Tenis de ataque vs tenis atlético y defensivo

La batalla de estilos es la más bonita dentro de un deporte de especialistas; las superficies, claves

En el tenis, como en todos los deportes, las victorias marcan tendencias. Lo más bonito del tenis es la contraposición de estilos y la gran variedad de formas de jugar que pueden llevar a un profesional al éxito. Desafortunadamente, como todo en la vida, la construcción, las combinaciones y el ataque siempre han sido artes más difíciles y estéticas que la defensa. Sin embargo, una persona más limitada técnicamente, es capaz de ganar a un tenista al que se le etiqueta de "mejor", simplemente por su superioridad técnica, cuando el otro es capaz de superarle física o tácticamente. La mentalidad juega un papel clave en el tenis. Por encima de otros deportes, porque, al ser eminentemente individual, no hay nadie que pueda "tirar" de ti en un momento bajo. Nadal devolvió al tenis de élite un modo de juego aguerrido, guerrero, batallador, defensivo, lento, casi desesperante, para apartarlo de la senda de la elegancia, los golpes planos, los saques directos y los bolas a la línea. La llegada de Djokovic le da una nueva vuelta a la situación. De nuevo el ataque se impone. Es la eterna lucha del ying y el yang. El lado oscuro contra la luz. Los golpes planos contra el top-spin y los golpes defensivos. La batalla continúa.

Defenderse es más fácil, (y más sacrificado)

Probablemente si está leyendo este artículo a estas alturas del texto, usted haya visto ya la película "300". Probablemente también, se haya emocionando con los valores del pueblo espartano. La pelea, el sacrificio, el esfuerzo, el régimen marcial. El valor y la preparación. Pues estoy a punto de darle un disgusto. El mensaje que ofrecía la película es bastante parecido a lo que Rafael Nadal ha aportado al tenis. Hagamos un poco de historia para que puedan contextualizar la idea: La batalla de las Termópilas en poco tuvo que ver con lo que se refleja en la película. Los espartanos resistieron a un ejército muchísimo mayor en número, no por su gran condición física, que también, sino por su mejor planteamiento táctico. Ningún espartano hubiera sobrevivido más de 10 minutos en un campo de batalla abierto. Así que el Rey Leónidas, consciente de su inferioridad, parapetó a su pequeño ejército en un espacio reducido. Las paredes anulaban el número. En ningún caso hubo un cuerpo a cuerpo. El ejército persa se clavó en una figura parecida a la punta de una astilla. Y con cuanta más fuerza presionaban, más se les clavaba. La defensa de 300 hombres pudo con el ataque de miles de ellos.

Foto de la película 300. Foto:lainformacion.com/Warner Bros. Pictures/

Pongamos otro ejemplo. Contrate usted a 10 amigos y traten de levantar una casa de dos alturas. Normalmente tardarán meses en darle forma, cimentarla, medir los espacios, equilibrar los lados y finalmente alicatarla. Ahora, contrate a dos amigos fortachones y traten de tirar abajo la misma construcción. Unos cuantos mazos, unas piedras y en una mañana, la construcción se vendrá abajo. Construir es mucho más difícil que destruir.

En el tenis pasa igual. Un niño coge una raqueta y lo primero que quiere hacer, inconsciente él, es buscar las líneas, sacar más fuerte, meter golpes ganadores y desbordar a su rival. Sin embargo, "liarse a palos" no es buena estrategia cuando al otro lado de la pista hay alguien que le pega más fuerte que tú. Y en el tenis, como en la vida, siempre hay uno mejor. Así que, a partir del conocimiento de cómo empuñar la raqueta y cómo mover el cuerpo para golpear la pelota, comienzan clases más avanzadas.

A todo esto, un día el profesor le dice a un niño que, además de pegarle a la pelota hay que correr, y aquí comienzan los primeros remolones a buscar excusas. No es extraño escuchar a los niños decir; "Yo vengo a jugar al tenis, no a hacer atletismo". Cierto. Pero si no corres, al menos, como tu rival, vas a tener que ser muchísimo mejor que él para ganarle. Acaba de finalizar la brillante carrera deportiva que los "drives" y reveses de nuestra joven estrella parecían albergar.

Lamentablemente, en el tenis no siempre se puede llevar la iniciativa y atacar. Así que hay que someterse, agachar la cabeza y trotar detrás de la pelota cuando no va en la dirección que nosotros le queremos dar. La táctica, las estrategias y la defensa, pasan a ser un soporte vital.

De repente, el gran pegador y el chico que hace correr a todos los de su club, un día se va a competir a un torneo superior. Y un chico que es incapaz de acelerar la bola como el nuestro comienza a llegar a esos golpes que antes nos hacían ganadores. Esa derecha cruzada no te alcanza para ganar y nunca has tenido que hacer nada más. De repente, se alza un muro tras la red e, inexplicablemente, comienzan a escaparse puntos, juegos, sets... y el partido. Las bolas del atacante han intentado buscar líneas tan ajustadamente que han comenzado a irse fuera y un chico que casi no ha pegado ni un "winner" tiene el partido en el bolsillo. Bienvenido al maravilloso mundo del tenis.

