Diario de Roland Garros: La batalla sólo ha comenzado

Nadal manda con dos sets arriba, pero la reacción de Djokovic apunta a histórica

"¡Le aguanto una, pero a la segunda llego con la lengua fuera!". Son las 12 de la mañana y bajo una escala de grises colores calienta Nadal. A la izquierda, Carlos Moyà. A la derecha, Albert Costa, autor de la anterior frase. El mallorquín realiza el entrenamiento previo a la final de Roland Garros con dos los excampeones a la vez. La imagen explica una historia y su evolución. Nadal, que temblaba el primer día que tuvo la ocasión de entrenar con Moyà cuando era un joven imberbe, está ahora llevando al límite a dos hombres que le han visto crecer y subir hasta tocar el cielo.

En la arcilla, Nadal dispara y dispara. No se baja de la cal en los treinta minutos que dura el entrenamiento. Sus tiros son dagas que rasgan la arena golpeando una y otra vez la grada del fondo. Es la última prueba de su plan para volver a frenar a Djokovic. Pactar con su parte menos natural, aquella que le lleva siempre a rehuir de acularse en el fondo, a buscar la bola en lugar de dejarla entrar y a utilizar su instinto agresivo por encima de todos los otros.

"¡Buena Nadalek!", grita Costa tras una derecha paralela inalcanzable. "¿Ha tocado línea?", pregunta Moyà mientras busca incrédulo la marca en el albero. "Lo veo flojo...", murmura riendo tras comprobar que el bote está dentro de los límites de la pista. La sesión es satisfactoria para el español, que jamás enseña una tímida sonrisa, un mínimo gesto que muestre felicidad. Hace tiempo que la final comenzó en el interior de su cabeza.

La antesala de la guerra es hielo y fuego. Las puertas de la eternidad se abren entre nubes negras a la hora prevista con el público inclinado mayoritariamente hacia el número uno del mundo, una historia habitual con el español en pista. Ahí está Nadal, envuelto en un aura celestial que le aparta de todas las emociones humanas. Ahí está Djokovic, altivo, señalado ante el mundo por su enigmática sonrisa. Pronto llegan los puñetazos.

La final se escribe mal; desordenada y apresurada. Se juega siempre con lluvia, a ratos débil, a ratos fuerte, pero presente en todo momento. Hay cambios bruscos en el marcador. Se abren y cierran brechas a toda velocidad. El seis veces campeón, por ejemplo, pierde el saque tres veces en los dos primeros sets cuando en su camino hacia la final había cedido un único servicio. Aguanta, sin embargo, consciente de que su resistencia es mayor. Djokovic comete una catarata de errores, golpes que el curso pasado transformaba en preguntas sin respuestas, que le condenan a morir prematuramente, pese a su mano de cirujano, capaz de responder cada subida de Nadal a la cinta con un globo milimétrico.

Novak, Novak!", aúlla la grada en una maniobra desesperada por levantar al boxeador que está a una manga de ver su sueño destrozado. El serbio, errante en el arranque y brillante por momentos, pero siempre desquiciado, está librando una pelea interior: el Djokovic de 2011, calmado y preciso, contra el de 2012, irascible y lleno de lagunas mentales. Ambos cargados de talento, de argumentos para desarmar a todos los jugadores que compiten en la élite, pero demasiado evidente en sus miedos, previsible en sus puntos débiles. El serbio lanza gritos a su palco que caen sobre la tarde de París. Busca ayuda en el cielo con miradas perdidas. También, tras encajar la rotura de la segunda manga, estrella su raqueta contra el banco de madera, que acaba hecho pedazos y es sustituido por otro. Son síntomas conocidos. En 2010, cuando Novak no era el campeón indiscutible que es hoy, padecía los mismos nervios incontrolables, el mismo carácter; balsa de aceite cuando todo marcha bien, abrasador averno cuando aparecen problemas.

Entonces, cuando Borg y sus seis títulos comienzan a planear sobre el templo de la tierra, sucede lo impensable. Nadal, que llega a tener 2-0 y saque en el inicio del tercer parcial, pierde el primer set sobre tierra batida roja desde la final de Copa Davis en Sevilla y encaja un parcial de 0-8, algo que no sucedía desde Hamburgo 2007 cuando lo logró Federer. Esa, sin embargo, no es la principal preocupación que camina por su cabeza. Djokovic ha vuelto. La adrenalina del tercer set le lleva a iniciar el cuarto disparando balas de hierro contra su escudo. En los tres juegos que da tiempo a disputar antes de la definitiva suspensión por la lluvia, el serbio vuelve a soltar llamas. Como en 2011, hiere cada duda de Nadal, que ahora navega por la pista, se queja de la bola y pide explicaciones a Franson, juez árbitro del torneo: “¡La pista es la misma que hace una hora y no hemos parado antes!”, le dice minutos antes del aplazamiento definitivo.

La batalla se terminará mañana. Por primera vez desde 1973, la final de Roland Garros no se disputará íntegramente el domingo. Entonces, se acabó un martes. En París se esperan tormentas. Un 100% de posibilidades de lluvias. Si las previsiones se cumplen, podría pasar lo mismo que en la batalla entre Nastase y Lendl. No es una situación desconocida para los dos finalistas: en las dos últimas finales del US Open ya discutieron por el trofeo un día después de lo programado.

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