Un Wimbledon de resaca

¿Cuál es el precio a pagar por batir a una gran estrella? Una presumible derrota en el siguiente partido

¿Cuál es el precio a pagar por tumbar a una estrella? Un pensamiento razonable invita a pensar en una inyección de moral que potencia el rendimiento deportivo. Pero el tenis es una disciplina cortoplacista, que concede apenas un puñado de horas para digerir emociones. Solitaria, sin más hombros que los propios para afrontar momentos de la verdad. Está uno mismo y sus decisiones. Y cruel. No permite especular con parámetros temporales. No puedes conservar una ventaja esperando el pitido final. No hay manera de evitar que el oponente entre en juego –conservando el balón en fútbol-. Todas las acciones tienen incidencia en el marcador. No hay grises –como un despeje a saque de banda-.

Es una narrativa constante en la disciplina. Quien derrota a un gran favorito encuentra abiertas sus carnes en el siguiente compromiso. Eso pone en perspectiva y hace cada vez más grande lo logrado por Robin Soderling en 2009. Desde que el inactivo sueco batiese a Rafael Nadal en los octavos de final de Roland Garros y lograse firmar la final en París aquel año -sellando no una sino otras dos victorias- cuesta encontrar casos de jugadores que hayan subrayado esos triunfos de forma inmediata. Levantando más partidos durante la semana en curso.

Stakhovsky, verdugo de Federer, cedió frente al #37

Es la tiritona en el momento de la verdad. La capacidad para digerir el sueño de toda una vida y mantener intacto el rendimiento. Eso, en un deporte que no da respiro, es un imposible al alcance de los elegidos. El tenis, como se menciona anteriormente, no sólo no permite especular. Obliga a seguir ganando. Set a set, juego a juego, punto a punto. Y no todo el mundo está preparado para ello.

El pasado miércoles Wimbledon vivió una de las terremotos deportivos más grandes que se recuerdan. Nada menos que siete ex números 1 aparecían en el orden de juego. Al término de la jornada, ninguno de ellos mantenía la vertical. Una marabunta de sorpresas que desató la incredulidad entre voces autorizadas en la disciplina. “Éste es fácilmente el día más loco de tenis que he visto en mi vida. Y llevo 60 años en esto” anticipó el mítico entrenador Nick Bollettieri. Pam Shriver, campeona de 21 grandes y actual comentarista de ESPN, resumió su asombro: “No lo volveremos a ver jamás”.

Esto, claro, tenía una segunda cara. El día después. El momento en el que aquéllos que osaron desafiar el orden establecido fueron llamados a filas para responder de sus actos. ¿Qué ocurrió? La manada de inesperados verdugos se ha ido deshaciendo con la docilidad de un castillo de arena en una orilla revuelta.

De esta manera van cediendo uno tras otro los ‘sublevados’ del Miércoles Negro, así conocido por la cantidad de jugadores de gran perfil que se quedaron en el camino. Así la verduga de Ana Ivanovic, la canadiense Eugenie Bouchard, se entrega ante Carla Suárez. De igual manera, Sergiy Stakhovsky se ve incapaz de hacer con Melzer, el #37 del mundo, lo que logró ante Federer, un heptacampeón de Wimbledon. Larcher de Brito, quien tumba en Sharapova a la tercera tenista del mundo, se ve impedida ante Knapp, siquiera entre las 100 mejores. Dustin Brown, que cerró el camino del campeón de 2002 Lleyton Hewitt, dijo adiós ante el francés Mannarino, el 111 ATP. Vesna Dolonc, ejecutora de una ex número1 como Jankovic, cedió ante Flipkens. Y la checa Cetkovska, superada Wozniacki, se inclinó ante la joven Stephens.

Larcher de Brito, ejecutora de Sharapova, se inclinó ante la #111 WTA

De esta forma ningún ‘insumiso’ del Miércoles Negro -todos aquéllos que sentenciaron a antiguos números 1 del mundo- superó la siguiente barrera encontrada en el camino. Una muestra de la dureza mental de este deporte, de exigencia diaria y castigo de cualquier atisbo de duda. Reza una máxima de competición que lo complicado no es llegar, sino mantenerse. Otra afirma que sólo eres tan bueno como tu próximo partido. Aquí tenemos una buena prueba de ello.

“Fue realmente duro para mí porque ayer fue un día muy ajetreado” analizaba Stakhovsky al ver cómo Melzer se le hacía más voluminoso que Federer. Ganar a un grande implica asumir los roles de un grande, aunque sea por unas horas. Esto terminó por convertir a Sergiy en un hombre incómodo, deseoso por huir del All England tras abrir la caja de los truenos al tumbar al suizo. “Todo el mundo quería hablar conmigo. Todo el mundo quería un reportaje. Intenté irme de Wimbledon tan pronto como pude”.

“Nadie me va a arrebatar lo conseguido. Si alguien me hubiera preguntando, ¿prefieres batir a Roger y perder en la siguiente ronda? Lo hubiera aceptado sin dudarlo, obviamente". Esto, en realidad, ha ocurrido con los últimos cinco verdugos de Federer en Grand Slam. "Estoy decepcionado porque estuve muy cegado por el juego que produje ante Roger. Intenté lo mismo ante Jurgen, y eso no era correcto. Si hubiese sido más inteligente en pista, podría haber sido el ganador hoy" resumió el ucranico.

"Todo el mundo espera que juegues mejor después de que hayas batido a Roger. Y la única cosa que estás deseando es no perder en la siguiente ronda. Es lo que ha sucedido, porque tú estás intentando evitarlo. Y siempre te atrapa".

También tenía plomo en la mente Bouchard quien, tras tumbar a Ivanovic en la gran Centre Court, se vio arrojada al perfil secundario de la Pista 18. “Esa Victoria estaba en el fondo de mi cabeza, lo admito. Es una situación completamente distinta. No estás en la pista central, ante una jugadora de las más grandes”.

“En un momento dado, me vi obligada a apagar mi teléfono” llegó a conceder la portuguesa de Brito tras sentenciar a Sharapova. “Tuve como hora y media de compromisos con la prensa tras el partido. Entrené y traté de llevarlo bien el día siguiente. Pero supongo que no me di cuenta de lo grande que era aquélla victoria”.

Triunfos que, a corto plazo, restan más que suman. Quizá ahí radique la grandeza de las figuras. En alcanzar un estado mental cercano al nirvana para canalizar resultados. Abstraerse. Perder es lo normal. A partir de ahí se construye todo. Pura psicología. En la normalización del triunfo se encuentra la clave. También, claro está, la diferencia entre grandes jugadores y campeones.

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