Djokovic y la misión de Montecarlo

Aún en el aire su participación, el primer Masters de arcilla tiene importancia capital

Novak Djokovic tiene en el Masters 1000 de Montecarlo una oportunidad marcada en rojo en el calendario: la temporada de tierra batida con París como destino. Una aparatosa torcedura de tobillo lo mantiene en cuarentena días antes de abordar los desafíos del deslizamiento. Ni siquiera ha confirmado a estas alturas su presencia pero la cita monegasca, un territorio cuya cima permanece inexplorada para el de Belgrado, tiene una importancia capital en su cuaderno.

Tras ceder prematuramente en la gira estadounidense de cemento, el competidor de Belgrado se encamina hacia uno de los principales objetivos del año: ganar Roland Garros. Y en ese arduo caminar que configura el itinerario sobre polvo de ladrillo, el evento monegasco constituye la primera piedra en el arenoso camino. Cerca de su residencia, a orillas del mediterráneo, en un entorno de calado histórico, comienza a escribirse la pelea física de calcetines manchados. El principado abre la veda de caza de los intercambios eternos. Y precisamente eso, la eternidad, ser el cuarto hombre en la Era Abierta en completar la colección de cetros nobles, es lo que tiene fijado entre los ojos el serbio.

Roland Garros se empieza a competir en Montecarlo. Es el punto de partida de un viaje agotador. La primera gran cita de arcilla que ya aparece en el horizonte y no esperará a rezagados. El miércoles 17 de abril los principales cabezas de serie comienzan su andadura en las inmediaciones del principado monegasco. Es decir, apenas una semana nos separa del estreno de los grandes referentes sobre polvo de ladrillo europeo. Siete días tiene Novak Djokovic, lesionado en Copa Davis, para restituir la salud de su tobillo antes de lanzarse a conquistar la arena.

Observando cómo terminó su encuentro en la competición por equipo, ganando 12 de los últimos 13 juegos ante la primera raqueta de Estados Unidos, afloran pensamientos positivos sobre su posible participación en el primer Masters de arcilla del año. La resonancia magnética que exploró la articulación del serbio descartó daños de gravedad en los ligamentos, recomendando reposo y condicionando su participación al proceso de recuperación. “Tras ver los resultados de las pruebas, soy positivo y estoy fuerte. Estoy haciendo lo mejor que puedo para recuperarme rápido y estar preparado para los torneos venideros” expresaba el serbio, postrado en cama, a través de las redes sociales.

Y es que Montecarlo puede ser un pulso a futuro para el balcánico en su convencimiento de gloria sobre arcilla. Allí puede competir ante su máximo oponente en la superficie, su verdugo en tres plazas de arena durante 2012 y el hombre que le negó el Grand Slam parisino en su primera final de Roland Garros. Allí puede medir fuerzas antes de que Nadal tome velocidad de crucero en la superficie, aunque habitualmente ha rendido a pleno ritmo en el principado. Un pulso pensando en el mañana, mirando directamente a la capital gala, como el que emplease Nadal en Nueva York durante un 2011 de coronación balcánica de cara a próximos eventos.

Si el tercer set de la final del US Open 2011, clímax en la ascensión del serbio, fue un parcial luchado a morir por Rafael Nadal enviando un mensaje a futuro al balcánico, ¿puede representar Montecarlo 2013 la respuesta a aquella misiva deportiva, en sentido opuesto? Al menos en la superficie tratada, presenta el serbio la necesidad de recuperar terreno de manera similar al déficit global que presentaba el balear por aquel entonces.

De forma inmediatamente anterior a que la rodilla izquierda empujara al mallorquín a la baja competitiva más dilatada de su carrera, Rafa comenzaba a coger las riendas de una rivalidad que había descabalgado durante 2011. Montañas de grandes finales perdidas ante Djokovic –cuatro Masters 1000, tres Grand Slam-, momentos nobles despedazados uno tras otro ilustraban de forma clara la profundidad de la herida. Un hachazo moral que llegó hasta la arcilla. Un ataque deportivo extendido durante siete partidos, tres superficies y más de trece meses.

Un tormento mental superado a través de la necesidad de mejora. Adoptando una voluntad de juego más inclinada a la definición, conun cariz más agresivo adherido al esquema, en cada duelo que le enfrenta al serbio Nadal fue capaz de volver a competir mirando a los ojos. Empezando por una apretada final de Melbourne hasta su octava coronación en Roland Garros. Entre medias, otras dos victorias en arcilla, comenzando por la final de Montecarlo. Una serie de capítulos donde el mallorquín terminó sometiendo a su némesis reciente en una demostración de evolución deportiva. Una circunstancia de retroalimentación donde, tal vez, el siguiente paso quede en manos del serbio.

Precisamente en este último enclave puede retomarse un pulso inédito desde hace casi un año. La rivalidad referencia en la disciplina hasta el parón físico del mallorquín podría reemprender la marcha sobre la superficie que escribió su último capítulo. ¿Para quién tendría más valor el desenlace del partido?

¿Para Nadal, lanzado en eventos americanos pero con el test del top2 aún por encarar? ¿O para Djokovic, capado su rendimiento en cemento, lastimado en una articulación y con un objetivo prioritario del curso a 50 días vista? Cuadro mediante, el pulso pudiera emerger incluso en semifinales. Sin duda, si el cuerpo lo permite, es la primera y quizá más relevante oportunidad que tendrá el serbio en dar un aviso sobre barro. En condiciones similares a las encontradas en París, Roland Garros se empieza a competir en Montecarlo.

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