Más Serena en Bastad

La estadounidense, gobernando el título más pequeño de su vida profesional, sigue demostrando una creciente ambición

Serena Williams conquistó el torneo de Bastad al derrotar en la final a la local Johanna Larsson (6-4 6-1). Era el primer torneo a disputar por la estadounidense desde su eliminación en los cuartos de final de Wimbledon. Un movimiento extraño en su calendario, volviendo a la tierra una vez dejada atrás la hierba, pero ilustrativo del rumbo que ha tomado la carrera de la leyenda americana en los últimos tiempos.

Es una semana paradigmática del nuevo marco psicológico que rodea el caminar de Serena desde el pasado verano. Su unión con Mouratoglou, con el que ha ganado 12 títulos en 16 torneos disputados con un bagaje de 82 victorias y sólo 4 derrotas, le ha imprimido un mensaje en el alma. Cada partido cuenta. No hay semanas de relax ni torneos para decelerar el paso. Todo encuentro cuenta. Una predisposición que le convirtió en la número 1 más veterana de la historia o en campeona de Roland Garros tras más de una década de desatinos y justas voluntades en la paciente tierra batida. Incluso ha terminado el año invicta en tal superficie, donde acumula 28 triunfos al hilo. Una empecinamiento competitivo que volvió a plasmarse en resultado deportivo esta semana.

Jamás había ganado Williams un torneo de la mínima categoría WTA, conocidos como International tras la remodelación de 2009. Ni siquiera había jugado una final en tales escenarios. En tiempos pasados simplemente constituían una guarnición innecesaria para una coleccionista de grandes cetros. Antes, bien descartaba esta clase de eventos o simplemente aparecía en ellos de la mano de una prima de participación sin mayor estímulo de rendimiento deportivo. Era una mujer dedicada a la caza mayor y en ocasiones ni siquiera eso.

Ahora, sin embargo, aprieta los dientes en cada semana. Por delgado que sea el partido que tenga entre las manos. Karatantcheva, Tatishvili, Domínguez, Zakopalova, Larsson. Son nombres que habitualmente no encontrará en las rondas calientes de los grandes torneos y tal vez ser origen de cierta condescendencia con margen para la sorpresa. Más aún en un evento de pequeño calibre. Pero la constancia se ha instalado en el sistema Serena Williams.

Da la sensación de haberse convertido en lo que una vez detestó. En una mujer solvente en períodos de entreguerras, cuando la competición se aleja de los frentes de los cuatro grandes torneos. Deja la impresión, por momentos, de ser más vulnerable en torneos de Grand Slam. Es destacada número 1. Acumula siete títulos en 2013, jamás ganó tanto a estas alturas de año. Y solamente ha alcanzado las semifinales en uno de los tres majors disputados este curso.

Sí, Bastad no es el torneo del año. De hecho Serena era la única top30 presente en un cuadro donde la 235ª tenista del mundo gozaba de entrada directa. Teniendo en cuenta el dominio que ejerce incluso sobre la élite, que Williams no hubiera salido campeona rendía contra la lógica del rendimiento deportivo. Pero el resultado es más significativo de lo que parece. A pesar de ser votado en 2012 como torneo International preferido por las jugadoras, quizá no fuera el lugar donde a Serena más le apeteciera estar durante la semana. Es el tipo de eventos que le han motivado el bostezo durante años. Esta vez incluso requería reemprender la marcha tras errar en su defensa de Wimbledon, con el amargo sabor de la derrota aún reciente y la incomodidad añadida de un nuevo cambio de superficie antes de acudir al cemento. Pero esta vez ha llegado hasta el final. Sin ceder un solo set. Y ha grabado su nombre en el trofeo.

Su rendimiento en el último año y medio deja cotas impensables no hace tanto tiempo. Williams ha disputado más de un centenar de encuentros en los últimos 18 meses. ¿Dónde queda esa mujer de calendario minimalista a quien parecía que debíamos darle las gracias por cada partido jugado? Durante esta semana ha sobrepasado el medio centenar de victorias en la temporada (firma un 51-4) antes de cruzar el Atlántico en busca del cemento. Su anterior plusmarca de triunfos previa a la temporada norteamericana de cemento era de 38 (¡13 victorias menos!), datado en la temporada 2003. Es decir, una década más tarde incrementa en un 32% su capacidad para ganar de manera sostenida.

Con una carrera de leyenda cargando de sus fornidos hombros bien pudiera decidir guardar las raquetas y dedicarse a sus múltiples intereses extradeportivos. Esa atracción por la moda que nunca ha ocultado. Esos negocios textiles que frecuentemente le otorgan minutos de televisión en programas de teletienda. Esos cursos de belleza que con tanto entusiasmo comparte por las redes. Pero ahí sigue, jugando más que nunca y ganando como en ningún otro curso. No será la mejor versión de Serena, pero es la más constante. Es la Serena más 'profesional' que ha visto el deporte. Cuando eres una figura que suda historia, este compromiso tiene un valor incalculable. Habla de una ambición que fácilmente podría no existir.

Es, en definitiva, Serena bajando las escaleras. Acostumbrada a jugar en el ático, no le importa descender hasta el sótano. Es Serena corriendo las cortinas. Habituada a competir frente a gradas mastodónticas, trota a placer en una plaza que llenaría si fuese veinte veces más grande.

Cuando no copaba el escalafón se solía decir aquello de ‘no es la número 1 pero es la jugadora a batir’. Cuando se observa un palmarés que resguarda nada menos que 16 majors se suele recurrir a aquello de ‘si hubiera sido más constante, ¿cúantos Grand Slam tendría ahora? Cuando se habla de su potencial deportivo tiende a escucharse el ‘cuando Serena quiere, no tiene rival’.

Da la casualidad (o no de que Serena es firme número 1. La circunstancia actual determina que en apenas 11 meses Serena pasó de tener 13 Slams a abrazar 16. Y el caso es que ahora, como indica su primer título en la categoría más modesta del circuito, es que Serena quiere más y con más constancia que nunca.

Vuelve a la pista dura norteamericana, el terreno donde terminó de confirmar su ascensión deportiva en 2012. El tramo de temporada donde hizo ver que su corona de Wimbledon y el oro olímpico no eran un simple arrebato sobre la hierba, sino el inicio de un dominio atronador. Allí apenas perdonó un partido en 2012. Esa es la altura del reto que tiene Williams por delante.

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