meses, perdiéndose Nueva York y Melbourne. Pero vuelve como nunca. En una versión inolvidable, Nadal regresa como el más imponente de todos los que se ven en pista dura. Aún invicto, doblega a Djokovic en la única vez que se encuentran sobre cemento. No sin apuros e incertidumbre. Djokovic pierde algo de fuelle en los Masters 1000 pero es su superficie y el partido se decide en el tie break del tercero. El glosario del Rafa actual no tiene precedentes: porcentajes, colocación y potencia al servicio fantásticas, actitud y posición en la pista siempre dominante, con enorme alternancia y escasa previsibilidad. Acelera desde el primer tiro, alterna direcciones con facilidad y toma riesgos propios de un pegador.

Seguramente el partido se decida por detalles en otra batalla mental de margen finísimo. Quizás la balanza táctica del actual Nadal tenga respuesta en la defensa del balcánico. Los rallies se alargarán y la fiabilidad al saque del español (una sola rotura en seis partidos sobre Nueva York) tendrá en la devolución de Novak en algo durísimo. Es la rivalidad de esta década. Y necesitan probarse para saberse intactos. Lunes. Arthur Ashe Stadium. Final del Abierto de los Estados Unidos.

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