Diario de Praga: lágrimas y lágrimas

La República Checa y España protagonizaron las reacciones lógicas del campeón y perdedor de una final de Copa Davis

La derrota de España ante la República Checa en la final de la Copa Davis ha producido una gran tristeza en los hombres de Alex Corretja. Por el contrario, en los locales todo es felicidad tras levantar la segunda Ensaladera de su historia.

Todo pasa tan rápido que apenas da tiempo a asimilarlo. En Praga, bajo las luces del colosal 02 Arena, una pista concebida para potenciar las bondades de Tomas Berdych y Radek Stepanek, David Ferrer, el tenista con más victorias y títulos de 2012, sale a la velocidad de la luz cuando una soga rodea su cuello. La República Checa, que no gana una Copa Davis desde hace 32 años, manda en la eliminatoria (2-1) tras ganar el sábado el punto dobles y confía en su jugador más importante para cerrar la final. Algo, sin embargo, no está en el guión. Ni Navratil, capitán checo, ni Berdych, encargado de salir a batallar, cuentan con abordar a un rival perfecto. Ferrer, que entra en la pista brincando, gobierna cada centímetro del tartán. Suyo es el fondo de la pista, donde se impone a Berdych en cada intercambio. Suya la red, donde sus frecuentes acometidas terminan en bolas que no regresan. Suyo el servicio, que le sirve para salvar las escasas situaciones comprometidas a las que Tomas le lleva y le ayuda a llevar la iniciativa en cada punto. Suyas las piernas, que con 103 partidos en 2012, le permiten desplazarse como si noviembre fuese enero y Praga el Abierto de Australia. Suyo el timón del partido y, en consecuencia, la solución al enigma que plantea una superficie donde la bola no bota y cuando lo hace sale escupida hacia el cuerpo sin tiempo para reaccionar. Ferrer dirige cada pelota hacia donde quiere. Mueve a Berdych de lado a lado y de esquina a esquina. Mezcla ritmos con alturas y tira como un demonio. Lleva un cuchillo entre los dientes y dos señales de guerra pintadas en la cara que indican que su tenis salvaje, el mejor partido del año y uno de los mejores en toda su carrera, no encuentra muralla infranqueable. Cuando David acaba de forma espectacular con Tomas, superado por la presión de tener que ganar un partido de esa magnitud, y manda la eliminatoria al último asalto, las dos últimas piezas del tablero ya están preparadas desde hace tiempo.

Stepanek fue el héroe checo de la Segunda Davis de la República Checa.

En el pasillo de vestuarios ocurre algo mágico cuando la megafonía del pabellón anuncia entre vítores el quinto y definitivo punto de la final. Stepanek salta como un demonio entre el túnel que comunica la sala de prensa y la entrada a la pista. Dos guardias le protegen para que nadie interrumpa ese ceremonial. Su cara es el reflejo de la responsabilidad. Sus ojos son un desafío a la historia. Sus manos dibujan raquetazos invisibles en el aire. Sus movimientos, un festival de carreras y estiramientos, descargan la colérica adrenalina que corre por su cuerpo. Le acompañan el preparador físico del equipo checo que le va guiando durante los diez minutos que dura el calentamiento donde todos los músculos de Radek cobran vida y Navratil, que apoyado sobre una pared le mira en silencio y cuando ya está preparado le susurra al oído unas palabras que dibujan una sonrisa en el semblante del checo. Luego, Radek acude al vestuario a por sus raquetas y cuando lo abandona para salir a pista es despedido entre aplausos por todos los miembros del equipo en un improvisado corrillo al que se suma todo el personal que trabaja en el estadio, desde los cocineros hasta los guardias de seguridad, formando una imagen coral preciosa.

Del vestuario español también salen gritos. Suena la canción ‘Te voy a esperar’ cuando Nicolás Almagro es abrazado por los dieciocho integrantes del equipo. Salta, salta y salta mientras Corretja le recuerda la importancia de mantener la cabeza fría, de no entrar bajo ningún concepto en el territorio al que Stepanek quiere llevar el partido y de hacer lo mismo que ante Berdych el viernes. Suena un último alarido de guerra (“¡Esto es España!”, dicen todos a coro) y Almagro sale corriendo con Corretja hacia la pista atravesando las entrañas del 02 Arena, cruzando el entramado metálico lleno de cajas gigantes y porterías de hockey colgadas en la pared. Durante los treinta metros que le separan del cemento un aluvión de mensajes bombardean su cabeza. Ante él aparecen Ferrero, Moyà, Nadal, Verdasco y Feliciano, encargados de ganar el punto que valió una Copa Davis. Ante Almagro aparecen momentos pasados, días en la sombra donde otros fueron reyes y él un simple peón. Ante Nicolás se extiende la escalera de la historia, la misma que se reflejaba en los ojos de Stepanek segundos antes. El momento que tanto había esperado, deseado y soñado.

