Lisicki y Bartoli por el trono de Wimbledon

Alemana y francesa, en el Grand Slam más revuelto en años, buscarán poner su nombre en la eternidad

Marion Bartoli (verduga de Kirsten Flipkens 6-2 6-1)y Sabine Lisicki (ejecutora de Agnieszka Radwanska 6-4 2-6 9-7) competirán por el título de Wimbledon más revuelto que se recuerda. No es el pronóstico esperado al comienzo del torneo. No son las dos tenistas referencia del circuito, pero son las mujeres más solventes del torneo sobre hierba. ¿No reside ahí la grandeza del deporte? En colosos caídos y trenes perdidos. En ventanas abiertas y sueños logrados. En narrativas impredecibles donde cualquiera alternativa es posible. El deporte no es una ciencia exacta. Depende en último término del factor humano, y eso está sujeto a sacudidas de impresión. Francesa y alemana están ante la gran oportunidad de sus vidas. Su último peldaño, sin embargo, fue diametralmente diferente. Hubo un atropello deportivo y un pulso dramático. Francesa y alemana frente a frente pujando por el Grand Slam más prestigioso del deporte. Dos dignas finalistas en Londres.

Sobre la misma pista donde no pudo competir por medalla olímpica, Marion Bartoli buscará el premio eterno. Ironías de la vida. Antes de pensar en eso, debió disputar su semifinal. En los prolegómenos del partido, donde el nervio debe carcomer el interior del que se juega la vida, Marion duerme plácidamente. No hay lugar para dudas o remordimientos de última hora, descansa a pierna suelta. Media hora antes de convertir su figura en el centro del mundo, reposa los pensamientos en una rejuvenecedora siesta. "me sentía quizá algo cansada. Necesitaba un pequeño descanso para recuperarme de mi entrenamiento de primera hora de la mañana y todo lo que fuera preciso para estar lista al salir a pista". El torbellino irrefrenable que es en competir queda transformado antes de sacar la cara bajo el cielo de Londres.

Cuando salta por primera vez en 2013 a la central, cuando observa la hierba desgastada por el trotar de dos semanas, Marion ya ha ganado el partido. Porque Bartoli cuenta con una ventaja de enorme valor que marca una diferencia capital. Cuando pisa el escenario más sobrio de su deporte, esa pista soñada desde que se agarra el primer grip, nada de lo que a su alrededor sucede existe para ella. Lo contrario recorre el interior de su rival. Mientras Flipkens tiembla como un polluelo al abrir la escena, como superada por el escenario, Marion se encuentra en una isla desierta.

Emerge de los pasillos completamente abstraída, con la mirada como perdida pero la mente perfectamente ubicada. Vive en su burbuja, donde ella pone las reglas. Actúa del mismo modo en la última pista de Brisbane que en la central de Wimbledon. Se comporta con la naturalidad del que baila desvergonzadamente en la soledad de una habitación cerrada. A un ritmo atronador va dando forma al partido. A imagen de un entrenamiento donde golpea bola como una auténtica descosida, se lanza a por Flipkens antes de que la belga tenga opción siquiera de dudar. Dicta los intercambios, ataca cada pelota, dibuja algún globo, es un constante agobio de voracidad.

Como imbuida por una fuerza invisible, es incapaz de mantenerse quieta por un instante. A cada punto ganado le sigue una danza. Es una conducta mil veces observada que no deja de fascinar. Apretar el puño, girarse y cruzar miradas con el banquillo. Acudir al fondo, usar la toalla y comenzar a dibujar tiros al aire. Le siguen saltos. Gestos descompasados. Mociones más propias de manicomio que de deporte de élite. Entra en trance y nadie puede sacarla de ese nirvana.

A Bartoli, finalista ya en 2007, parece no importarle absolutamente nada. Ni donde está, ni qué se juega, ni quién tiene delante. Pisa hierba, pero resta con la línea bajo las zapatillas. Compite por una final de Wimbledon, pero golpea con la violencia del que se expone al fallo en una práctica. Compite ante la verduga de Kvitova, campeona en 2011, y parece estar lanzándose a por una junior.

En apenas una hora, con sus palancas a dos manos, se ha plantado en la final de Wimbledon, dejando en apenas tres juegos a Flipkens (6-2 6-1). Sin que nadie haya sido capaz de discutirle apenas un set. Sin que haya jugadora que le haya podido arrastrar siquiera a un tiebreak. Con 28 años está dispuesta a coger el tren de su vida.

