Dimitrov roza la gloria en Montecarlo

El jugador búlgaro vendió cara su derrota ante Nadal demostrando el gran potencial que atesora

Grigor Dimitrov ya es una realidad. Su consagración ha tenido lugar en las instalaciones del Montecarlo Country Club, en el primer Masters 1000 del año en arcilla y ante el mismísimo Rafael Nadal. El búlgaro tenía al otro lado de la pista al mejor jugador de tierra batida de la historia y ha rozado la gloria con la punta de los dedos. En la superficie que, a priori, menos beneficia a su juego, ha dado un golpe sobre la mesa confirmándose como una de las promesas más rutilantes del circuito ATP y un futuro candidato al top-ten.

Hace escasos minutos un jugador ha abandonado la pista en medio de una tremenda ovación. Y no, esta vez no es Rafael Nadal el protagonista. El manacorense es el ganador del encuentro, eso sí. Lanzado a por su noveno cetro consecutivo en la capital monegasca, ha sabido sufrir y sacar a relucir la garra y la experiencia necesaria para superar en el día de hoy al tenista que se ha marchado entre aplausos y vitores. Grigor Dimitrov es la cara de la derrota en estos momentos, pero satisfecho del trabajo realizado y llevado al límite físicamente, seguro que su rendimiento en el día solo tiene lecturas positivas.

En primer lugar, casi ningún jugador es capaz de mirar a la cara a Rafael Nadal en tierra batida. En el santuario particular del actual número cinco del mundo, necesitas una dosis de competitividad que no todos los tenistas tienen y que sí posee Dimitrov. El oriundo de Haskovo es un jugador total. Seguramente harto de las comparaciones con Roger Federer, el búlgaro tiene su propia personalidad, y es más dado a bajar al barro, a luchar por cada punto, a demostrar a su oponente que va a tener que ganar el punto varias veces si quiere tumbarle. Quizá en el día de hoy, al final de su duelo ante el español, ha acabado pagándolo. Los calambres han aparecido y sin duda es el punto más flaco en el juego de Grigor. Aún debe pulir su condición física si quiere figurar entre las mejores raquetas del mundo.

Grigor es un jugador que tiene todos los golpes. Ese servicio que le ha mantenido vivo en el segundo parcial es de oro. Su ejecución, tan limpia, tan precisa. En torneos como en los de Miami e Indian Wells, en los que se enfrentó a Murray y Djokovic, se le vio pecar de nerviosismo, cometiendo dobles faltas en momentos importantes. Ante Rafael Nadal templó su cabeza como nunca y en ningún momento le perdió la cara al partido. Su derecha, un látigo. A Dimitrov le corre la bola y mucho. Sale disparada a través de su raqueta y por esa zona llegan la mayoría de sus golpes ganadores.

El revés, su tiro más plástico. En esta ocasión, las semejanzas con el genio helvético vuelven a ser imposibles de ignorar. Más bonito que eficiente pero no por ello se debe subestimar tal tiro. Nadal, metido en un auténtico laberinto durante la mayor parte del tercer set, recurrió a repetir incesamente sus golpes a la zona del revés de Dimitrov esperando a que el pupilo de Mikael Tillstrom fallase. Y el búlgaro falló. Se le escapó la victoria de entre los dedos. El rey de Montecarlo, ocho veces ganador del primer Masters 1000 de tierra batida del año, estuvo contra las cuerdas.

Este chico que ahora tiene 21 años, ya le retó hace cuatro temporadas sobre la pista indoor de Rotterdam. En esa época ni siquiera era mayor de edad pero ya se le veía como un jugador diferente, un tenista de toque. Nadal, que luego perdería la final ante Andy Murray, ganó en tres sets, pero pudo comprobar la insolencia de este búlgaro afincado en París que sin apenas partidos importantes en el circuito fue capaz de obligarle a disputar un tercer parcial. Tras el encuentro disputado hoy en Montecarlo, Dimitrov despeja las dudas que se podría tener sobre su juego en tierra batida. En el pasado verano ya se vieron mejoras. Las semifinales que logró en Bastad y Gstaad ya fueron indicativo de que Grigor podía rendir a buen nivel en superficies lentas, y en el Principado lo ha terminado de confirmar.

Además, se convierte en la promesa más rutilante de todo el circuito ATP. Tiene actitud. No es indolente como Tomic, que parece que juega a medio gas y que fuera de Australia se diluye como si de un azucarillo se tratase. Su tenis es menos violento pero más seguro que el de Raonic, no tiene tantas limitaciones como el canadiense, que a pesar de poseer un servicio criminal, no puede mirar a los ojos a los grandes jugadores cuando el intercambio se prolonga demasiado. La irregularidad es el mayor enemigo del mejor jugador que Bulgaria haya visto competir bajo su bandera. Si consigue rendir a buen nivel durante la mayoría de semanas, más partidos como el que hemos presenciado hoy se sucederán, y el tenis en general, tan necesitado de savia nueva, lo agradecerá. Próxima parada: El Conde de Godó. Barcelona le recibirá con los brazos abiertos.

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