Marion Bartoli, campeona de Wimbledon

La francesa logra en Londres, a sus 28 años, el primer Grand Slam de su carrera

Marion Bartoli se proclamó campeona de Wimbledon tras derrotar a Sabine Lisicki (6-1 6-4) en una final marcada por los nervios. La francesa, que no ganaba un título desde 2011 levantó en Londres el cetro más prestigioso de la disciplina. El All England coronó a una campeona primeriza de Grand Slam, situando su nombre en la eternidad del deporte de la raqueta.

En 1992 una pequeña niña del sur de Francia se sentaba en la pista central de Roland Garros. Observaba una final femenina. El clásico disputado por Seles y Graf, decidido por 10-8 en el tercer set en favor la jugadora de origen yugoslavo. Al día siguiente, inspirada por la campeona, esa misma niña decidió entrar en pista y adoptar la misma empuñadura: a dos manos desde ambas alas de golpeo. Como para no imitarlo. Sin cumplir los 20 años Mónica acumulaba nada menos que ocho Slams en la vitrina. Marion había visto el futuro ante sus ojos. Ya dominaba el revés a dos manos, pero incluir la derecha al repertorio era una rareza y lo sigue siendo. Con tales armas, puro nervio e intensidad desde la primera bola, ha construido su carrera y así saltó en Londres dispuesta a todo.

Es un pulso contra la historia. Un empujón a los muros de la lógica. Cuando Marion acude a la central de Wimbledon se encuentra con plomo en las suelas. Camina sobre su cuadragesimoséptimo Grand Slam. Jamás ha levantado un torneo de tal calado. En toda la historia ninguna mujer ha tropezado tanto y ha podido hacer suyo un cetro noble. No hay tenista que haya percutido tanto los cuadros más grandes del tenis sin haber desistido por tocar la gloria. En cierta medida, eso cuadra con el espíritu picapedrero de la francesa.

Es una oportunidad única en un escenario soñado desde la infancia. La tensión está presente como la red o las pelotas. Es otro elemento, un intangible que se hace tangible, que tomará parte y nunca abandonará el duelo. La diferencia está, claro, en lo que tarda cada cual en ponerle freno. Marion tiene la experiencia de la final perdida en 2007. Lisicki no ha jugado un partido tan grande en su vida. Ambas tiemblan, pero sólo una deja de hacerlo cuando la adrenalina comienza a fluir por las piernas.

El sudor actúa como antídoto para Marion. Es veneno para Sabine. Dos dobles faltas de la francesa en el primer juego ponen por delante a la alemana en el partido. Bartoli, sin embargo, no volverá a mirar atrás. Lisicki, por su parte, no volverá a gozar de ventaja alguna. Su partido termina en su primer servicio, cuando pierde la noción al lanzar la bola y entrega el juego con una doble falta. Un segundo saque que, de haber mantenido la calma hubiera dejado caer y vuelto a lanzar la esfera. Nunca lo debió impactar. No en aquellas condiciones, con una trayectoria extrañísima, golpeando muy por detrás de la cabeza.

Lisicki es, Serena al margen, el cañón más potente del tenis femenino. La mujer con mayor capacidad para imponer poderío desde una derecha acerada. Pero está carcomida de nervios. Lo que suele ser un tanque de acero, pura metalurgia germana, aparece ante todos como un barquito de papel. Es la potencia convertida en impotencia. Bartoli en seguida se abstrae de todo, volviendo a esa burbuja que todo lo borra. Se introduce en la dinámica de espasmos en su característico trance, juega como poseída sin poder dejar de empujar. Una efervescencia que es incapaz de atravesar Lisicki.

Entregado el primer set, una servidora de su calibre incapaz de conservar un solo servicio, Lisicki busca refugio en los vestuarios. Necesita ganar Wimbledon pero quiere salir de allí. Necesita borrar por un momento la imagen de una hierba donde está siendo devorada. Cerrar los ojos y limpiar la cabeza. Regresa a la pista con los ojos vidriosos y las cuencas enrojecidas. Como si hubiera estallado de rabia delante del espejo. Eso es una imagen impactante en la alemana. La mujer de la sonrisa eterna derramando lágrimas en Londres. Ella, que recibe elogios por sonreír en momentos críticos ante Serena se está derrumbando ante Marion. Está superada por el escenario.