Seis años después vuelve a estar ahí, donde Venus Williams le negó el paso. En el séptimo partido de Londres. "Creo que estoy sacando mejor. Creo que lo estoy haciendo todo mejor. Soy capaz de pegar más fuerte a la pelota, de moverme más rápido. Hay mejoras en cada departamento respecto a seis años atrás. Si jugase contra aquella versión de mí, con mi juego actual me batiría fácilmente". Bartoli no sólo ganó una semifinal, mandó un mensaje a su potencial rival por la corona. Ahora sabe que delante tendrá oposición alemana.

Lisicki, que ya tumbó a Serena, debía bailar con Radwanska. Eso suponía tener que atravesar a campeona y finalista para optar a ocupar el trono. Un test de fortaleza mental para una mujer de apariencia inofensiva. Pero las apariencias engañan, y bajo un semblante amistoso se esconde una competidora renovada. La potencia de Lisicki es tan conocida en el circuito como la red en el tenis. Nadie puso más servicios directos (39) que ella en Londres. Nadie, Serena al margen, envió una espera a mayor velocidad que la alemana. Eso es de sobra conocido y de eso andas todas prevenidas. La carta oculta, el elemento diferencial que le impulsa el interior, se encuentra bajo el pañuelo que le cubre la frente.

Lisicki, una mujer torturada por las lesiones, contempla al otro lado de la red sus viejos fantasmas. Sus miedos pasados quedan concentrados en una imagen insólita. Tiene delante una momia. Radwanska flota en el césped revestida de esparadrapo, una escena que retrotrae a Sabine a un pasado oscuro. Un historial eterno de remiendos físicos que nunca le permitieron reventar su potencial. “Pongo las cosas en perspectiva cuando recuerdo que tuve que empezar a caminar. Ahí valoras cosas sencillas como tener dos piernas sanas y ves cuántas cosas puedes hacer con ellas. Mis lesiones me han hecho más fuerte. Ahora disfruto muchísimo más de cada momento” llega a conceder durante la quincena.

Radwanska es una tenista sin prisa. Aparentemente inofensiva, dócil, con dañinas sutilezas que parecen dulces caricias. Un monumento a la confianza psicológica. Tiene armas poco llamativas, o eso quiere hacer ver. Agnieszka es el ciclista que sube a ritmo un puerto de montaña. Sin estridencias, con la confianza del desfondamiento que hará estragos en quien ponga excesivas revoluciones en los pedales. Acostumbrada a ser fustigada, pero sabiendo que los látigos se rompen. A todo eso se sobrepone una Sabine de mentalidad endurecida.

Lisicki doma el primer set, pero Agnieszka no desfallece. Sabine ha dominado pero observa cómo se le escurren nueve de los siguientes once juegos. Vuelve a una situación experimentada días atrás ante Serena. Una circunstancia donde muestra el arrojo mental que cubre su cuerpo hoy en día. Se vuelve a ver con 0-3 en el parcial decisivo. Y se recupera. Pierde numerosas opciones que podrían derrumbarle, pues anda jugando con la cuarta tenista del mundo. Saca para ganar con 5-4. Falla. Con 6-6 15-40 tiene dos pelotas para volver a darse ese gusto. Vuelve a fallar. No desespera y logra el partido en un agónico 9-7.

Sabine, que ya levantaría una situación crítica ante Serena (*4-3 0-40), vuelve a resurgir de sus cenizas. Ante vigente campeona y subcampeona se asoma al abismo pero termina saliendo victoriosa. Eso es un mensaje de cara a la final del sábado. Donde antes había dudas, ahora hay cemento armado. Donde antes había lágrimas de tristeza, ahora hay un llanto desconsolado de alegría. Y donde antes había una alternativa y nada más. Ahora hay una candidata real a ganar Wimbledon. Nadie podrá decir que a Lisicki se le ha abierto el cuadro o que ha sido beneficiada por terceras partes. Su sector ha permanecido ajeno a tropiezos o sorpresas. Miren su caminar hasta el séptimo pulso (Schiavone, Vesnina, Stosur, Serena, Kanepi, Radwanska). Es la primera finalista alemana desde Steffi Graf. Palabras mayores.

El sábado se citará con Bartoli en el partido de sus vidas. No pueden ser más distintas. Una, risueña, de gesto alegre. Otra, de semblante sufridor, con las facciones cargadas de esfuerzo. Una, jovial y extrovertida, parece salida de un cuento de hadas. La otra, seria y reservada, parece la protagonista de una película de suspense. Será un partido de poder a poder. Una batalla por pura imposición a través del tenis directo. No es la final soñada pero es una final para soñar.

Marion, con el equipo renovado y las aspiraciones intactas. Sabine, madurada como profesional y consciente de ser capaz de todo. Una pelea por tocar el techo. ¿Qué hay más irrefrenable que un espíritu humano ante la oportunidad de su vida? No se lo pierdan. Merecerá la pena.

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