Murray y las ilusiones británicas

Sigue siendo uno de los favoritos

Andy Murray/ lainformacion.com/ Getty Images
Andy Murray/ lainformacion.com/ Getty Images

Llega el ecuador de Wimbledon. Las gradas descansan durante el Middle Sunday para volver a despertar y ponerse a punto para este nuevo lunes en el que Wimbledon retorna con fuerza. Es algo que sólo ocurre aquí, en Wimbledon, un día de descanso en pleno Grand Slam. Lo necesita la hierba y se ha convertido ya en una tradición.

Durante este descanso cunden las reflexiones sobre lo que ha ocurrido esta semana en el cuadro masculino. Los grandes han mostrado dudas, Nadal ya está en Manacor cuando apenas la primera semana había llegado a su ecuador, Thomas Berdych también sorprendió cayendo derrotado en primera ronda ante Gulbis y otros intocables se han dejado esfuerzos extra en el camino aunque han sobrevivido al mal trago como Djokovic o Federer que estuvo en tres ocasiones a sólo dos puntos de perder el partido.

Ahora, ya en la segunda semana, Wimbledon se despereza y prepara para la segunda batalla. En las apuestas, pese a una semana de calvario y duras pruebas, Djokovic, Federer y Murray siguen siendo favoritos. Y lo son.

Hoy hablaremos de Andy Murray, el tenista local, único británico que sigue compitiendo es aupado por el público londinense, aunque siempre con respeto al rival y el pulcro silencio ante los fallos. La prensa británica, incluida la prensa rosa allí llamada amarilla, sigue abriendo día tras día con Andy, su novia, su madre, su amigo Vallverdú y todo su equipo en general.

Tienen la sensación de que han tenido mala suerte con Murray, iba para estrella y lo es pero aún no lo suficiente como para arrebatar un título de Grand Slam a Roger, Rafa y Novak. Esa intuición de poder hacer algo grande, de poder ganar cada punto, cada juego y cada set pero no un partido a estos maestros. Y eso ¿por qué? Sencillamente por su cabeza, golpe a golpe Murray lo tiene todo para triunfar y tiene un juego que supera al top3 pero llegado el momento le falta tacto y ambición.

Eso lleva siempre a críticas, a malas declaraciones, a duras entrevistas, a acusaciones que se cruzan, a portadas maliciosas... todo por una decepción, por un proyecto de líder que se queda en campeón. Buscan donde entrena, qué come y cómo disfruta su tiempo libre. Todo eso no ayuda a Murray y su entorno tampoco.

Su madre, entrenadora exigente desde su niñez, deja paso a especialistas por superficie con los que Murray busca un plus que después nunca llega cuando se necesita. Ahora Jade Murray, madre de la criatura y auténtico fenómeno del tenis nacional, centra su atención en otro objetivo: el tenis femenino inglés. Tras ser seleccionada como capitana del equipo de Copa Federación de su país, necesita acudir a otros torneos y a veces no coincide con su hijo. La selección inglesa femenina, repleta de grandes proyectos de futuro como Laura Robson (jugadora más joven en el top100) y Heather Watson ha subido de nivel y de categoría. Quizás es su ocasión para tener una selección fuerte, cosa que en hombres no han podido tener porque más allá de Andy el nivel es cero.

Pero algo ha ocurrido con Murray. Este Wimbledon puede llegar a la final sin Nadal, su bestia personal, y sería su primera ocasión para disfrutar del último partido que cierra Wimbledon hasta el año que viene. Tiene tenis para hacerlo y es uno de los mejores cuadros posibles, como serias amenazas aparecen Juan Martín del Potro o Ferrer, su verdugo en Roland Garros.

Camino arduo y nada sencillo, pero que entra dentro de su margen de solvencia. El problema y la ayuda a partes iguales de Murray será el público, las esperanzas y las ilusiones creadas no por él sino por la propia gente que suele ir más allá de lo que va la verdadera competición viendo partidos ganados que después se convierten en trampas sin salida; queda por ver su rendimiento ahora como favorito, de verdad.

Murray ante su gran prueba de fuego. En busca de ese ansiado Wimbledon. Hoy arranca la segunda semana de Wimbledon, los británicos disfrutan por igual el tenis, pero oír el himno nacional cerrando la competición les puede y les hace soñar. Veremos.

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