El ataque, los saques, las voleas y los golpes planos

Lo más estético y lo más brillante del tenis, es ver cómo un tenista es capaz de desbordar a otro. La potencia y la precisión de sus golpes parecen llevar la pelota exactamente donde quiere el pegador. Como un cirujano con su bisturí, se abre la herida donde se quiere. Un corte limpio. Un golpe a la línea. Winner. Punto. Las estrategias de ataque están muy claras, pero necesitan de una técnica depuradísima. Se parte desde el centro; posición global ganadora porque es desde donde se llega antes a cualquier punto, se busca un ángulo que desplace al rival y luego se le busca el punto débil con un golpe ganador El pegador se perfila de su lado favorito y pega. Cuando con la potencia de los golpes de fondo no se alcanza para desbordar al rival hay un consejo práctico, acudir a la red a cerrar el punto. Camino de la red, cambiamos la empuñadura, (como los toreros cuando cogen la espada de matar), una volea decisiva y a otro punto.

El tenis ficción y las lecciones táctico-técnicas tienen su máxima expresión en Roger Federer. La llega del suizo al mundo del tenis fue el reverdecer de los brotes clásicos del tenis de ataque por excelencia. En un mundo que dominaba la entrega y el sacrificio de Lleyton Hewitt, los reveses de Federer, su derecha demoledora y sus voleas decisivas, dieron una nueva dimensión a este deporte.

Hewitt se apropió del número 1 del mundo cuando el tenis oscilaba entre la mediocridad y la indecisión. Ningún tenista dominante se imponía a los demás. Courier era el pegador de fondo que intimidaba con la potencia de sus golpes, mientras Kuerten dominaba en tierra batida y no parecía haber alternativas. La llegada de Andy Roddick le dio un aire fresco con un cañonero en la cima. Ante tanta parsimonia y puntos largos con "rallyes" de más de 6 ó 7 golpes por punto, apareció un poderoso norteamericano que solucionaba las cosas como se hacen en Nebraska: Por la vía rápida. Zapatazo por aquí. "Ace" por allá. Winner de derecha y pelotazos con el revés. Sin contemplaciones ni medias tintas. Cada tiro era un disparo a la línea. Principios de 2000 y el declive de Pete Sampras, "el pistolero", daba paso a distintas modalidades de juego.

Por entonces los españoles, serpientes de tierra, tenían poco que decir. El tenis latino de golpes lentos, preparación y paciencia infinita y golpes liftados, no tenía peso en el circuito porque el 75% de los torneos importantes se jugaban en pistas rápidas. La primavera le daba alguna opción a muchos jugadores europeos que ni se planteaban ir a Estados Unidos al circuito americano o a las antípodas australianas a caer en primera ronda con un mastodonte sacador.

El tenis venía de su época dorada con los duelos entre Sampras y Agassi. Tenis espectáculo. Saltos acrobáticos, golpes espectaculares y partidos dinámicos. Sin embargo, para "Pistol Pete", ir a Roland Garros era meterse en el fango hasta la laringe. Su saque perdía efectividad y un montón de jugadores le enredaban en partidos a más de tres horas. Bolas que volvían y volvían a venir. Pelotas que en ningún caso se podían rescatar del cemento o de la hierba y que acababan de vuelta en su terreno. Pete, quería acabar los puntos en la red e, incomprensiblemente, y de alguna manera inexplicable, sus rivales encontraban la fórmula para superarle. Sampras nunca ganó en la arena de Roland Garros. En el terreno de los gladiadores, el pistolero moría enredado.

La batalla del juego rápido, de los golpes planos y el juego de ataque en definitiva, contra los jugadores que arriesgan menos, que suben sus porcentajes de primeros servicios para que, simplemente la bola se ponga a botar, o los que no comenten errores porque no ajustan, sólo buscan bolas blanditas y largas para que el otro les dé fuerza... Esta batalla continúa

De McEnroe a Lendl; de Sampras a Hewitt y de Federer a Nadal...

Así que el circuito nos presenta en cada época a nuevos héroes y villanos. Nuevos súper sacadores, nuevos súper jugadores de ataque y el súper villano que parece imposible de batir. El muro correoso que no tiene grietas. El atleta llega a un lado y otro de la pista y que no tira ninguna bola fuera. Le ocurrió a McEnroe cuando vio llegar al joven Lendl. Un producto hierático de la factoría del Este. Un hombre con una disciplina espartana y orden marcial en sus entrenamientos y en sus movimientos. Una careta sin gesto. Un témpano de hielo al otro lado de la red.

