James Blake se retirará tras el US Open

El veterano jugador de Yonkers ha confirmado que el Grand Slam neoyorquino será su último torneo como profesional

El número 100 del ranking ATP se retira de la práctica profesional del tenis. Pero no es un jugador de tenis cualquiera. Es James Blake. Y lo anuncia en el US Open. En su torneo, el de su ciudad natal, aquel que le devolvió la ilusión por jugar a este deporte que estuvo a punto de abandonar. A los 33 años, lastrado por esa inconsistencia que siempre le apartó de mayores cotas pero que se ha evidenciado aún más con la edad, se va todo un ex número 4 del mundo. Un superviviente. Flushing Meadows y Nueva York le despedirán como se merece.

Era un secreto a voces en todo el mundillo tenístico. Durante todo la temporada 2013 se barruntaba la idea de que James Blake iba a abandonar el tenis tras la disputa del US Open. Su balance hasta la llegada del gran evento norteamericano no era demasiado positivo. Tan solo en tres torneos había encadenado victorias consecutivos, y en solo uno de ellos -el Masters 1000 de Miami- lo había hecho ganando partidos del cuadro final de un torneo ATP. Sin apenas salir de EEUU para jugar, el impacto del tenista de Yonkers cada vez era menor en el circuito, limitándose a ser una sombra del gran tenista que fue.

Entre lágrimas y con el deseo de pasar más tiempo con su familia, James Blake ha anunciado que el US Open será su último torneo como profesional. Justo un año después de que lo hiciese su amigo y compatriota Andy Roddick. Si el de Nebraska fue el último número uno del país de las barras estrellas, Blake ha sido nada más y nada menos que su lugarteniente. Eléctrico y explosivo. Su vehemente tenis de potencia, muchas veces sin control, hicieron las delicias de los aficionados estadounidenses a lo largo de la última década.

Durante años cientos de fans acudían a Nueva York, desde el barrio de Yonkers, para ver a uno de los suyos luchar contra los mejores jugadores del mundo, intentando conseguir llegar más lejos que nadie en las ardientes pistas de Flushing Meadows. En 2005, estuvo más cerca que nunca. Alcanzó la ronda de cuartos de final cediendo en cinco parciales ante el veterano Andre Agassi, en uno de los encuentros más memorables de la última década. En esa edición del US Open, James Blake volvió a sentirse tenista.

Y es que en 2004 la vida de Blake dio un vuelco. Durante el torneo de Roma se rompió el cuello tras golpearse contra el poste de la red en un entrenamiento y llegó a tener la cara paralizada de forma parcial. Para más desgracia, el fallecimiento de su padre debido a un cáncer de estómago solo dos meses del desafortunado accidente no ayudó a superar el difícil trance. Sin embargo, el tenista neoyorquino, que tuvo que llevar un corsé en la espalda durante toda su adolescencia debido a una severa escoliosis, no se iba a rendir tan fácilmente.

Se recuperó y volvió al circuito en ese mágico año 2005 para deleitarnos con su mejor tenis. Dejó atrás esas juveniles rastas y se rapó el pelo. Batió a Rafael Nadal en Flushing Meadows, llegó a dos finales de Masters 1000 -Miami 2006 y Cincinnati 2007- y a la final de la Copa de Maestros, donde fue batido por el gran Roger Federer, jugador que siempre se le atrangataba pero del que se tomó cumplida venganza en los JJOO de Pekín, donde le batió en cuartos de final. En el evento olímpico se quedó a las puertas de la medalla de bronce, pero también brindó grandes tardes de tenis a su país, ya que junto a Roddick y los Bryan ganó para su nación la Copa Davis de 2007. Haciendo su debut cinco temporadas antes, se convirtió en el tercer jugador de EEUU de raza negra -tras Arthur Ashe y MaliVai Washington- en jugar la mítica competición por equipos.

Antes de dejar el tenis, antes de dejar de ver ese látigo que tiene por revés y esa potente derecha, a Blake le toca bailar un último vals. Y ante un compañero de generación. El gigante Ivo Karlovic, que también sabe que es eso de lo que hablaba James en su novela 'Breaking back', podría ser su último rival. O quién sabe, igual el de Yonkers quiere hacernos esperar un poco más para que le digamos adiós. Se ha levantado tantas veces que ya no nos extrañaría.

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