Entonces ocurre algo que se presagiaba si la eliminatoria llegaba viva al quinto punto. Los nervios toman el control del partido, que arranca entre errores y miedos. Almagro y Stepanek tiemblan. Sudores fríos recorren sus rostros por el peso del duelo y no por el desgaste físico. Hay hierro en cada bola, mucho en juego tras cada decisión. Los agarrotados brazos y las piernas cargadas de plomo no ayudan. El español no encuentra las sensaciones que le llevaron el viernes a jugar por encima de su nivel en una pista bajo techo. No corre su derecha. No consigue domar la línea de fondo, pegando siempre dos metros por detrás de ella y retrocediendo aún más tras cada golpe en lugar de dar un paso al frente. No encuentra su servicio, vital en una pista donde se compite a esta velocidad. Y llega un momento en el que compite sin esquema, dando bandazos. Desde una subida la red con punto de set en contra, sin ser ni mucho menos un especialista, hasta una retahíla de derechas erradas con los pies estáticos. Stepanek no brilla en los primeros compases, pero su experiencia, todas esas batallas pasadas que lo califican como un perro viejo, sale a relucir. Se atreve a desafiar a Almagro desde el fondo de la pista, donde el murciano es superior, y le gana los puntos desde su débil derecha y su impoluto revés, que utiliza para montarse encima de la pelota. Radek asalta la red y en ella casi siempre encuentra premio, anulada la capacidad del español para conectar un solo tiro pasante con su derecha en diversas situaciones. El partido se escribe rápido y mal. El banquillo español se levanta para animar pero es inútil.

Un revés a la red de Almagro, uno de tantos, corona a la República Checa como campeona de la Copa Davis y a Radek Stepanek, con más de diez horas en pista en menos de tres días, como un héroe que salta la red y rodea la pista poseído por el espíritu del que ha logrado una gesta. Entonces, Berdych se acerca y le recuerda que aún no ha dado la mano a Almagro, sentado en el banquillo con la mirada perdida en la grada. Allí, en la zona noble del graderío, Lendl llora mientras todo el equipo checo saluda al público con las manos entrelazadas.

La situación es desgarradora algunos metros atrás. Duele presenciarla. Àlex Corretja y José María Arenas, los capitanes del equipo español de Copa Davis abandonan la pista entre lágrimas imposibles de ocultar. Es un llanto profundo, de severo dolor por no haber logrado algo que estaba al alcance de la mano. No habían venido aquí para perder y hacerlo era un golpe duro. Almagro se derrumba tras atender a la televisión oficial de la competición y también llora. Son momentos duros, acostumbrado el equipo español a terminar siempre sonriendo durante los últimos años, la mayoría de los miembros deambulan cabizbajos por las entrañas del escenario de la final número 100 de la Copa Davis.

Luego, cuando Corretja se queda atendiendo a la prensa en la puerta de la sala de prensa, aparece el equipo checo bañado de gloria, entre cánticos y palmadas en la espalda. Àlex tiene claro que repetiría el equipo si tuviese que jugar mañana, que no cambiaría ni una pieza de su particular rompecabezas. Perder la final no es un desastre, pero el pensamiento y convencimiento de Àlex era ganar. No había año de transición en su mente. No había excusas que buscar en la pista rápida de Praga. No era imposible ganar, todo lo contrario.

Muchos se acordaron de Feliciano López. Sus palabras hicieron daño, como confirmó el capitán del equipo español en COPE. En el Hilton, el hotel oficial del equipo español en Praga, hay una conversación el miércoles por la noche tras la cena. Corretja ha anunciado que los cuatro hombres que jugarán la eliminatoria serán David Ferrer, Nicolás Almagro, Marcel Granollers y Marc López. Feliciano se queda fuera y su cara es el reflejo del alma. Una conversación entre ambos, donde se dicen mirándose a los ojos todo lo que piensan, parece clausurar el tema. El jueves, sin embargo, López confiesa sus sentimientos, tergiversados en cierto modo pero igualmente reales. A Corretja le sienta mal porque no era ni el día ni el momento para hacerlo y algo desfavorable en el clima interno del equiipo. Àlex mantiene una breve conversación con él, pero luego no vuelven a hablar en todo el fin de semana dejando pendiente una charla futura para aclarar las cosas. Nadie garantizaba que Feliciano aseguraría una victoria y Corretja tiene razones para defender la elección de Almagro.

El O2 Arena de Praga ha sido testigo de la final 100 de la Davis.

En Praga, todos lloran. Llora Lendl. Llora Stepanek. Lloran Corretja y Arenas. Llora Almagro. Y cuando no ha pasado una hora de la final, la pista, ese escenario grandioso, ya está hecha trozos. Operarios trabajan para desmontarlo todo. Hay saludos y abrazos entre la prensa. Ánimos con el equipo español. Se baja el telón. Es el final de la temporada. El final de un curso tenístico donde Djokovic ganó a Nadal la final más larga de la historia en un Grand Slam, el mallorquín levantó su séptimo Roland Garros y Federer su séptimo Wimbledon, que le ayudó a superar las 300 semanas como número uno del mundo. Es el final de un año donde Murray al fin ganó un Grand Slam y David Ferrer un Masters 1000. Y en Praga, en el último partido oficial del calendario, la República Checa volvió a ganar una Copa Davis 32 años después.

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