Le ocurrió a Sampras con Bruguera, Michael Chang o Thomas Muster. Jugadores que se le atragantaron cada vez que el partido se alargaba y pasaba de ser un ejercicio de potencia y precisión a una maratón de golpes y más golpes.

Y le ha ocurrido a Federer. Que se ha encontrado con un jugador que no desespera y que eterniza cada partido. Cada bola que viene y va. Cada bote picudo que escupe la pelota hacia arriba. Federer, paradigma del juego de ataque y el espectáculo en cada pista, no ha encontrado la manera de superar las piernas de Nadal. Un hombre que no le tira ninguna bola fuera. Que le obliga a ganarle cada punto y que llega a los lugares más inhóspitos e increíbles de la pista.

...Y por fin, Djokovic

Muchísimos niños en los últimos años habrán pedido una raqueta para parecerse a Nadal. El español, habrá conseguido, a buen seguro, que muchos pequeños pidan una raqueta antes que unas botas de fútbol o un balón de baloncesto en España. Claro que al niño habrá que explicarle que para ser Rafael Nadal hay que dejar al un lado los bocadillos de crema de cacao para empezar a apretar con la fruta y la verdura. (Como diría algún dibujo animado; "vitaminarse y supermineralizarse"). Las victorias, como comentábamos marcan tendencias y quien es capaz de ver una bola pasar mil y una veces, es capaz de ganar. Eso deben de pensar que es el tenis y la fórmula de la victoria. Claro que, desde el año pasado, Nadal es una moda pasajera y ahora se lleva el tenis a la línea. Los tiros milimétricos y el ataque desde cualquier punto de la cancha. Los restos a los pies, al fondo de la pista, y los palazos paralelos.

Djokovic ha vuelto a cambiar el sentido del tenis y le ha dado nuevamente una vuelta de tuerca a este deporte. De repente un revés puede atacar la derecha de Nadal y acosar en cada servicio al balear. Jugar con segundo saque para el menorquín es hacerlo a cara o cruz, (50%, con suerte), y la defensa es completamente insuficiente ante el manantial ofensivo de su principal rival.

Claro que Djokovic es el ejemplo del tenis total o de la tercera vía. El serbio ya tenía este tenis y estos golpes. Lo que ha hecho para ganarle a Nadal y para consolidarse como número uno, es atacar como siempre y defenderse como nunca. Djokovic encuentra la manera de poner la bola fuera del alcance del mejor defensor que se recuerda. Pero es verdad que su principal virtud, además de haber encontrado la paciencia suficiente para trabajar el punto hasta encontrar el hueco, ha sido prepararse físicamente para defenderse tan bien como su oponente cuando las bolas vienen venenosas del otro lado.

Djokovic está marcando estilo. Una nueva tendencia. La tercera vía. El que pega y reparte cuando tiene posición y el que pelea y se defiende como un gato panza arriba cuando toca sufrir.

Las pistas

Evidentemente, el tipo de superficie sobre el que se juegue un partido puede marcar mucho el planteamiento del mismo. Sobre superficies rápidas y más todavía si son bajo techo, los golpes planos corren más y botan menos. Es más difícil llegar y restar en condiciones. Hay que flexionar más el cuerpo y saber frenar y equilibrar el movimiento del golpeo. En tierra batida, la pelota bota y se va para arriba y facilita la labor del defensor. El porcentaje de servicios directos baja y hay que ser más preciso si cabe para poner la bola lejos del alcance del rival. Sin embargo, parece que el paso de los años está tendiendo a una deceleración de las pistas rápidas y una mayor rapidez de las lentas que tiende hacia una estandarización o globalización de las superficies.

Ataque vs ataque o defensa vs defensa

El tenis más apasionante, bajo el humilde punto de vista de quien escribe, es el que enfrenta a dos estilos opuestos. El del pegador frente al "pasabolas" o atacante frente a defensor, aunque también hay partidos impresionantes de dos jugadores que quieren ir al ataque. El último enfrentamiento entre Llodra y Feliciano López en el Masters 1000 de París fue una oda al tenis de ataque o "la batalla por la conquista de la red". Un auténtico espectáculo de juego ofensivo, saques, voleas y pasantes. Un partido memorable.

Sin embargo, el juego de ataque desde el servicio y la volea también puede ser pastoso, aburrido y hasta monótono. Cabe recordar que, por paradójico que resulte, el partido más largo de la historia del tenis se produjo hace menos de dos años en Wimbledon, cuando dos sacadores se "mataron" a cañonazos. Hubo tan poquito intercambios y tantos puntos que es difícil de explicar que el partido estuviera físicamente en juego durante 3 días y más de 11 horas de juego real.

Sin embargo, lo que sí se puede hacer realmente insoportable, es un partido entre dos jugadores que no arriesgan en ningún golpe. Bolas que pasan sin cesar de una parte a la otra de la red sin mordiente ni la intención de ser definitivas. De todas las fórmulas, ésta, es la peor.

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