Bartoli muestra una convicción evidente en pista. Mentalmente, es un superwélter ante un peso mosca. Convierte cada servicio de la alemana en una auténtica tortura. Poco acostumbrada a recibir réplicas contundentes, la alemana se ve sin oxígeno. Forzada con restos agresivos que le empujan a asumir mayores riesgos. Poco a poco se encuentra en una situación extrema. Al borde del abismo, encarando bolas de partido con un déficit sonrojante (1-6 1-5) se suelta. Comienza a disfrutar la película cuando aparecen los créditos.

No tiene opción, pese a un resugir final que le llevará a hilar tres juegos la montaña es demasiado escarpada. Bartoli gana el torneo con un saque directo y corre alocada hacia su palco. Allí se encuentra el escenario del cambio. Allí espera Amelie Mauresmo, capitana de Copa Federación – artífice de su vuelta al equipo nacional. Thomas Drouet, nuevo hitting partner. Personal de la Federación Francesa, que le ayudan estos días en el Slam de hierba. Su padre, el estoico y hasta hace poco inseparable, Walter. Lejos de sus directrices, bajos los consejos de terceras partes, Marion vuela suelta. Ya no es su entrenador, un cambio impensable hace años. "La persona que me domine todavía no ha nacido" llegó a responder sobre las constantes preguntas sobre el atosigamiento de su padre. "No con este carácter que yo tengo".

Y es que es una figura particular en el tenis femenino. No tendrá el cuerpo de una superatleta, como si tal aspecto fuera motivo de oprobio. Con un modesto 1.70m, no esta cortada por el patrón de tenista moderna, pero tiene un espíritu de lucha a la altura de las más grandes. Con la intensidad por bandera. En la final, según reconocerá después, aguanta caminando sobre una ampolla de grandes dimensiones que le tiñe de sangre el calcetín sin llamar al médico. Hay demasiada adrenalina como para andar con reparaciones. "Soy más fuerte que la leña" replica a quienes le preguntan por su negativa a detenerse. No tendrá un comportamiento reservado en pista, pero en la singularidad está la grandeza. "Ser como las demás es muy aburrido. Nunca quise ser como los otros niños o hacer lo que todo el mundo hacía" concederá tras tocar el cielo. A Marion, con idas y venidas constantes con la federación de su país, nadie le ha regalado nada. Ha perdido oportunidades históricas en su currículum (sobre las pistas donde ha jugado Wimbledon no pudo competir por medalla olímpica el pasado verano) por mantener un ideal de trabajo.

Es Marion una mujer diferente en el circuito, de las auténticas atletas independientes en una disciplina crecientemente profesionalizada. Nunca, a diferencia de numerosas estrellas, acudió en su juventud a academias privadas ni se introdujo en centros de entrenamientos en Francia. Al contrario, machacaba su cuerpo en casa, bajo la atenta mirada de su padre y en condiciones de trabajo relativamente modestas. Esto le hacía pasar inviernos duros, al practicar en instalaciones sin sistema de calefacción que dejaban heladas las pistas de asfalto que empleaba como terreno de entrenamiento. Lugares pequeños, sin excesivo margen en el fondo de pista. Un factor que le empujaba a jugar más pegada a la línea, hecho que se traduce en toda su etapa profesional, siendo una de las restadoras más agresivas, llegando a devolver sobre la base incluso en hierba.

Bartoli, que se convierte en la primera mujer de la historia en coronar Wimbledon sin batir a una de las 10 primeras cabezas de serie, ha tenido la oportunidad de su vida y la ha agarrado con ambas manos. Ha tumbado cuanto se le ha puesto por el camino, es cuanto estaba en su mano, como si las sorpresas del cuadro fuesen un arma arrojadiza con el que menoscabar la grandeza de su logro. Para tomar un tren tan apetecible como este Grand Slam hay que estar en el andén, andar al acecho. Y Marion, que el próximo lunes se alzará al séptimo peldaño del escalafón femenino igualando su mejor registro, lleva seis años enteros sin bajarse una sola semana de las veinte mejores raquetas del mundo. Eso no lo puede decir nadie en el circuito femenino. Nadie. Marion, que no había superado los cuartos de final en ningún torneo de 2013, se alza con la corona más brillante. "Así soy yo" dice entre risas. Ha ganado Wimbledon sin entregar parciales ni ser arrastrada a un tiebreak, algo inédito desde la edición de 1990. En el momento de recibir el plato soñado, un pensamiento. “Tener esto en mis manos es simplemente impensable (...) Ganarlo no me cambiará como persona. Pero escuchar que soy campeona de Wimbledon suena realmente bien (...)Fue un día perfecto. No sientes como si estuvieras en la tierra. Es como si estuvieras volando".

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