Federistas y Nadalistas

¿Es imposible admirar a dos de los mejores jugadores de la historia?

Odio las dos palabras que dan vida al titular de estas líneas desordenadas. Es una sandez, pero no me gustan. Más allá de mis preferencias filológicas que no vienen al caso, mi mente se coloca automáticamente en posición defensiva cuando lee o escucha a una persona definirse bajo ese apelativo. Será mala suerte. Será casualidad. No sé lo que será, pero no guardo gratos recuerdos de mis diálogos con la gran mayoría de los Federistas o Nadalistas.

Partimos de una base: sospecho desde hace tiempo que la imparcialidad no existe. El ser humano procura siempre tomar un camino para resguardarse. Raramente se queda en el centro, descubierto ante los implacables elementos. Antes también pasaba en el periodismo, aunque acercarse a la parcialidad equivalía a destacar dentro del oficio, los periodistas son personas con las mismas predilecciones, pasiones e inquietudes que un médico, un bombero o un arquitecto. Ahora no. La dinámica ha cambiado bruscamente en la profesión. Ahora la tendencia a seguir la marcan los radicales. Fanáticos divididos en bandos que convierten cada tertulia deportiva en una lamentable guerra de trincheras. Pero ese es otro tema.

La rivalidad entre Federer y Nadal ha sido un inestimable impulso para ayudar al deporte de la raqueta a conquistar todos los rincones del universo. Gracias a ella se han redactado las 29 hojas eternas que conforman el tomo -aún sin concluir- del antagonismo deportivo más importante de las últimas décadas. Muchos niños han renunciado a las botas de fútbol para manchar sus calcetines de rojo, blasón de la tierra batida. Esa ha sido una de las grandes aportaciones. Un legado unido al aroma especial que brota tras recordar las finales de Australia, Wimbledon o Roland Garros. Lamentablemente la batalla entre los Federistas y Nadalistas va más allá.

Una de las actitudes más repetidas en el acérrimo seguidor de Federer o Nadal consiste en defender a su tenista hasta las últimas consecuencias. El jugador es una deidad antes los ojos del Federista o Nadalista. Alguien perfecto en un mundo lleno de imperfecciones. El rival es el demonio. Siempre. No importa el contexto. Da igual que la conversación trate sobre la final de un torneo celebrado en Canadá donde los finalistas son Murray y Djokovic porque siempre hay tiempo para engradecer al protegido y golpear al oponente. Es una guerra absurda. Ni Federer ni Nadal necesitan que un puñado de escuderos recuerden al mundo todo lo que han logrado.

Hay excepciones. Simpatizantes del suizo que valoran a Nadal y viceversa. Incluso disfrutan con el juego del enemigo. Qué bonita palabra disfrutar. Sinceramente no veo tan difícil hacerlo con un revés de Federer y un tiro pasante de Nadal. Eso que parece utópico está al alcance de la mano de todo aquel que quiera apreciarlo.

¿Estamos acercando esta noble práctica al balompié? Así lo parece por el nocivo ruido que inunda el ambiente. Mi edad me impide saber si en la época de Borg y McEnroe, por ejemplo, sucedía lo mismo. Quizá sí. Pero dudo mucho que hasta estos extremos. La era tecnológica que actualmente marca los pasos a seguir tiene mucha culpa de ello. Nadie va a descubrir ahora las bondades de Twitter o Facebook. Pero la realidad es que las redes sociales han dado voz y muchas veces también voto a todas las personas. La voz se traduce en agravios, injurias e incluso insultos algunas veces. Es la protección que otorga atacar tras una pantalla de ordenador. No hay límites. El respeto no vale nada. Y eso es triste.

Esto es un juego. Hay más vida después de Federer y Nadal. Estaría bien no olvidarlo.

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