Wimbledon es el infierno

Wimbledon se recupera del golpe de perder prematuramente a Nadal sacudido por los bailes con la muerte de Djokovic y Federer

Bajo la misma bóveda que vio morir a Rafael Nadal en la segunda ronda de Wimbledon condenado por una apología de la violencia representada en el desconocido Lukas Rosol, el checo Radek Stepanek, un artista de otro tiempo, una efigie de tenis en blanco y negro, mide la resistencia de Novak Djokovic, campeón de 2011, inclinándole en la manga inicial del duelo de tercera ronda que ambos disputan en la central del tercer Grand Slam de la temporada y hace saltar las alarmas en Londres. Tan rápido corre la noticia por las calles del All England Tennis Club como pronto reacciona Djokovic, que desde ese momento solo cede seis juegos para culminar la remontada (4-6, 6-2, 6-2 6-2), sobrevivir a los peligros de la primera semana y citarse en el mismo escenario ante su coterráneo Troicki mientras lanza una confesión: “No pensaba en lo que le ocurrió ayer a Nadal. Estaba concentrado en mi rival”, explicó el serbio. “La eliminación de Rafa sirve de ejemplo para que todo el mundo vea que cualquier cosa es posible en este deporte. Incluso a mí, a Rafa, a Roger o a Andy, que hemos dominado los grandes torneos en los últimos años, nos puede pasar lo mismo. Rafa no jugó tan mal, sino que Rosol lo hizo increíble”.

Djokovic, sin embargo, poco tiene que ver con Nadal. No habita en su interior la mezcolanza de ideas que el español fue incapaz de ordenar antes de inclinar la rodilla. No le abandona la vitalidad que el mallorquín necesitó durante los momentos de inflexión en su juicio ante el número 100 del mundo cuando el físico tendría que haber respondido a la llamada de socorro. No se nublan sus ojos, anulando el celestial sentido de los campeones para leer los ciclos de un partido y actuar en consecuencia. Le sorprenden, sin embargo, las condiciones de la superficie, cerrada porque los partes meteorológicos anuncian lluvia durante la tarde. Stepanek tampoco se parece a Rosol y eso es un gran bálsamo para Djokovic. Donde su compatriota se hizo fuerte inmunizándose ante los pensamientos; los miedos y la presión, Stepanek sucumbe frente a la figura del número uno del mundo. Donde Rosol, inexperto en interpretaciones en escenarios de primera línea, mantuvo helada la sangre, Stepanek pierde la cordura, tan habitual sus genialidades como sus delirios. Donde Rosol, en definitiva, aguantó la exigencia física de mirar a Nadal a los ojos en partido a cinco mangas, Stepanek acaba pagando la distancia del encuentro, demasiadas carreras por la pista más antigua del universo para sus 33 años.

Es la central, el mismo teatro cubierto para deleite de Federer, convertida su querida pista de hierba al aire libre en una cancha indoor, superficie donde sigue sin encontrar rival cada final de temporada, donde suma 217 victorias y 20 títulos y donde sus obras más se acercan a la perfección, el lugar elegido para que el suizo baje al averno a pelear a gritos como Djokovic y Nadal. Allí se encuentra con Benneteau, el mismo que le apeó de París-Bercy 2009 en un escenario cubierto tras perder el primer set, lo que aumenta el valor de la hazaña, y queda paralizado ante la inocente trampa del escenario techado, una jaula donde el número 32 del mundo le descompone a zarpazos que descubren sus problemas para desplazarse lateralmente. Allí se agarra al borde del precipicio cuando el francés de 29 años le domina por dos mangas (4-6, 6-7) y llega a estar en tres ocasiones a dos puntos de la victoria, tan cerca de ser el protagonista de una hecatombe que se mueve de alarido en alarido, que se cura las heridas con ánimos que truenan sobre Londres, siendo Federer el vivo reflejo de la templanza, la imagen de la mesura, pierde el control de las emociones ante el huracán que amenaza con destruirle. Allí, sin embargo, renace para jugar un partido al mejor de tres mangas cuando todo parece perdido y obra otro milagro, por octava ocasión en su carrera supera dos sets para terminar clasificándose a los octavos de final (4-6, 6-7, 6-2, 7-6, 6-1) ganando una batalla a cinco mangas por vigésima vez en su carrera.

