Annika Beck: tenista y violinista

Jovencísima realidad alemana, ganadora del último Roland Garros Junior y a un paso del top100

Annika Beck (Glessen, 16 de febrero de 1994); ¿se atreve a seguirme el juego? Vamos allá. Son las 7 de la madrugada y su hija de 14 años corre alrededor de su casa a las afueras de Bonn (Alemania), sin parar. Corre que te corre. Y corre que te corre más, vuelta por aquí y vuelta por allá. Cuando consiguen convencer a la bendita niña para que pare a desayunar que el día empieza, que ya son las 8 y media, comentan lo que les depara el día. Annika, inocente e ilusionada, dice que le espera un día estupendo: quiere ir al colegio, después a tenis, más tarde a natación, luego a atletismo y que quiere tocar el violín antes de ponerse con los deberes y mejorar su inglés y su español. No, no me lo estoy inventando. En esa situación se encontraron Johannes y Petra, los Beck, que rápidamente fueron conscientes de que a su hija le sobraba energía y que estaba destinada a la élite del deporte, o a lo que fuera, pero preparada para esforzarte y para convertirse en alguien muy especial. Annika, su hija única, tenía un don exclusivo y peculiar: estaba hecha por y para la competición. De una manera diferente, pero Annika es talento. Así uno no se hace, sino que se nace.

Con una rapidez de piernas brillante, una disposición mental en cada encuentro sinigual y una inteligencia en pista que hace años no se ve en competiciones WTA, se presenta Annika allí por donde pasa. La madurez personificada en sólo 18 años de edad. "Trabajadora, ambiciosa y muy disciplinada", son los tres calificativos que le atribuye de manera especial Barbara Rittner, seleccionadora nacional de Alemania. "Ha decidido apostar por este deporte y no se equivoca, ha decidido no hacer de su carrera un intento sino una realidad y viendo cómo es lo va a conseguir seguro", es la frase que le dedica su entrenador tras haber pasado la previa de Wimbledon, en hierba, apenas días después de haberse coronado como campeona de Roland Garros Junior, en tierra.

Se levanta a la seis de la mañana, "no necesita dormir mucho, tiene un talento natural para estar dispuesta sin dormir más de seis o siete horas", y se dedica a correr alrededor de la casa familiar en Bonn, antigua capital germana. Siempre se mete entre pecho y espalda entre seis y siete horas de entrenamiento en pista cada día, y además lo disfruta. "Yo elegí vivir así y me encanta; no me molesta madrugar ni viajar". En cada gran competición a la que acudía veía cómo aparecían grandes jugadoras, que le sacaban una o dos cabezas (a día de hoy Annika mide 1'70), y se prometía a sí misma que podía ganarlas. ¿Cómo? Pues corriendo, pensando dónde fallaban, qué golpes les eran más difíciles, colocando sus bolas y sobre todo haciendo un tenis diferente. "Ante un mal set, la respuesta no está en seguir jugando igual, sino en cambiar", eso ella desde pequeña lo tiene incorporado en su mente.

Cuando era pequeña Annika hacía de todo, desde actividades físicas como balet, gimnasia, hockey o natación, hasta cultivar otras emociones tocando el violín, leyendo mucho y aprendiendo idiomas (a día de hoy habla alemán, inglés y español francamente bien). Lo que les digo, es única. Se ha educado en muchas facetas y eso le incorpora una dosis de madurez y brillantez, que créanme se disfruta. Sin embargo, entre todo aquellas habilidades, eligió el tenis. ¿Por qué? "Por el reto que implica; ese uno contra uno; ese estar sólo y buscar soluciones que acabas encontrando sin la ayuda de nadie. Es tan apasionante, nunca me canso de jugarlo. De verdad, nunca", respondió ella en una entrevista a un blog alemán.

Annika elabora los puntos desde el fondo, donde realmente se hace fuerte con la derecha, coge el ritmo de la rival y juega con ella, coloca las bolas deliberadamente con una astucia más propia de tenistas a finales de su carrera que contraponen su experiencia a la juventud ajena. Es dinámica y agresiva, sin un gran servicio (sin duda, es su gran asignatura pendiente, aunque lo ha mejorado notablemente en lo que se refiere a la colocación), pero con ataques limpios. Así lo prueban sus resultados, capaz de triunfar en la lenta tierra, en la resbaladiza hierba y en la fluida pista dura indoor.

Con apenas 18 años, Annika está ya en el top120 y a escasos 70 y pico puntos de meterse entre las 100 primeras. La flota femenina alemana es de por sí espectacular con Angelique Kerber, Andrea Petkovic, Sabine Lisicki, Julia Goerges o Mona Barthel, pero cuando éstas aún están en pleno momento álgido de su carrera ya llegan más ilusionantes promesas como Annika, que viene acompañada de otras como: Dinah Pfizenmaier (#131 y 20 años), Anna-Lena Friedsam (#190 y 18 años) o Carina Witthoeft (#262 y 17 años). El tenis femenino alemán puede, desde luego, estar muy orgulloso de su pasado, de su presente y de su futuro. Ejemplo a seguir.

Annika, mientras, con ese tenis consistente y variado, que se plasma a la perfección en cualquier superficie y que nace desde la inteligencia y la ambición de esta tenista con cara de niña y carácter de adulta, sigue dando pasos de gigante hacia la élite del tenis femenino mundial. Entrenada por Robert Orlik, escucha a Rihanna y Lady Gaga para inspirarse y toca el violín y lee para relajarse. Su futuro camina hacia el estrellato, precisamente porque es lo que busca y no le acompleja. Una tenista inteligente y valiente que promete buenas emociones.

por @Pep_Guti en @PuntoDBreak

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