US Open 2013: El vértigo y la responsabilidad

Analizamos la previa de la primera semifinal a disputar en el cuadro masculino entre Novak Djokovic y Stanislas Wawrinka.

Novak Djokovic y Stan Wawrinka en 2013 sobre eventos de Grand Slam significa muchas cosas. En futuro, inmediato, ojalá sea una reedición en pasión, alternativas, drama e incertidumbre de aquel duelo memorable sobre la Rod Laver Arena. Hoy, en otra pista más grande y de nombre igualmente inspirador, el Arthur Ashe Stadium, el suizo es el nuevo. Va a jugar su primer partido a esas alturas. Djokovic juega “en casa”. Nació para acumular partidos así y es la décimosegunda vez que disputa unas semifinales de Grand Slam de manera consecutiva. Tres años sin caer de esta cima.

Significa muchas cosas decíamos. Aquel partido, probablemente el choque más emocionante del año, el que trasciende las lindes del torneo y de su tiempo para recordarse como patrimonio del Open de Australia y de los Grand Slams, precipitó un Wawrinka distinto. Sin Magnus Norman acosejándole aún (fue contratado por el helvético en abril-mayo de este año) el suizo llevó al máximo al mejor jugador del mundo y tetracampeón en Melbourne. Novak, tenista que más bolas de partido salva en contra y que es capaz de sobrevivir al peor de los presagios, certificó su condición de equilibrista y quebró emocionalmente a un Stan que marchó entre lágrimas.

Precipitó un Wawrinka distinto decíamos. El suizo es un jugador de naturaleza atacante aunque puede jugar a diversos ritmos. La cuestión es que el Stanislas top-20, previo a esta temporada, era discontinuo, disperso, demasiado volátil. No era un tenista fiable. No hubiera convencido a muchos si hubiera emitido bonos de deuda. Le saldría a pagar demasiados intereses. Entre tal dispersión no tiene un físico el suizo de élite, pero sí que había en él un margen de mejora. Como en su sacrificio y en su manera de afrontar cada situación complicada.

Con Norman, Wawrinka en pista rápida se libera. Sus estadísticas describen que no ha bajado de 36 golpes ganadores en ningún partido y que llega hasta 53 winners en su partido ante Baghdatis. También que sin desangrarse tiene un ratio de errores no forzados equivalentes a un plan de juego vibrante, desequilibrante, siempre dentro de pista. El elemento diferencial es su capacidad para determinar, para estrechar el párpado y calibrar la mano hasta cerrar el break o llevarse una muerte súbita (una a Karlovich, otra al chipriota, otra a Berdych). Acompaña a su delicada clase, un puntal afilado y definitiva.

Pero Djokovic es otra cosa. En el clásico hexágono de los juegos de simulación, Nole alcanza el borde en cada categoría. Físico resistente y fibroso, consistente como poquísimos, ritmo de bola altísimo, escala en todos los golpes. Puede jugar al 6, al 7, al 8 o al 10 con extrema fiabilidad. Además es un restador diferencial. Y Stanislas ha presentado unos números insuficientes con su primer servicio en cada partido: 51%, 60%, 52%, 58%, 55%.

El serbio tiene varios peldaños en sus golpes decíamos. Es diesel. Solventó a Becker con el freno de mano puesto. A Sousa lo borró de la pista sin contemplaciones. Mismo rendimiento ante Granollers. Por ello, el partido depende en gran medida de su raqueta. Si ante Berdych, Norman preparó a un Wawrinka por detrás de la línea, mezclando tiros cortados y no muy profundos con paralelos ganadores, ante Murray salió como en los 100 metros lisos, decidido a sorprender con una enorme agresividad. ¿Qué esperará Djokovic?

Nole es otro privilegiado táctico, aprendiz de un extraordinario estratega como Marian Wajda. En las distancias largas y en la recámara del serbio hay de todo, con lo que ante un contratiempo prematuro sabe manejarlo. Seguramente Norman repita un plan de agresividad, más autómata, durante todo el partido. Ganarle a cinco sets sobre cemento a Novak Djokovic es una tarea hérculea. Es el sueño de Stan Wawrinka. La responsabilidad de Novak Djokovic por seguir escribiendo historia.

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