El infierno reveló los peligros del torneo para los favoritos. Djokovic, el que menos ha sufrido, se ha dejado ante Stepanek un set que indica cómo se le puede hacer daño. Federer es el maestro de siempre, pero a diferencia de temporadas pasadas, su pelea es contra el reloj que suena en su interior. Sus piernas no son las de antaño y el oxígeno para afrontar la segunda semana es cada vez menor. Sin el español en el camino, algo que no sucedía tan pronto desde Wimbledon 2005, Djokovic y Federer están unidos por lazos históricos. Son dos caminos distintos yuxtapuestos por el sorteo, que les obligaría a discutir el viernes en unas hipotéticas semifinales privando a la grada de una final entre ambos, algo que no sucede en Grand Slam desde el US Open 2007. Son dos currículos de diamantes pesados en una balanza sin memoria, un reto a muerte entre dos de los tres últimos ganadores del torneo. Son dos vidas unidas hacia un mismo objetivo: el ganador de Wimbledon será el nuevo número uno del mundo. Son, además, dos galardones en uno: la copa dorada del campeón y la llave que abre la puerta del escalón más alto de la clasificación mundial.

Para Federer, que no gana un torneo grande desde el Abierto de Australia 2010, es una oportunidad extraordinaria para arrebatar una de las marcas que no guarda en su extenso papiro de récords: las 286 semanas del estadounidense Sampras como número uno del mundo. Para Djokovic, presente en seis de las últimas siete finales de Grand Slam, malherido tras perder las últimas tres coronas con Nadal, tocando fondo mental en París, es el momento para colocar la pieza del engranaje que haga funcionar el mecanismo el resto de la temporada.

Se juega otro Wimbledon fuera de esa cubierta retráctil. Un torneo de garra. Mientras la central ve como los dos favoritos a la corona superaban un calvario, Verdasco lidia con el belga Malisse, un maestro de los duelos apretados, un lobo de pistas anexas avezado en situaciones límites, para terminar cediendo en cinco mangas (6-1, 6-7, 1-6, 6-4, 3-6). También Almagro, que sale derrotado del debate de reveses a una mano ante Gasquet (3-6, 4-6, 4-6), evidenciando que su adaptación a la hierba apenas ha evolucionado desde que pisase por primera vez el suelo verde en 2005, incapaz de superar la tercera ronda del torneo en todos estos años. La eliminación de los dos tenistas olímpicos, que regresarán en veinte días a Londres para competir por una medalla, deja a Ferrer como única representación española Wimbledon cuando la primera semana todavía no ha sido clausurada.

Así, entre rostros sorprendidos, se despidió Raonic ante Querrey, condenado por el singular sello de los gigantes: en un duelo con 46 saques directos el resto del estadounidense brilló más que el suyo, pese a servir peor cocinó mejor los puntos sobre el saque del canadiense. Así, también, logró Istomin besar el techo de su carrera clasificando por primera vez para la cuarta ronda de un Grand Slam acabando con Falla. Así, finalmente, transcurrió el día después de una de las mayores sorpresas en la historia del tenis, entre los suspiros que resonaron cuando Djokovic y Federer sobrevivieron al vacío.

Wimbledon se recupera del golpe de perder prematuramente a Nadal sacudido por los bailes con la muerte de Djokovic y Federer. Algunos respiran felices, viendo como el puzzle ha pasado de ser imposible a asequible. Otros, los que anhelaban una nueva final entre el español y Djokovic, se llevan las manos a la cabeza tras observar el camino de baches que los favoritos están cruzando. Mientras, Rosol, el hombre que pasó del anonimato a la fama en horas, afronta una prueba de valor ante Kolhschreiber: la de confirmar que lo sucedido con Nadal no fue un sueño.

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